El beso de una muerta Capítulo IV #2
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Capítulo IV #2

Los labios de la condesa parecieron agitarse, y un leve calor pareció difundirse en la mano que Alfonso tenía entre las suyas.

El joven tenía los ojos llenos de lágrimas. Cubrió de besos aquella frente que parecía aclararse, iluminarse, dejando ver un vago éxtasis.

Pasaron otros cinco minutos, luego el cuerpo de la condesa sufrió una nueva sacudida, y la boca, abriéndose, pareció pronunciar un nombre.

—Alfonso...

El joven lanzó un grito.

—¡Vive... vive... ella me ha llamado... Clara, mi Clara...! ¡Ah! Temo volverme loco... ¿eres tú, no es verdad... eres tú... quien ha hablado?... Responde... yo estoy aquí, junto a ti.

Los párpados de la condesa se levantaron poco a poco; pero sus ojos, al abrirse, parecían sin mirada.

—Lilia... —murmuró con una voz todavía debilísima, pero un poco más clara.

Alfonso no sabía ya contenerse.

—Me entiendes... ¿no es verdad? Clara, te despiertas... Lilia... ¿es este quizá el nombre de tu hija... de mi sobrina? Sí, te has estremecido... el calor vuelve a tu cuerpo... los pulsos laten... ¡Oh! Gracias, Dios mío, ¡gracias por tanta felicidad que me concedéis!

La muerta parecía en efecto recobrar el sentido, y despertar. Se habría dicho un encantamiento roto de improviso.

Bajo los besos y las palabras del hermano, en el mármol volvía el calor y la vida.

Los labios de Clara balbuceaban:

—Esto es un sueño, ¡y qué sueño! Veo su rostro sardónico... él me aprieta... me hiela con sus miradas... siento el aliento ardiente del demonio... los besos santos de Lilia.

—Ella aún no se ha despertado bien —murmuró Alfonso, cuyas mejillas se habían puesto palidísimas—. Aún delira.

Clara continuaba:

—Hermano... ¿por qué no estás aquí para salvarme?... Mira... mira, esa mujer... que se burla de mí... me insulta... me echa... de mi palacio... a mí... condesa Rambaldi... y él... no sabe defenderme... se ríe... ¡ah!

La atención de Alfonso se hacía cada vez mayor.

—¡Dios... qué drama entreveo!... —exclamó—. ¡Oh! Es horrible... lo que ella dice... pero si su razón no volviera... si yo no pudiera saberlo todo...

La condesa hizo otro movimiento como si quisiera levantarse, y se llevó una mano al pecho.

—¿Qué es este frío que siento aquí —balbuceó—. Me parece morir... ahogarme... ¿dónde estoy?... ¿dónde me han encerrado... cómo está todo negro... todo oscuro... a mi alrededor... quién pone las manos sobre mi pecho... y me aplasta?... ¡Aire... aire... piedad... me ahogo... me muero...!

Se había levantado casi a medias: cayó extenuada.

Alfonso se pasó los dedos por la frente ardiente.

—Dios mío —murmuró—. Dios mío, ¿qué hacer?... ¡Clara, mi dulce Clara!

Aquella voz hizo estremecer otra vez el cuerpo de la condesa: parecía que ella hiciera esfuerzos sobrehumanos para sacudir el entorpecimiento que la tenía aprisionada y que toda la invadía.

—¿Quién me llama? —susurró—. ¿Qué voz es esta?

... Ya la he oído antes: ¿es quizá la voz de Alfonso?

Pero no... él está lejos... lejos... y no sabe que me muero...

no tengo a nadie que me defienda; ese hombre me insulta...

me pisotea... es una infamia; iré al notario, quiero poner a salvo los bienes de mi hija...

no... no firmaré ese acto... ¡socorro...

Sálvame, Alfonso... él me mata... ¿no lo ves? ... ¡me mata!

Alfonso estrechó entre sus brazos aquel cuerpo adorado, cubriéndole el rostro de besos y de lágrimas: los sollozos lo ahogaban.

Y sin embargo en el fondo del alma, sentía como una alegría extraña, infinita. Su hermana vivía aún, él había llegado a tiempo para salvarla: ¡él la vengaría!

Clara no hablaba ya, parecía extenuada. Pero el calor había vuelto a su cuerpo y unos breves suspiros salían de sus labios entreabiertos: los párpados, sin embargo, habían vuelto a bajar.

—Habría que hacerle tomar algún reconstituyente, desde hace tres días no come... no bebe... —exclamó Alfonso.

La acomodó de nuevo con cautela sobre la almohada y corrió fuera de la habitación.

Nanni dormitaba sobre una silla en la habitación contigua.

Alfonso lo sacudió y Nanni se puso en pie de un salto.

—¿Y bien... señor?

—¡Ella está viva... ella está viva! —exclamó Alfonso, mientras el rostro se le irradiaba de alegría—. Pero silencio... que no se despierte mi mujer... tú me ayudarás; la pobrecita necesita tomar algo.

—Hay vino santo, señor.

—Bien... ¿y habrá también huevos?

—Claro...

—Entonces, bate deprisa un huevo, y tráemelo con el vino santo.

—Enseguida, señor.

Alfonso volvió a la habitación de su hermana, y después de cinco minutos reapareció el cochero con el reconstituyente preparado.

Se acercó con viva emoción al lecho donde yacía la condesa, y poco faltó para que lanzara un grito de asombro.

