El beso de una muerta Capítulo IV
12%

Capítulo IV

La casita del cochero estaba al final de una callejuela estrecha y sin salida, lejos del caserío.

En la parte delantera estaban la cochera y la cuadra.

Por la puerta de la cochera se entraba en la casa.

Dos pequeñas habitaciones en la planta baja que daban al huerto, otras tres pequeñas habitaciones en el primer piso formaban toda la casa.

Los campesinos decían, riendo, que la casa de Nanni se escapaba toda por la puerta de la cochera.

El cochero amaba aquella casita que su difunto padre había adquirido junto con un pequeño terreno, donde Nanni había nacido, había crecido, y vivía tranquilo junto a su madre, una viejecita limpia, rubicunda, toda amor por la casa y por el hijo.

Cuando Nanni había lavado y guardado el carruaje en un rincón de la cochera, cuando había limpiado y dado de comer al caballo, de cochero se volvía campesino, y el huerto de la casa, formado por una larga franja de terreno separada en medio por un estrecho sendero, había sido dispuesto y cultivado por él.

A lo largo del huerto, entre los cuatro setos, había tal atractivo de reposo, un silencio lleno de un zumbido de insectos, que gustaba y fascinaba.

La vieja Sandra, así se llamaba la madre de Nanni, esperaba cada noche el regreso de su hijo con una ternura siempre nueva. Se complacía en prepararle la cena que más le agradaba, luego lo esperaba en la ventana, hilando y prestando atención a todos los ruidos de ruedas que se oían a lo lejos.

Aquella noche en que había sucedido la escena del cementerio, la vieja Sandra se mostraba un poco inquieta, porque no veía volver a Nanni a la hora de costumbre.

—Alguien lo ha retenido; le habrá tocado hacer un viaje largo —pensaba—. Pero ¡es tan extraño que se retrase! Sé que más de una vez ha perdido buenas ganancias con tal de estar en casa al atardecer. Pero hoy el sol ya ha bajado hace rato... la luna empieza a brillar y Nanni no aparece.

Pasó dos horas agitadísima. Ya mil presentimientos comenzaban a turbar el ánimo de la vieja, que con los ojos llenos de lágrimas estaba al fondo del callejón, mirando fija la carretera principal, mientras con los dedos convulsos desgranaba, inconsciente, el rosario, cuando le pareció ver un punto negro venir de lejos y oyó el chasquido de la fusta, que le anunciaba la llegada de su hijo.

—¡Bendito sea Dios y la Virgen Santísima! —murmuró la vieja—. Aquí está por fin: lo voy a reñir un poco, esta noche.

Entretanto el carruaje se acercaba, yendo al paso. Nanni vio de lejos a su madre y le hizo una señal amistosa.

—¡Ah! Creía que no volvías más —dijo la vieja.

—¡Calla... mamá, calla... y corre enseguida a preparar una habitación! Te traigo dos forasteros... y una pobre señora... que se ha desmayado.

No se atrevía a decir la verdad a la vieja, para no asustarla. La pobre mujer, aunque sorprendida, corrió a abrir la puerta de la cochera y subió deprisa la escalerilla que conducía al piso superior, para ejecutar las órdenes de su hijo.

Cuando el carruaje se detuvo, Nanni fue rápido a saltar del pescante y abrir la portezuela. Bajó primero Inés, luego el cochero ayudó a Alfonso a sacar del carruaje a la pobre muerta.

—¡Ay!... Sigue helada —dijo Nanni con un escalofrío.

Y, sacudiendo imperceptiblemente la cabeza, pareció decir para sí:

—Temo que ese pobre señor se haya equivocado.

Con mucho cuidado, Alfonso y el cochero levantaron aquel cuerpo rígido, y despacio lo transportaron arriba, seguidos por Inés, que se sostenía a duras penas.

La vieja Sandra había ya preparado la cama en una habitación pobremente amueblada, pero donde se respiraba cierto aire de limpieza y de frescura, que ensanchaba el corazón y daba gusto ver.

Apenas la condesa fue depositada sobre la cama y la vieja pudo mirarla a la cara, lanzó un leve grito.

—¡Pero esta señora está muerta!... —balbuceó.

—No —dijo Alfonso, levantándose lívido—. No me lo diga... no hable así: se despertará, verá...

Inés y Nanni intercambiaron una mirada dolorosa.

—Mi hermana ha sido golpeada por una profunda catalepsia... lo juraría —continuó Alfonso—. Pero este estado de muerte aparente pasará pronto... asegúrense... Ella no puede hablar, no puede moverse, pero nos ve, nos escucha...

La vieja Sandra se estremeció.

Entretanto también la pobre Inés palidecía a ojos vistas, y fue obligada a dejarse caer en una silla. La fatiga del viaje, las emociones del día, la habían agotado.

Alfonso olvidó por un momento a su hermana.

—¡Inés, mi Inés! —exclamó arrodillándose ante ella y ciñéndole con un brazo la cintura—. Tú no te sientes mal, ¿verdad? Mírame, amor mío, mírame con esos ojos tan bellos... dime que me perdonas... ¡por todo lo que te he hecho sufrir!...

Inés entreabrió los labios en una sonrisa angelical.

—No tengo nada que perdonarte, amigo mío... pero ¿qué quieres? Soy mujer, y soy débil... me siento tan cansada... quisiera dormir.

