El beso de una muerta Capítulo I
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El beso de una muerta

El beso de una muerta

Por Carolina Invernizio

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Capítulo I

Del tren que llegaba a las doce desde Livorno, habían descendido en la estación central de Florencia dos jóvenes esposos que atraían grandemente la atención de los demás.

El hombre podía tener veintidós años o poco más, y era de una belleza delicada, casi femenina.

De su pequeño y estrecho gorro de viaje escapaban rizos de cabellos dorados: tenía los ojos negrísimos y llenos de dulzura, la tez ligeramente rosada, la nariz afilada, la boca gentil, aristocrática, con un pequeño bigote; la figura esbelta, vestía con suma elegancia.

Su compañera era más bien baja de estatura y tenía el tipo moreno y provocativo de las andaluzas.

Cabellos negrísimos, un poco ondulados sobre la frente y que le caían sobre los hombros en gruesas trenzas recogidas: el rostro de una palidez cálida, oriental, que hacía destacar aún más sus ojos de un azul profundo; un par de ojos brillantes, voluptuosos, llenos de un encanto singular, y los labios tumidos, rojos, como una flor de granado.

El traje de viaje, ceñido, mostraba unas formas estupendas, que habrían hecho entrar en éxtasis a un pintor.

Podía tener dieciséis años, podía tener veinte: la sonrisa era la de una niña; la mirada mostraba a la mujer.

El hombre llevaba una bolsa bandolera: la joven tenía en la mano una pequeña y elegante maleta.

Parecían preocuparse poco de las miradas de admiración que les dirigían los viajeros y pasajeros que se les acercaban por todas partes.

Entregados los billetes, salieron con los demás; pero cuando estuvieron bajo la marquesina, la joven se volvió vivamente hacia su compañero y con una voz fresquísima, melodiosa:

—¡Olvidas nuestro equipaje, Alfonso! —dijo.

—Lo mandaremos a recoger, querida Inés —respondió el joven encogiéndose ligeramente de hombros—. Ahora no tengo tiempo que perder: sabes que hoy mismo quisiera abrazar a mi hermana.

Un leve suspiro escapó del pecho de la joven mujer.

—¡Ah! Sí —repitió abriendo los labios en una sonrisa deliciosa—. Tu hermana... Estoy celosa de ella, porque por ella olvidas incluso que tu Inés está a tu lado.

El joven habría querido cerrar aquellos labios con un beso; pero se contentó con apretar el brazo de su compañera y la condujo hacia un coche de caballos cerrado, junto al cual estaba un hombre cojo, en mangas de camisa, que se apresuró a abrir la portezuela.

La deliciosa morena ya estaba sentada sobre los cojines del carruaje cuando el joven aún hablaba con el cochero.

—Debes llevarme muy lejos —decía—. Quiero ir a la villa de las Torricelle, tres kilómetros fuera de la puerta Romana. Te daré cuanto quieras, con tal de que hagas correr lo más posible al caballo.

—Suba usted, señor, le serviré a gusto.

El joven tomó asiento junto a su compañera, después de haber arrojado unas monedas al hombre en mangas de camisa, que se apresuró a cerrar la portezuela.

El carruaje se puso en marcha, pero lentamente, sin poder adelantar a los que tenía delante.

El joven parecía estar sobre ascuas, hasta que el coche hubo sobrepasado las verjas de la estación y pudo emprender la carrera.

Entonces el rostro de Alfonso se serenó un tanto; pero de cuando en cuando asomaba la cabeza por la ventanilla, devorando las calles con la mirada.

—¿No te parece que el caballo va demasiado despacio? —dijo de pronto, volviéndose hacia su compañera.

Inés sonrió de nuevo.

—Pero no... amigo mío, no eres razonable; a mí me parece que corre bastante, y debes pensar que tiene mucho camino por delante.

El joven ciñó con un brazo la sutil cintura de Inés.

—¡Tienes razón! —exclamó—. Pero si supieras en qué estado de ánimo me encuentro.

¡Ah! Después de su última carta, vivo en una continua ansiedad.

Clara corría un gran peligro e invocaba mi auxilio.

¡Y ya ha transcurrido un mes, ¿entiendes?

, un mes desde la fecha de aquella carta!

Y no es culpa mía que no haya venido antes: todo parecía conspirar contra mí: la enfermedad de tu padre, el viaje largo, peligroso.

¿Qué habrá sido en este intervalo de mi hermana?