Clara parecía dormir aún, pero una nube de una rosada transparencia se había mezclado a la cadavérica blancura de la frente y de las mejillas: de los labios entreabiertos salía un breve aliento; leves contracciones sacudían su cuerpo gentil y le levantaban a intervalos el cándido pecho.

Mientras Alfonso quitaba de la mano del cochero el vaso, este se enjugaba una lágrima.

—Y pensar —balbuceó— que sin usted, esta pobre señora... ¡oh, es horrible!

—Calla, calla, que ella podría oírnos, y debe ignorar todo, ¿entiendes? Por lo demás, podría morir del susto... ayúdame a levantarla, ¡así!

Alfonso acercó gentilmente a los labios de Clara el vaso, murmurando:

—Bebe... bebe... hermana mía.

Pareció que la condesa lo entendía, porque obedeció mecánicamente.

Casi al instante se estremeció y abrió los ojos; y en la mirada que dirigió en torno pareció resplandecer un rayo de inteligencia.

Las tinieblas de su cerebro se aclaraban.

—¿Dónde estoy? —balbuceó.

—Entre mis brazos, Clara —dijo con voz conmovida Alfonso.

Aquella voz pareció penetrar en el corazón de la condesa. Ella hizo un esfuerzo para levantarse; miró intensamente al hombre que le hablaba, y luego lanzó un grito agudísimo; era un grito de alegría delirante, y un sollozo escapó de su pecho.

—Tú... tú, Alfonso... ¡hermano mío! —balbuceó con una expresión imposible de describir.

Pero aquella alegría era demasiado grande, después de cuanto la pobrecita había sufrido.

El ligero color reaparecido en sus mejillas se desvaneció de nuevo, los ojos se le cerraron, la cabeza se dobló sobre el brazo del hermano, que fue pronto a sostenerla.

Pero después de pocos segundos, una vaguísima sonrisa rozó los labios de Clara.

—Estoy en el paraíso —balbuceó con las manos juntas—. Dios, a quien tanto he rogado, me ha escuchado... estás cerca de mí... has venido en mi ayuda.

Ella abrió de nuevo los ojos, levantándose sobre las almohadas sostenida por el hermano, y, con un gesto lleno de ternura casi infantil, tomó entre sus manos delicadas la pálida cabeza de él, y lo miró largo rato.

El rostro de Alfonso se había algo coloreado, y eso disimulaba perfectamente, a la luz de la vela, los sufrimientos padecidos.

—Eres tú... realmente tú... no es un sueño el mío... ¿verdad? Háblame, que yo oiga tu voz.

—Sí, soy yo... tu hermano... que te adora... ¡y no te dejaré nunca, nunca más! —respondió Alfonso, correspondiendo con besos a las deliciosas caricias de la mísera mujer.

El cochero, con los ojos llenos de lágrimas, había salido sigilosamente de la habitación.

Hermano y hermana estaban solos. La luz de las velas iluminaba apenas la pequeña habitación; Clara, toda absorta en la contemplación de Alfonso, no había reparado ni en sí misma ni en el lugar donde se encontraba; pero, desasiéndose un momento del cuello del hermano, notó con sorpresa el vestido blanco que llevaba y la mísera habitación donde estaban.

—Pero yo sueño —repitió—. ¿Dónde estoy pues?... ¿Por qué llevo puesto este vestido blanco?

Un escalofrío recorrió las venas de Alfonso ante aquella pregunta. Y sin embargo tenía que responder.

—Estás en casa de buena gente... donde yo te he traído, Clara; pero no pienses en eso... estás cansada, necesitas dormir más.

La condesa se llevó las manos a la frente.

—¿Dormir? —repitió—. Me parece haber dormido tanto... ¿Y mi Lilia... dónde está?

—La verás... ahora descansa —dijo Alfonso cada vez más azorado—. Yo estoy aquí, junto a ti, no debes temer nada.

La condesa estaba muy abatida, pero se notaba que hacía esfuerzos sobrehumanos para aclarar las ideas y las vagas tinieblas que aún ofuscaban su cerebro.

—No sé... la memoria no vuelve... no comprendo nada de lo que sucede —murmuró con una sonrisa desgarradora—.

Alfonso, tú estás realmente aquí, junto a mí...

¿no es verdad? Dame tus manos, posa aquí tu cabeza junto a la mía, me siento la cabeza pesada, como si tuviera sueño: y sin embargo, he dormido mucho; ¿no es verdad que he dormido demasiado?

—No —susurró bajito Alfonso, observando ávidamente aquella figura adorada, que pocas horas antes había abrazado como cadáver—. Aún necesitas reposo; cierra los ojos, y dame tus manos: yo estoy junto a ti, y, te lo repito, ¡no te dejaré nunca más!

Una sonrisa de ángel iluminaba las facciones de Clara, su pensamiento no estaba aún muy claro: se sentía extenuada, pero feliz. Articuló breves lamentos, y extendió los brazos que temblaban.

—Sí, dormiré... y tú no me dejarás, Alfonso —dijo mientras en efecto cerraba de nuevo los ojos, apoyando una mejilla contra la mejilla del hermano, que había posado la cabeza junto a la suya.

Los dolores largamente sufridos, aquel poco de entorpecimiento que aún le quedaba, y la emoción sentida ante la repentina vista de Alfonso, todo contribuía a la postración física de la que era presa de nuevo Clara, aunque ya la vida hubiera vuelto completamente a ella.