El beso de una muerta Capítulo I #2
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Capítulo I #2

—Cuando mi hermana se percató de que yo me había vuelto menos rudo, menos arisco, que empezaba a comprender y a apreciar la vida, combinó un plan de fuga para mí, a fin de que pudiera ir a la ciudad a completar mi educación.

El viejo criado de mi pobre madre debía acompañarme.

Pagamos la complicidad del cabrero con más oro.

A mi padre se le hizo creer que yo había caído en un barranco, que había muerto, y él no se preocupó de buscar mi cadáver, ni derramó una lágrima por mí.

Entretanto yo estudiaba sin descanso, y teniendo una pasión particular por el comercio y por los viajes, mi hermana me recomendó a un rico comerciante, que viajaba a menudo por negocios y que me llevaba a veces consigo, para que viera nuevas ciudades y adquiriera mayores conocimientos.

Yo y Clara nos escribíamos todas las semanas.

Un día su carta me anunció el matrimonio de mi hermana con un caballero florentino.

«Lo amo y soy amada», me decía Clara en su carta, «me siento tan feliz, pero no por eso me olvidaré de ti.

» En efecto, continuó escribiéndome, enviándome dinero, protegiéndome desde lejos; pero después de algunos meses, sus cartas, primero llenas de hermosas esperanzas, se volvieron tristes, desconsoladoras.

«¡Ah! Temo demasiado haberme engañado sobre el hombre con quien me he casado», me escribía, «he descubierto en él defectos que me dan miedo: es débil, mentiroso, terco.

» Estuve seis meses sin recibir noticias de Clara, luego una carta orlada de negro me anunció la muerte de mi padre, que había dejado a mi hermana heredera de todo su ingente patrimonio.

«Pero nosotros lo compartiremos», decía Clara en su carta, «yo parto para un largo viaje con mi marido: cuando regrese espero verte a mi lado.

» Pasaron dos años sin que yo tuviera noticias de ella: mi viejo criado había muerto...

y fue entonces cuando yo vine a España...

donde te conocí, Inés mía... te amé... y tu amor...

ángel mío, fue un verdadero bálsamo para mi pobre corazón.

—¡Calla! —exclamó la bella andaluza, ruborizándose y posando su manita sobre los labios de Alfonso, que depositó en ella un ardiente beso—. No hablemos de mí, sino de ella, así el tiempo pasará más deprisa.

—¡Ah! Bien poco me queda por decir. Mi hermana me escribió que había regresado a Florencia y me anunciaba que era madre de una gentil niña, a la cual había puesto mi nombre.

«Quiera el Cielo que ella se parezca a ti», concluía su carta, «yo no vivo ya más que para mi hija, para ti; pero mis ideas no están ya bastante lúcidas en mi cabeza, sufro demasiado.

» Esta carta, si recuerdas, me asustó...

me hizo nacer mil sospechas... y tomé la resolución de partir de inmediato.

—¡Pero no fue la última! —dijo Inés con una voz debilísima, casi extinguida.

—No —respondió Alfonso con tono sombrío.

Luego, como si hablara consigo mismo y con voz rota por la angustia:

—La última —exclamó— fue aquella en que pedía mi auxilio, ¡y yo, que estaba lejos, llego después de un mes!

Ella me decía que se había ido al campo, me daba su dirección.

¿La encontraré?... ¿Su marido estará con ella?

¡Ah! Ese hombre, ese monstruo, que se ha apoderado de una vida tan noble, tan angélica, de un alma tan suave, tan pura, para desgarrarla y torturarla...

yo lo mataré si es preciso, para arrancar a esa pobre y santa víctima de sus manos.

Por el acento con que fueron pronunciadas estas palabras, Inés se estremeció, se puso pálida y se sintió presa de un terror involuntario, y se apretó junto al hombre que adoraba, mirándolo intensamente, con sus grandes ojos vueltos húmedos.

—¡Alfonso, no hables así! —dijo con voz conmovida, ahogada—. Me das miedo.

En aquel momento el cochero había aminorado la marcha.

