El bebé secreto de su enemigo (Pactos y papás nº 4) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

CLEO

—Cleo, cariño, hay tortitas en la mesa —la llamó su madre desde la puerta del dormitorio.

Cleo cerró los ojos con más fuerza, deseando que su madre se marchara. Se sentía como una niña. No quería levantarse de la cama.

Supongo que quedarme en casa de mamá me produce ese efecto.

Había sido agradable estar allí y dejarse mimar.

No le había mencionado su breve aventura a su madre; no había forma de decirle me acosté con el hombre responsable de que pierdas tu casa.

Habría demasiadas preguntas que Cleo no sabría responder.

Incluso ahora, incluso en su propia mente, no tenía claras todas las respuestas.

¿Por qué hice eso? ¿Por qué me dejé atraer tanto por ese hombre? Sabía lo que era desde el principio… ¿O no?

Negó con la cabeza, insegura.

Poco a poco, apartó las mantas de una patada y se giró hacia el borde de la cama.

Su excusa para quedarse con su madre esos días había sido que quería ayudar a preparar las cosas para la mudanza, lo cual, por supuesto, era perfectamente cierto.

La mudanza era en menos de veinticuatro horas, y hoy era el último día para empaquetar.

Mañana, todas las posesiones de su madre serían trasladadas a un trastero, y mientras seguían buscando casa, Cleo y su madre se quedarían en casa de Cleo.

Lo que significaba que esta era su última mañana allí. La última vez que despertaría en el dormitorio de su infancia. Después de hoy, todo cambiaría.

Solo pensarlo le revolvió el estómago. ¿Cómo había podido pensar su madre que querría tortitas en un día como aquel?

Solo intenta que las cosas sean lo más normales posible dadas las circunstancias. Yo debería hacer lo mismo. Al fin y al cabo, es ella quien está perdiendo su casa. Tengo que hacer todo lo posible para facilitárselo.

Cleo se obligó a levantarse de la cama, pero el estómago le dio un vuelco al ponerse de pie. No iba a ser fácil desayunar. Algo de aquel día la hacía sentirse realmente mal.

Bajó a la cocina en chándal y camiseta. Su madre estaba sentada a la mesa, con las manos rodeando una taza.

—Hay café recién hecho en la cafetera —dijo—. Sírvete tú misma.

Cleo negó con la cabeza y apartó una silla de la mesa. Se dejó caer en ella y agachó la cabeza. La habitación le daba vueltas.

—¿Cleo? —la voz de su madre estaba llena de preocupación—. ¿Qué pasa? ¿No has dormido lo suficiente? Estás blanca como el papel.

—Hoy estoy más cansada de lo normal, supongo —murmuró Cleo—. No me encuentro muy bien.

El sonido de una silla arrastrándose, y luego, un momento después, la mano de su madre se posó en su frente. Cleo cerró los ojos y se dejó llevar por aquel contacto, disfrutando de que la cuidaran. Hacía mucho tiempo que nadie lo hacía.

—Estás fría y sudorosa —dijo su madre—. Quizá deberías tumbarte en el sofá un rato.

—No, no tenemos tiempo para eso. Nos queda demasiado que empaquetar.

Cleo levantó la cabeza, decidida a recomponerse y ayudar a su madre.

Sin embargo, antes de que pudiera hacer nada, aparecieron manchas ante sus ojos. La cabeza le dio vueltas y no pudo distinguir nada. El mundo comenzó a inclinarse…

Lo siguiente que sintió fue un paño fresco en la nuca y la mano de su madre apretando la suya.

—¿Cleo? —la voz de su madre era aguda y ansiosa—. ¿Puedes oírme ahora, cariño?

—¿Mamá? —sentía la boca pastosa—. ¿Qué…?

—Creo que te has desmayado un momento, cariño.