Sabes que he escrito, he telegrafiado y no he recibido respuesta alguna.

Ahora comprendes mi ansiedad, mi impaciencia; siento algo dentro del corazón, pesado, triste, como si me amenazara una desgracia.

Una lágrima brillaba en los ojos negros de Alfonso. Inés la enjugó con un beso.

—Cálmate, amor mío, cálmate... —dijo ella con su voz fascinante—.

Verás que el Cielo habrá atendido nuestras oraciones; Clara estará mejor que nosotros.

Yo también, ¿sabes?, deseo conocer, abrazar a esa hermana que ocupa continuamente tus pensamientos y que me roba una parte de tu amor, porque tú la amas tanto...

—¡Oh! Sí, la amo, la amo... —prorrumpió el joven con exaltación—.

Pero ¿no le debo yo todo a ella?... Tú conoces bien mi triste historia.

Yo soy hijo de la culpa. Mi madre, olvidando sus deberes, se entregó en brazos de un hombre, que una mañana fue hallado en el fondo de un canal con una soga al cuello y una herida en el pecho.

Mi madre murió de desesperación; yo fui expulsado de la casa paterna y condenado inexorablemente a vivir ignorante, embrutecido, lejos de la sociedad.

El marido de mi madre no quiso reconocerme como hijo suyo: yo he vivido hasta los diez años con un cabrero, un ser deforme, salvaje, brutal, que me daba más palos que pan, creyendo así satisfacer el deseo del hombre que me había entregado a él.

Inés conocía ya estos pormenores de la vida de Alfonso, pero parecía escucharlos con mucho interés. Ella había apoyado la cabeza en el hombro de él y lo fijaba intensamente con sus grandes ojos de zafiro, vueltos pensativos.

El carruaje corría aún y había ya sobrepasado algo la puerta Romana; estaba cerca de Due Strade.

—Mi hermana, que tenía ocho años más que yo —continuó el joven lentamente—, era criada por mi padre como una gran señora.

Yo no la conocía, no la había visto nunca.

Un día estaba pensativo a la puerta de la cabaña del cabrero, cuando vi aparecer ante mí una figura pálida, rubia, con dos ojos que parecían dos estrellas, una sonrisa divina en la boca.

En mi ignorancia, creí ver una aparición de la Virgen, y estaba por arrodillarme ante ella, cuando me tomó entre sus brazos y me besó llorando, llamándome hermano.

Alfonso calló de nuevo: una lágrima cayó de sus ojos sobre la mano de Inés.

Preso por la emoción de su ánimo, el joven hablaba mucho más para sí que para su compañera, la cual permanecía inmóvil y muda.

—De una carta escrita por mi madre antes de morir, y confiada a un viejo criado para que fuera entregada a Clara cuando ella cumpliera los dieciocho años, mi hermana conoció el secreto de mi nacimiento, mi triste existencia.

Mi madre me recomendaba a ella. «Por el amor que yo te he tenido...

ve», decía, «busca a tu hermano y protégelo contra las sevicias de tu padre.

» Clara, bajo una apariencia delicada, albergaba un ánimo fuerte y valeroso.

Desde el día en que ella vino a mí, mi vida cambió por completo.

Clara compró con oro el silencio del cabrero.

Comenzó ella misma mi educación, venía a verme cada día a escondidas, y bajo distintos disfraces, para burlar la vigilancia de mi padre.

Alfonso interrumpió la historia porque el cochero se había detenido.

El joven asomó la cabeza por la ventanilla y se percató de que estaban en campo abierto; pero el camino que recorrían era más bien estrecho, empinado, lleno de carros que impedían el paso.

Fueron necesarios algunos minutos antes de que el carruaje pudiera abrirse camino.

La agitación de Alfonso era extrema. Consultó el reloj tres o cuatro veces.

—El tiempo pasa —murmuró—. Dios mío... ¿cuándo llegaremos?

Inés intentaba en vano con sus miradas, con sus caricias, calmarlo. Ella atrajo las manos del joven sobre su corazón.

—Siente cómo late —dijo con seriedad—. No estoy menos inquieta que tú... y sin embargo hay que tener paciencia: habla... habla, amor mío, sabes cuánto me gusta escuchar tu historia.

El coche había reanudado la carrera.

Entonces el joven, casi como si hallara un desahogo, un alivio al recordar las vicisitudes pasadas, prosiguió: