El bebé secreto de su enemigo (Pactos y papás nº 4) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

ADAM

Llegó la pizza. Adam recogió el pedido y lo llevó a la sala de conferencias, donde lo dejó sobre la mesa. Le sorprendió ver que Cleo había ido a la cocina y había vuelto con un par de platos de papel y servilletas.

—No sabía que teníamos de eso —admitió.

—En uno de los armarios de la sala de descanso —dijo ella—. Alguien debió de traerlos, supongo, si no los pusiste tú.

—Buena idea.

Cogió un plato de papel de sus manos y se sirvió pizza.

—No se me habría ocurrido.

—Supongo que a tu padre no le importaban mucho ese tipo de cosas, ¿no?

—Papá era un poco... antidescansos —dijo Adam—. Habría dicho que poner platos de papel en la sala de descanso era una manera de invitarse a uno mismo a pasar más tiempo lejos de lo que se supone que debe estar haciendo.

—Entonces supongo que ya has dejado tu huella en este sitio —dijo Cleo, con un brillo pícaro en sus ojos verdes.

—No se lo digas a nadie —dijo Adam entre risas.

—No te preocupes —dijo ella—. Aparte de mi madre y mi mejor amiga, nadie sabe siquiera que trabajo aquí. No voy a contarle a nadie que has perdido esa dureza que tu padre quería que tuvieras.

—¿Crees que la he perdido? —le preguntó.

«¿Por qué sigo buscando la opinión de esta mujer cualquiera? Esa sería la pregunta más acertada».

Pero en realidad no era una mujer cualquiera.

Había algo en ella que le inspiraba confianza.

Cleo tenía razón en que su padre querría que fuera más duro de lo que era, y con ella era casi como si no pudiera serlo.

Simplemente no le dejaba salirse con la suya.

Lo veía con más claridad que nadie, y no tenía miedo de decírselo a la cara.

—No te conozco tan bien —dijo Cleo, inclinándose sobre la mesa para coger una porción de pizza.

Ladeó la cabeza.

—Supongo que diría... que no eres tan frío como pensaba cuando llegué.

Se rio.

—Nunca pensé que diría eso, la verdad. Esperaba que fueras cínico y difícil de tratar.

—¿Y ahora ya no lo piensas? —preguntó, sin saber si eso era bueno o malo. Significaba que no era como su padre; eso seguro.

—Ahora pienso que eres el tipo de persona que al menos puede escuchar lo que otros tienen que decir —dijo ella—. O sea...

Se mordió el labio.

—O sea, estás ahí sentado pidiéndome mi opinión sobre las cosas, ¿y qué derecho tengo yo a opinar sobre nada?

—Todo el mundo tiene derecho a su opinión —dijo Adam, pero las palabras se le atragantaron.

Sabía exactamente lo que diría su padre si supiera que estaba escuchando a una empleada recién contratada hacía apenas una semana.

Si supiera que su hijo estaba siguiendo los consejos de ella en decisiones de negocio.

«Aunque tampoco es que la esté siguiendo a ciegas, ¿no? Sus consejos han sido buenos hasta ahora. Todo lo que ha dicho ha tenido mucho sentido, así que ¿no sería tonto si no la escuchara?»

Se aclaró la garganta. Necesitaba cambiar de tema.

—Entonces... ¿por qué quisiste venir a trabajar aquí? —preguntó—. Si eres nueva en el sector inmobiliario, digo.

Ella se encogió de hombros y apartó la mirada.

—Como ya te dije, necesitaba un trabajo de verdad, y este parecía que podía encajar conmigo.

—¿A qué te dedicabas antes de venir aquí? —preguntó.

—Escribía —dijo ella—. Trabajaba como freelance.

—¿Qué tipo de trabajo?

Recordó haberla visto garabateando durante la última reunión y se había preguntado si estaba tomando notas. Quizá no. Quizá había estado trabajando en... en lo que fuera que escribiese.