Cleo parpadeó y se incorporó. Esta vez fue más fácil. La vista se le mantuvo clara, y aunque un pesado letargo la invadió, no se sintió mareada ni enferma como antes.

—Ya me siento mejor —murmuró—. No sé a qué ha venido eso.

—Sabes, si tuviera que adivinar —dijo su madre lentamente—. Bueno…

—¿Qué?

—Es una tontería. Pero a mí me pasó algo parecido cuando estaba embarazada de ti. Perdóname, cariño, sé que no es asunto mío, pero… ¿hay alguna posibilidad de que lo estés?

Cleo cerró los ojos con fuerza. No. No podía ser. No podía.

Pero, por supuesto, podía serlo. Era posible. Y esa era una posibilidad que no podía ignorar.

—Será mejor que me haga una prueba —susurró.

Media hora y una prueba después, las mujeres Hillman estaban sentadas en el salón, mirando fijamente la chimenea vacía, sin saber ninguna de las dos qué decir.

—¿Quién…? —empezó su madre, pero negó con la cabeza—. No. Lo siento. No voy a preguntarte eso.

—No es una pregunta descabellada —dijo Cleo con voz ronca.

—Es que no has estado saliendo con nadie, ¿verdad? —preguntó su madre—. No me habías hablado de ningún novio.

—No hay novio.

—Sabes que no te juzgo, Cleo —dijo su madre con dulzura—. Pase lo que pase, no voy a pensar peor de ti. Puedes contármelo. Quiero saber quién era. ¿Va a estar presente?

Cleo no pudo contenerse. Rompió a llorar.

—Oh, Cleo —susurró su madre—. No pasa nada. Haya pasado lo que haya pasado, no pasa nada.

—No dirás eso cuando te lo cuente —sollozó Cleo—. Creía que estaba haciendo lo correcto, pero todo salió mal.

—Cuéntamelo —la instó su madre.

Así que Cleo se sinceró. Le contó todo a su madre: cómo había conseguido un trabajo en Vale para intentar salvar la casa, cómo había conocido a Adam y descubierto que parecía un hombre amable y razonable. Cómo había ido con él a Chicago.

—Y una cosa llevó a la otra —logró decir—.

Nunca quise que llegara tan lejos, pero él no era en absoluto quien yo pensaba.

Creía que me resultaría muy fácil odiarlo, pero es mucho más encantador de lo que jamás habría imaginado.

Y yo... me dejé engañar, mamá. Te está quitando la casa, y me acosté con él. Nunca me lo perdonaré.

—Cleo.

La voz de su madre sonó severa y cortante, tanto que Cleo dejó de llorar y alzó la vista sorprendida.

En cuanto sus miradas se cruzaron, la voz de su madre se suavizó.

—No hiciste nada malo —dijo en voz baja.

—¿Cómo puedes decir eso? Lo hice todo mal. Pretendía salvar la casa, y no lo conseguí. Y en vez de eso, me enamoré perdidamente del hombre más horrible del mundo.

—Ya basta —le dijo su madre—. No conozco a ese hombre, Cleo, pero sí conozco a mi hija.

Si te convenció de que merecía la pena conocerlo, entonces creo que algo bueno había en él.

A nadie se le puede reducir a lo peor que ha hecho.

Es más que el hombre que nos está quitando la casa, ¿verdad? Tú lo conoces. ¿No hay nada más?

Cleo apartó la mirada. Dolía pensar así, recordar que Adam era mucho más que eso, y que fue alguien a quien una vez había admirado de verdad. Que había llegado a quererlo profundamente, y que quizá aún lo quería.

—Da igual —dijo con firmeza—. Él tampoco quiere saber nada de mí, mamá. Descubrió lo que estaba haciendo allí. Sabe que solo intentaba recuperar nuestra casa, y eso hizo que no quisiera saber nada de mí. Tuvimos una pelea terrible.

Bajó la cabeza.

—Aunque quisiera volver a verlo, él jamás aceptaría.