Alfonso se asomó a la portezuela y vio a lo lejos una casita de campo, sobre cuyo techo se erguían cuatro pequeñas torrecillas.

—Creo que hemos llegado —dijo, volviéndose hacia su compañera.

Y gritó al cochero:

—¡Toma el camino a la derecha y ve hacia ese muro de cerca!

El carruaje entró en un sendero abierto en medio del campo y se detuvo ante un inmenso portón, a un lado del cual, encajada en el muro, había una lápida de mármol en la que estaba escrito: Villa de las Torricelle.

—Sí... sí, es precisamente esta —gritó Alfonso abriendo con furia la portezuela y saltando a tierra.

Pero en el momento de tirar de la campanilla, fue presa de una violenta emoción.

—No sé... —dijo con voz ahogada—. Tiemblo, casi se diría que tengo miedo.

—Muchacho —respondió Inés, que había permanecido en el carruaje—. Si haces así ahora, ¿cómo podrás comportarte ante Clara?...

Una melancólica sonrisa rozó los labios de Alfonso.

—¡Tienes razón! —exclamó—. No es este el momento de perder la sangre fría.

Y tiró con fuerza de la cuerda de la campanilla. Aunque el portón estaba a casi un tiro de escopeta de la casa, no obstante se oyó sonar.

Transcurrieron cinco buenos minutos sin que apareciera nadie.

—¿Será que mi hermana ya no está en la villa? —exclamó Alfonso, que estaba sobre ascuas—. Pero alguien debería haber... ¡es extraño este silencio!

—Puede ser que no hayan oído la campanilla.

El joven tocó otra vez.

Después de poco, un paso desigual, pesado, se oyó al otro lado del portón. Alfonso sintió toda la sangre afluirle al corazón.

—Al fin —dijo—. Sabremos algo.

Pero en vez del portón, se abrió una portezuela, y apareció la cabeza de un campesino.

—¿Quién toca de ese modo? —preguntó bruscamente.

Pero al ver al joven que estaba detenido ante el portón y el carruaje que esperaba, se quitó el sombrero que tenía en la cabeza y en tono humilde:

—¿A quién busca el señor? —añadió.

—¿No es esta la villa del conde Rambaldi?

—Sí, señor, pero el señor conde partió desde ayer por la noche... después del funeral.

Alfonso fue presa de un fuerte terror, y sintió como un sordo zumbido en los oídos.

—¿El funeral?... —repitió—. ¿Es que ha muerto alguien en la villa?

—Sí, señor: ha muerto la señora condesa...

Alfonso lanzó un grito terrible.

Inés saltó del carruaje para correr hacia él.

—¡Oh! —exclamó ella vivamente—. No lo creas, Alfonso... es falso... es falso.

Y miró con ojo centelleante al campesino; pero este, que no entendía nada de toda aquella escena, exclamó:

—No, señor... no es falso... la señora condesa murió la otra noche, y ayer fue el funeral.

Alfonso lanzó un suspiro, acompañado de otro grito de desesperación, y cayó al suelo. Inés se arrojó sobre el joven, llorando y llamándolo con los más dulces nombres.

Alfonso permanecía inmóvil, helado.

—Habría que llevarlo a casa, señora... —dijo el cochero, que había bajado del pescante.

Entretanto el campesino había abierto el portón de par en par y se había adelantado afuera.

Detrás de él venían algunas mujeres, que miraron, conmovidas, la piadosa escena.

—Pero ¿quién es ese señor? —preguntó una de ellas.

Inés la oyó y levantó la cabeza.

—Es mi marido, hermano de la condesa Rambaldi —respondió—. Deprisa... denme agua, vinagre... algo que pueda hacerle volver en sí.

—Primero será mejor llevarlo a casa —propuso de nuevo el cochero.

También los demás fueron del mismo parecer, y con mucha premura ayudaron a levantar aquel pobre cuerpo, que no daba ya señal de vida; luego tomaron en silencio el camino de la villa, seguidos por Inés, que sollozaba como una niña.