Capítulo V
Clara, repuesta de su profunda catalepsia, no estaba sin embargo fuera de peligro.
Al día siguiente, nada más despertar, parecía no recordar nada ni reconocer a las personas que la rodeaban. Se hallaba en un estado de postración suprema.
—Aquí hace falta un médico —había dicho Alfonso, que se sentía de nuevo asaltado por el desánimo.
—Podrías ir a llamar al doctor Moro —dijo Sandra a su hijo.
—¿Quién es ese?
—Un anciano señor que vive como un ermitaño en una casita de su propiedad, poco distante de aquí.
Durante muchos años se dice que ejerció la medicina; luego se retiró de pronto del mundo y vino a estos lugares, donde vive solo con un viejo criado y no recibe a nadie.
Pero si algún pobre desgraciado de los alrededores necesita de él, no se hace de rogar para ir a verlo, y puedo aseguraros que ha obrado verdaderos milagros.
—¡Pues id a llamarlo enseguida! —exclamó Alfonso—. Decidle que una forastera que se encontraba de viaje ha caído enferma en vuestra casita, que necesita sus cuidados urgentes, y decidle que sabré recompensarlo por todas sus molestias.
Nanni se marchó corriendo. Inés y Alfonso se habían colocado junto al lecho de Clara, mientras la vieja Sandra se afanaba en limpiar y ordenar todo.
La casita del cochero estaba provista de los objetos más necesarios; sin embargo, faltaban muchas cosas, y Alfonso habría querido trasladar a su hermana a una villa donde dispusiera de todas las comodidades. Pero a la primera palabra que dijo, Inés fue de parecer contrario.
—Aquí estamos en un lugar tranquilo, aislado, seguro —respondió ella—.
Si algo falta, puedes mandarlo traer de Florencia, pero no me parece prudente llevar a la pobre Clara a otro sitio.
Además, la Providencia quiso que diéramos con gente fiel, discreta y llena de atenciones; y en la situación en que nos encontramos, esta casita nos sirve a las mil maravillas, pues no despertaremos la curiosidad del vecindario y Clara tendrá un refugio seguro.
¡Oh, demos gracias a la Providencia por habernos traído hasta aquí!
Alfonso comprendió que Inés tenía razón.
La bellísima joven española se había convertido en una activa enfermera.
Infundía ánimo a su marido con sus amables sonrisas, con sus palabras reconfortantes, y cuando sus grandes ojos melancólicos se posaban en la enferma, aquella mirada triste y suave tenía una gracia, un encanto que conmovía.
El doctor Moro acudió. Era un hombre de unos sesenta años, moreno de rostro, con la fisonomía impasible y dura, y los cabellos y las patillas blancos como la nieve.
Alfonso había salido a su encuentro con premura; Inés se había levantado.
El anciano, al avanzar, cruzó su mirada con la de la joven española y pareció como golpeado.
Un poco de sangre le subió a las mejillas y sus labios temblaron convulsos.
Pero, recobrándose al instante, retomó su expresión habitual y, inclinándose sobre el lecho de la enferma, comenzó a examinarla atentamente y al detalle.
—No es cosa grave —dijo de pronto, incorporándose—. La señora padece una fiebre nerviosa. Debe de haber sufrido alguna gran emoción.
Alfonso e Inés intercambiaron una rápida mirada, que el médico no observó.
—Ninguna otra emoción —respondió Alfonso con voz franca— que las molestias y fatigas de un largo viaje.
—¿Es vuestra esposa?
—No… es mi hermana. Mi esposa… es esta.
Y señaló a Inés, que se había puesto a su lado.
El médico se estremeció de nuevo al mirarla, y durante un minuto pareció no acordarse siquiera de la enferma.
—Y bien, doctor, ¿la curaréis? —exclamó Alfonso con voz suplicante.
El médico se sobresaltó.
—Desde luego —respondió en tono adusto.
—¿En poco tiempo?
—En dos o tres días… Pero os recomiendo la máxima quietud a su alrededor. A todas horas le daréis una cucharada del calmante que os recetaré. Si duerme, dejadla dormir, y cuando esté despierta, procurad que tome cordiales para sostenerla. Mañana por la mañana volveré.
Y sin querer escuchar agradecimientos, sin ni siquiera volver la cabeza, el extraño doctor se marchó.
Clara permaneció adormecida durante gran parte del día, tragando maquinalmente cuanto le ofrecían. Hacia la tarde volvió a delirar, pero en su mismo delirio había una especie de lucidez que parecía ordenar sus palabras.
Alfonso e Inés oían muchos discursos incoherentes salir de aquellos pálidos labios, pero eran frases que no ofrecían un sentido claro, y si alguna vez Alfonso, con voz trémula, intentaba provocar alguna explicación, la enferma se detenía pensativa, lo miraba un instante como aturdida, luego volvía a adormecerse, y en aquel sopor se quedaba completamente muda.
El guardián del cementerio no había dejado de acudir al día siguiente a casa de Nanni para saber cómo había ido todo, y cuando le dijeron que la muerta estaba realmente viva, por poco el pobre hombre no pierde la razón.
¡De modo que, si aquel joven no hubiera llegado a tiempo, él habría enterrado viva a una mujer!
—¡Oh, se acabó! —exclamó—. No quiero saber nada más de enterrar muertos, no quiero remordimientos en la conciencia.
En cuanto coloque la caja vacía de la condesa en su sitio, presento mi dimisión.
Desde anoche soy otro hombre; no podría dormir tranquilo en el camposanto…
No… prefiero volver a labrar la tierra como antes.
—Diréis que habéis recibido una herencia —había añadido Alfonso al guardián—. Yo aseguraré vuestra existencia y la de vuestra familia… No necesitaréis trabajar más. Solo debéis jurarme que nadie sabrá jamás por vuestra boca lo que ha sucedido.