—De acuerdo. Pero vas a tener que intentarlo.

La voz de su madre era suave pero firme.

Cleo la miró.

—¿Qué? Mamá, no va a dejarnos quedarnos con la casa. Dejó muy claro lo que pensaba al respecto.

—No estoy hablando de la casa, Cleo. Una casa es solo una casa —dijo su madre—. Si vas a tener este bebé, tienes que decírselo al padre. Tu hijo merece la oportunidad de tener a su padre en su vida.

Extendió la mano y tomó la de Cleo.

—¿No te dio siempre pena no haber conocido a tu padre?

—Mamá...

A Cleo se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas. Serían las hormonas. Normalmente no era tan llorona.

—Tú siempre fuiste suficiente para mí.

—Lo sé, cariño.

Su madre se acercó más a ella en el sofá y la rodeó con el brazo.

—Nos las arreglamos, tú y yo. Y fuimos felices, y estoy agradecida por todo lo que tuvimos.

Por la vida que tuvimos. Pero aun así, siempre deseé que hubieras podido tener un padre.

Te merecías tener a tu padre. Cariño... sé que todo esto está pasando muy deprisa.

Pero vas a tener un bebé. Vas a ser madre.

Piensa en eso un momento. Piensa en tu hijo.

Cleo pensó en ello.

Un bebé diminuto, recién nacido, en sus brazos, bostezando y volviéndose hacia ella. Sin saber nada del mundo, pero confiando en Cleo de forma absoluta.

Un niño pequeño, corriendo hacia ella con sus piernecitas regordetas, la risa flotando en el aire y la dulce sonrisa de Adam en su carita.

Un niño, lleno de preguntas y deseoso de enseñarle a Cleo todo lo que aprendía de la vida día tras día.

Un adolescente, que la mantendría joven mientras ella entraba en la mediana edad, que lucharía con todo el caos de la adolescencia, pero que incluso en esos tiempos turbulentos confiaría en que Cleo siempre lo querría, siempre estaría de su lado.

Se le escapó un jadeo.

Ese niño ni siquiera había nacido todavía. Solo hacía unos minutos que sabía de su existencia. Y sin embargo, ya lo quería más de lo que habría creído posible.

Ya sentía que haría cualquier cosa por su bebé.

Su madre la observaba con atención.

—Lo sientes, ¿verdad? —murmuró—. Recuerdo esa sensación, Cleo. Tu vida entera cambia en este momento. Tienes que decírselo. Si hay aunque sea la más mínima posibilidad de que sea un buen padre para ese bebé, tienes que darles a los dos la oportunidad de vivir eso.

Cleo asintió. Sabía que era verdad.

Si eso significaba que su hijo tendría un buen padre, y Adam sería un buen padre, pensó, aunque no hubiera sido especialmente amable con ella, le debía al bebé contárselo a Adam.

No importaba lo difícil que fuera para ella.

No importaba cómo se sintiera al respecto.

El bebé era lo único que importaba ahora.

—Se lo diré —dijo—. Pero ahora no. Necesito un poco más de tiempo. Acabamos de tener una discusión tremenda... Me da miedo que si lo llamo ahora, piense que solo intento manipularlo para recuperar la casa, y no puedo arriesgarme a que este momento se convierta en algo feo.

Respiró hondo, con un temblor en el aliento.

—Creo que tengo que esperar a que la casa haya sido demolida, para que cuando me ponga en contacto con él sepa seguro que no es por eso. Cuando eso pase, lo llamaré y hablaremos.

Su madre asintió.

—Tiene sentido —dijo con suavidad—. Mientras tanto, Cleo, sabes que estoy de tu lado. Te ayudaré con lo que necesites.

Cleo se llevó una mano al vientre y bajó la mirada maravillada, asimilando la idea por completo.

Iba a tener un bebé.

El bebé de Adam.

¿Qué va a decir cuando se lo cuente?