Capítulo III
La luna había subido poco a poco sobre el horizonte, pero sus rayos eran aún demasiado débiles para iluminar la sombra oscura de los cipreses y enviaba solamente una luz pálida, velada, misteriosa sobre las tumbas de piedra y de mármol, algunas abandonadas, otras cubiertas de guirnaldas y de flores.
Si alguna de mis lectoras ha visitado un cementerio de noche, sabe qué triste y fúnebre impresión se recibe. El solemne silencio que reina en aquel lugar, sagrado para el descanso de los muertos, los grandes árboles, las cruces mortuorias, todo es propicio a las más locas y delirantes visiones.
Allí está la muerte: delante, detrás, a nuestro lado, bajo nuestros pasos, bajo la hierba que pisamos; es imposible sustraerse a su pensamiento.
Incluso el hombre más fuerte, más escéptico, tiembla, siente el corazón apretado por una gélida presión.
Los monumentos asumen a nuestros ojos un aspecto extraño, fantástico, caprichoso; sombras vagas, difuminadas, parecen cernerse ante nosotros, entre las tumbas, en el aire; un sudor frío recorre todo el cuerpo, los labios enmudecen.
Tal impresión no dejó de sentir Inés, mientras, apretada al brazo de su compañero, seguía al guardián bajo las arcadas del cementerio. Ella sufría mucho, la joven mujer, pero sus ojos estaban privados de lágrimas, su rostro se mantenía sereno.
Alfonso dirigía en torno miradas inquietas, extraviadas; sobre sus mejillas había dos manchas de un rojo ardiente, tenía los labios lívidos.
Inés sentía de cuando en cuando sacudirse convulsivamente el brazo de su compañero, como si algunos escalofríos lo hubieran invadido.
Ella lo miraba aterrada, y él, como si hubiera comprendido aquella mirada suplicante, piadosa, intentaba una sonrisa; pero aquella sonrisa era tan desgarradora, tan amarga, que arrancaba las lágrimas.
Solo el guardián se mostraba indiferente.
Caminaba sin miramiento por los senderos entre las tumbas, agitando un manojo de llaves que llevaba colgadas de la cintura.
Hecho el giro de la arcada, torció a la derecha y después de pocos pasos se detuvo ante una puerta de madera oscura, que tenía en el centro pintada una gran cruz blanca.
Era la puerta de la capilla, donde había sido colocada provisionalmente en depósito el ataúd que contenía los restos de la condesa Rambaldi.
Inés sentía el corazón apretado como en un tornillo de banco. Alfonso sacó un pañuelo para enjugarse el rostro, regado por gruesas gotas de sudor.
El guardián había abierto la puerta... y había entrado el primero. Los dos jóvenes lo siguieron.
La capilla estaba débilmente iluminada por una lámpara de aceite colgada de la pared, y con aquel resplandor vacilante apenas podía distinguirse una especie de mesa cuadrada, sobre la que estaba posado un ataúd de madera de nogal, con manillas y remaches dorados.
—Ahí está —dijo en voz baja el guardián.
Alfonso dio un salto como si hubiera recibido una descarga eléctrica y apretó la mano de Inés con tal fuerza, que hizo falta todo el valor de la joven mujer para no lanzar un grito de dolor.
El guardián había vuelto a la puerta.
Inés miró a Alfonso temiendo que sucumbiera a las emociones que lo agitaban, pero el joven tenía los ojos fijos, abiertos de par en par sobre el ataúd.
—Ella... está ahí... ahí... cerca de mí... —balbuceó—. Pero esa tapa me quita la vista de su rostro... Clara... yo... quiero verte...
Inés se había acercado al guardián y sacó de la maletita, que había traído consigo, una bolsa con dinero.
—Esto es para usted —dijo en voz baja—. Si consiente al deseo de mi marido; déjele ver a su hermana.
—Pero yo no puedo... ¡no puedo!
—¡Oh! No sea tan cruel... usted es padre... si la muerte le arrebatara un hijo querido... ¿no desearía verlo una y otra vez, antes de que la tierra cubriera para siempre sus restos?
El guardián se enternecía. Inés se percató y haciéndole deslizar diestramente la bolsa en la mano:
—¡Vamos, sea bueno! —exclamó—. ¡Dios le recompensará más de lo que yo pueda hacer!
Dos gruesas lágrimas cayeron sobre las rudas mejillas del guardián.
Se acercó, sin decir palabra, al ataúd, y buscando dulcemente apartar a Alfonso:
—Espere —dijo—, que lo abra, así podrá ver de nuevo a su pobre hermana.
¡Oh! ¡Cuánta pasión, cuánta inefable ternura apareció en el rostro poco antes petrificado del joven, ante aquellas palabras del guardián! Sobre las mejillas lívidas le volvió la sangre, y los ojos ardientes, secos, se inundaron de llanto.
—La veré de nuevo... la veré de nuevo... —dijo a media voz, ardiente, casi como si creyera soñar.
El guardián había hecho girar lentamente los tornillos del ataúd, y sin ningún esfuerzo levantó la tapa.
Un gran velo blanco cubría el cadáver. El guardián lo levantó con una delicadeza y un respeto extraños en un hombre de su oficio, y descubrió la pálida y bella figura de la condesa.
Alfonso e Inés juntaron las manos, y durante algunos minutos su dolor pareció callar, ante la serenidad de aquella figura, que dormía el sueño tranquilo, solemne de la muerte.