Sus ojos se cerraban en efecto; y su cabeza se abandonaba sobre los hombros de Alfonso, que la cubrió de besos.

—¡Pobre señora, tiene tanto sueño!... —dijo la vieja Sandra con acento de tierna compasión—. Venga conmigo, la llevaré allí que hay otra cama... y podrá descansar tranquila.

—Sí, sí... ve con esta buena mujer —susurró Alfonso, con ternura y ansiedad a la vez.

—Pero no quisiera dejarte solo...

—¡Oh! No te preocupes, si ocurriera algo nuevo, te despertaría.

—¿Me lo prometes?

—Te lo juro.

—Entonces voy —dijo la joven mujer levantándose trabajosamente de la silla—. Porque no puedo más. ¿Me permites que yo también le dé un beso a tu hermana?

—¿Y me lo pides?

Inés, presa de una invencible emoción, se acercó al lecho donde yacía la bella condesa, y, inclinándose sobre ella, le rozó la helada frente con un beso. Luego, enjugándose una lágrima, siguió en silencio a Sandra.

Alfonso y Nanni quedaron solos.

El cochero no sabía tampoco él separarse de la habitación donde había sido depositada la muerta. Decía para sí que el dolor debía de haber hecho enloquecer al pobre hombre, para volverlo tan obstinado en creer que la pobre condesa vivía aún.

—Amigo —le dijo Alfonso, volviéndose hacia él con tono familiar—. Puedes irte: deseo quedarme aquí solo, con mi amada hermana... Oh, ten por seguro que, cualquier cosa que suceda, no olvidaré jamás cuanto has hecho por mí.

—¡Oh! Señor, no hable así... porque me hace daño; le juro que nunca he prestado un servicio más de corazón... y no pido otra satisfacción que la de ver cumplirse el milagro... que usted espera.

—¡Se cumplirá... tengo confianza en Dios! —exclamó Alfonso levantando la pálida frente con un acto de sublime convicción.

El cochero bajó la cabeza, respetuoso.

—Me voy, señor... ya que lo desea —balbuceó—. Pero recuerde que estaré siempre listo a cualquier llamada suya.

Nanni salió de la habitación, después de haber echado otra mirada furtiva sobre el cadáver de la condesa.

Cuando la puerta se cerró tras él, Alfonso tomó la vela, y, acercándose al lecho, se puso a contemplar intensamente el rostro de la muerta.

Aquel rostro continuaba sereno, pero parecía que una sonrisa lo irradiara todo.

Alfonso posó la vela, y con las manos juntas, los ojos fijos en aquel rostro adorado, prorrumpió:

—¡Ah! Sí, Clara... tú estás viva... tú me escuchas, ¿no es verdad?

Tú me sientes... tu alma me aparece en tu dulce rostro...

me parece que me miras, que me dices: hermano, dentro de poco me despertaré...

dentro de poco mis labios podrán pronunciar tu nombre, mis ojos te verán...

¿No es verdad que Dios hará este milagro?

Y continuaba besándola.

De pronto le surgió como una idea improvisada.

Sacó de un estuche un pequeño cuchillo afiladísimo y levantando una manga del vestido blanco de la condesa, dejó al descubierto el bellísimo brazo, y con el sudor en la frente, con la ansiedad en el corazón, le infligió en la piel blanquísima una leve herida.

Casi al instante en aquel brazo que parecía de mármol apareció una pequeña mancha rojiza, una mancha de sangre, y un leve temblor pareció sacudir el cuerpo de la muerta.

Alfonso sintió una sensación tal, que ninguna palabra habría sido capaz de expresar su ensordecedora violencia.

¡Pues no se había equivocado! La muerta estaba aún viva: la carne continuaba fría, pero un sordo fluido parecía brotar de ella a oleadas, agitarla.

Sí, el alma debía de latir bajo aquellos miembros helados: el espíritu no estaba separado de la materia.

Alfonso por primera vez tuvo conciencia de los dos principios que componen el ente de una criatura humana.

Comprendió que aquel cuerpo estaba bajo el influjo de una catalepsia potente, pero el alma no se había volado: y cuando el entorpecimiento que helaba los miembros se disipara, el cuerpo habría recobrado su elasticidad y su fuerza. Clara viviría aún.

Pero ¿aquella catalepsia era natural, o había sido producida por algún narcótico, por algún potente veneno? Esta duda desgarraba el alma del joven.

—Necesitaría un médico... pero a estas horas y en estos lugares, ¿dónde encontrarlo? Y además quiero que todos ignoren lo que sucede aquí; ella se despertará... estoy seguro... si probara a hacerle tragar unas gotas de éter; ¿por qué no lo he pensado antes?

Abrió el maletín que Inés había depositado sobre la mesita y sacó un pequeño frasco azul, con el tapón esmerilado, y lo destapó con precaución, mientras se inclinaba sobre la cabecera donde reposaba la cabeza de Clara.

Los labios de la condesa estaban entreabiertos, y los dientes ligeramente separados. Por aquella levísima abertura, Alfonso vertió, despacio, algunas gotas de éter.

El cuerpo de la condesa tuvo otro ligero estremecimiento.

Alfonso se levantó para enjugarse el sudor que le corría por la frente, y depositó el frasquito sobre la mesita. Luego su inquieta mirada se posó de nuevo sobre el rostro de la muerta, y sus manos apretaron una mano de Clara.

—Hermana... hermana mía... despierta... ¡si supieras cómo sufro!