—¡Oh, no tengo ningún deseo de hablar, estad seguro! Seré mudo como una tumba; es más, más que una tumba, porque ahora hasta los muertos hablan. Tengo la idea de comprarme una finquita con una casita que está en venta aquí cerca.
—Compradla, yo pagaré el precio… Os debo demasiado para no asegurar vuestra felicidad.
El guardián del cementerio se marchó con lágrimas en los ojos.
Ahora era preciso tranquilizar a los campesinos de la villa Rambaldi, que debían de estar preocupados al no ver regresar a los viajeros.
El bueno de Nanni se encargó del asunto. Al pasar por la villa camino de la ciudad, se detuvo un instante. Los campesinos, al reconocer al cochero y el carruaje, acudieron todos al portalón y miraron con curiosidad por las ventanillas del coche. Pero enseguida vieron que el interior estaba vacío.
—Y bien… ¿y los forasteros? —gritó la mujer del jardinero—. ¿Dónde los habéis dejado? ¿Han pasado la noche en el cementerio? ¿Aún están allí?
—¡Si seguís haciéndome preguntas, no lograré responderos! —exclamó el cochero con una sonrisa—. Los forasteros a estas horas están de viaje.
—¿Cómo?… ¿No han visto a la condesa?
—La han visto… sí…
—¿Vos también la habéis visto? —exclamaron las demás campesinas, llenas de curiosidad.
El cochero bajó la cabeza afirmativamente.
—Estaba desfigurada, ¿verdad?
—Yo no conocía a la señora condesa en vida, pero os aseguro que no he visto jamás un rostro más bello que aquel. Parecía que durmiera.
—¡Pobre señora!… ¿A su hermano le volvió a dar el mal?
—No os digo la escena… Tuvimos que apartarlo de delante de la muerta y meterlo en el carruaje. Entonces la esposa del joven me ordenó que los llevara enseguida a la estación.
—Esa es una mujer fuerte…
—Y joven, y bella; se ven pocas así.
—¿Se han marchado, pues? ¡Qué lástima!… Nos habría gustado volver a verlos: debían de ser tan buenos… nada altivos y muy generosos.
Nanni se sintió conmovido por la ingenua declaración de aquellos campesinos, tanto más cuanto que él también sentía una vivísima simpatía por Alfonso e Inés.
—¡Oh, sí! —exclamó—. Eran buenos y generosos, y al partir no se olvidaron de vosotros ni de los cuidados que les dispensasteis en los pocos momentos que ayer se detuvieron aquí…
Y me han dicho que os diera las gracias y que entregara a la mujer del jardinero esta bolsa con monedas para que la distribuya entre vosotros.
La campesina tomó la bolsa, ruborizada y con lágrimas en los ojos.
—¡Oh, qué señores tan generosos! No se parecen en nada al señor conde.
—A propósito del señor conde —dijo Nanni con aire indiferente—, esos forasteros me han rogado que os recomiende, en caso de que el señor conde viniera a la villa, que no habléis en absoluto de ellos.
—¡Oh, no hablaremos, desde luego!
—No hay ningún peligro…
—Y además el señor conde no vendrá, estad seguro…
—¿No vendrá? —dijo Nanni, que habría querido saber algo para contarle a Alfonso—. ¿Cómo podéis saberlo?
—¡Claro que lo sé! —dijo la mujer del jardinero—. Mi marido ha ido esta mañana temprano al palacio, y el mayordomo ha dicho que el señor conde se ha marchado… con su hija y…
La campesina se detuvo, confusa.
Nanni sintió que la curiosidad lo aguijoneaba.
—Y bien, ¿por qué no termináis?
—¡Ah, a vos podemos decíroslo! El señor conde se ha marchado con su amante a París.
El cochero se sobresaltó.
—¿Que el señor conde tiene una amante? —preguntó con voz alterada.
—¡Lo sabía toda Florencia! Era un verdadero escándalo… Y si la señora condesa ha muerto… en fin… ¡agua en la boca!
—Pero la condesa ha dejado también una niña, ¿habéis dicho?
—Claro… y está con su padre. Pobre criatura, con tal de que no la hagan morir también a ella. En fin, por un lado casi sería mejor que ese angelito fuera a reunirse con su mamá en el cielo.
El cochero no respondió ni preguntó más, porque sentía un nudo en la garganta, como si se ahogara. Saludó a aquellos buenos campesinos y retomó el camino de Florencia, murmurando para sí:
—¿Y tendré que contarle todo lo que he oído al señor Alfonso?
Pobre joven, ¡en qué manos había caído su hermana!
Ese conde debe de ser un gran mal sujeto: ¡con una esposa que tiene cara de madonna y a quien todos llaman santa, tener una amante!
Y ahora estoy seguro de que se siente feliz de haberse librado de su mujer, a la que cree enterrada, y viaja tan tranquilo.
¡Quién sabe si no se casará también con esa mujer!
Mundo canalla, ¡menuda madre le daría a la niña!
Yo no sé cómo arreglármelas: si le digo al señor Alfonso todo lo que he sabido, lo veré sufrir Dios sabe cuánto; si me callo, podría ocurrir alguna desgracia.
No sé qué idea tienen: si la condesa querrá hacerse reconocer o pasar por muerta.
Pero está la niña… y si la condesa la quiere, no puede dejarla en manos de esa mujer.
Estoy en un buen aprieto… En fin, quién sabe si por el camino no se me ocurrirá alguna buena idea.
Se lo agradecería de corazón a la Providencia.
Alzó la fusta en el aire, y el caballo, que hasta entonces había ido al paso, se puso a trotar alegremente.