La condesa estaba vestida toda de blanco: sus cabellos desaparecían bajo una cofia de encaje, que le descendía hasta la frente: al cuello tenía una cruz de brillantes sujeta a una cinta azul.
Era bella de una pureza celestial, y bajo aquellos encajes cándidos, con aquel vestido blanco, parecía una virgen dormida en los pensamientos del cielo.
El rostro era pálido, demacrado, pero no tenía aquella lividez espantosa, propia de los cadáveres.
Nadie, al verla, habría creído en los sufrimientos que fueron el preludio de su muerte.
Una mirada parecía deslizarse de las pupilas entreabiertas; de los labios abiertos en un principio de sonrisa, parecía salir aún una palabra de amor, de adiós, para los suyos.
—¡Qué bella era! —murmuró Inés llevándose el pañuelo a los ojos.
—Bella y buena —dijo Alfonso con un escalofrío.
Y sacudiéndose del éxtasis que lo había dominado por un instante, se arrojó llorando sobre aquel cadáver adorado.
—Clara... mi Clara... —decía sollozando—. Aquí estoy de regreso... pero tú no me ves... no oyes a tu pobre hermano que está cerca de ti; has muerto pensando que te había olvidado... muerta escribiendo... y pronunciando mi nombre... Clara... oh, mi Clara...
Las lágrimas le descendían copiosas por las mejillas.
—¡Qué bella eres!... —continuó—. Pero solo Dios ve ahora tus dulces sonrisas... ¡Oh! Clara... dime quién te hizo infeliz en la tierra, quién te hizo morir tan joven... háblame... háblame... soy Alfonso, tu hermano a quien tanto amabas...
Se interrumpió con un latido angustioso, y los brazos debilitados le cayeron colgando a lo largo del cuerpo.
Inés intentó sostenerlo, arrastrarlo lejos.
Pero él se desasió de ella. Parecía no poder saciarse de mirar aquel cadáver; se obstinaba en creer que aquella a quien tanto había amado no podía estar muerta, y que quizá estaba a punto de despertar.
¡Era aún tan bella aquella muerta! ¡Había aún tanto encanto en aquellas purísimas formas, en la delicada pose! ¡Posible que su alma se hubiera desvanecido enteramente en el espacio, y no quedara aún en aquel cuerpo vuelto inerte un soplo de vitalidad!
Las pupilas de Clara no tenían el color vítreo, empañado, oscuro, que suelen tomar los ojos de los difuntos.
Alfonso las miraba y le parecía que ellas devolvían sus miradas. Y sin embargo aquellas pupilas estaban inmóviles, como la frente de Clara estaba helada.
Pero el joven no sabía separarse de ellas.
—¡Ah! Si Dios quisiera... si Dios quisiera —murmuraba como en delirio—. Clara... Clara... mírame aún... dame un beso... un beso solo... para mostrarme que me has perdonado.
Y apoyó sus labios ardientes sobre los labios de la pobre muerta.
Pero entonces lanzó un grito, que resonó largamente en toda la capilla, y se levantó tambaleándose como un borracho, con los cabellos descompuestos, los ojos desorbitados.
—¡Sus labios se han movido! —exclamó—. ¡Ella me ha besado... ella está viva... sí, está viva!
Inés y el guardián creyeron que Alfonso se volvía loco, y se acercaron; pero apenas hubieron echado una mirada sobre el cadáver, ellos también se pusieron pálidos casi como él.
Los labios de la muerta se habían abierto y habían adquirido un ligerísimo color de rosa; la luz que se deslizaba de las pestañas entreabiertas se había vuelto más brillante.
—¿Será verdad que está viva? —pensó el guardián, atónito—. ¡Cielos, estaría en un buen aprieto!
—Sí... está viva... está viva —respondió Alfonso.
Y con acto repentino abrió el vestido de la muerta y le puso una mano sobre el corazón. El corazón no latía.
Apoyó entonces la cabeza en el pecho de ella, y le pareció sentir como una imperceptible pulsación.
Apoyó de nuevo sus labios en la boca de Clara, y aquellos labios tuvieron un ligero temblor.
—¡Hay que sacarla enseguida de aquí! —exclamó Alfonso buscando dominar su extrema agitación—. Ella no está muerta... les repito, ¡me ha besado otra vez!
Un escalofrío de hielo recorrió las venas del guardián.
—¿Pero y si se equivocara? —balbuceó—. Si alguien viniera a descubrir...
—Nadie sabrá nada...
—Pero yo no puedo llevar a la muerta a mi casa —dijo el guardián, vacilante—. Tengo mujer e hijos, y una sola habitación.
Alfonso había recobrado su sangre fría.
—Escúcheme —dijo brevemente—. ¿No ha dicho su sobrino que vive aquí cerca, en una casita aislada?
—Sí, señor... vive en una casita solo con la madre, pero no tan cerca; está más allá del puente de Ema.
—Bien, eso no importaría; su carruaje nos llevará.
—Pero este ataúd, que mañana debo colocar en la fosa...
—¡¿Y pretendería enterrar a una mujer viva?!
El guardián bajó la cabeza, confuso.
—¿Vendrá aquí el conde Rambaldi? —preguntó Alfonso vivamente.
—No, señor, me ha dado a mí el encargo de todo, y me ha pagado por anticipado.
Alfonso lanzó una exclamación de alegría, mientras intercambiaba una rápida mirada con Inés.