Otra cosa que habría enfadado a su padre.

No le habría gustado la idea de que alguien en su nómina estuviera trabajando en algo distinto a aquello por lo que le pagaban, y habría pensado que Adam era débil por permitirlo.

Pero Adam no lo veía así. Le fascinaba que fuera escritora.

Le parecía una forma romántica de pasar el tiempo.

Una vez más se preguntó: «¿Qué podría haber hecho con mi vida si todo mi futuro no hubiera estado trazado desde el momento en que nací? ¿En quién me habría convertido si alguna vez me hubieran dado a elegir?»

—Escribía lo que me encargaran —dijo ella—. Cuando trabajas como freelance, puedes seguir tus pasiones, así que acepto los trabajos que me parecen más interesantes y emocionantes.

—Suena genial —dijo Adam—. Pero entonces vuelvo a lo mismo: ¿cómo acabaste trabajando para mí? Parece que te iba bastante bien.

Ella volvió a morderse el labio.

—El seguro médico —dijo tras un momento.

—¿Qué pasa con eso?

—Aquí ofrecéis seguro médico, y eso no lo puedo conseguir trabajando como freelance. Lo necesito para cuidar de mi madre, y vuestras prestaciones me permiten incluirla.

Apretó los labios, como si lo siguiente le costara decirlo.

—Es muy generoso por tu parte, por cierto.

Él asintió.

—Pensaba que eso se daba por hecho.

—Pues no. La mayoría de las empresas no ofrecen ese tipo de cobertura.

—Entonces... ¿cuidas de tu madre?

Cleo bajó la mirada.

—Hago todo por ella —dijo, con la voz ligeramente ronca—.

Ella siempre ha hecho todo por mí. Mi padre murió cuando yo era pequeña, así que siempre fuimos solo mamá y yo.

Y cuando crecí, me propuse cuidar de ella.

No tiene ningún problema de salud, pero los años no pasan en balde, y solo quiero asegurarme de que estemos preparadas para lo que venga.

—¿Y por eso querías este trabajo?

Ella no lo miraba directamente, pero asintió.

—Por eso —confirmó—. Haría cualquier cosa por mi madre.

Adam miró su ordenador, de pronto incapaz de concentrarse en lo que tenía delante.

La manera en que hablaba de su madre... era algo que Adam jamás había conocido.

Su propia madre se había marchado hacía años, sin querer saber nada de su padre.

Adam no estaba del todo seguro de por qué lo había dejado atrás a él.

Se lo había preguntado a su padre una vez, y Robert Vale había murmurado algo sobre que ella sabía que perdería un juicio y no tenía dinero para luchar.

Solo pensarlo entristecía a Adam. Parecía que su madre habría querido seguir en su vida si hubiera podido permitirse enfrentarse a su padre.

Pero había estado tan desesperada por alejarse de Robert Vale que había estado dispuesta a dejar a Adam si eso era lo que hacía falta.

Oír hablar de una madre dispuesta a hacer cualquier cosa por su hija, y ahora de una hija dispuesta a hacer cualquier cosa por su madre...

lo dejaba atónito. Él no tenía esa relación, ni siquiera con el progenitor que se había quedado.

¿Y si las cosas hubieran podido ser así entre él y su padre?

¿Y si su padre hubiera sido alguien de quien Adam pudiera sentirse cercano? ¿Cómo habría sido diferente su vida?

No tenía sentido darle demasiadas vueltas, por supuesto.

La situación era la que era, y no había forma de cambiarla.

No tenía un progenitor como el que Cleo describía: alguien que siempre estuviera de su lado, pasara lo que pasara, y que siempre lo estaría.

Tenía a su propio padre, que lo había criado haciéndole creer que nada de lo que hiciera sería jamás lo suficientemente bueno.

—Tu madre parece genial —logró decir.

—Lo es —dijo Cleo con fervor.

Entonces una sombra cruzó su rostro.

Fue tan breve que Adam pensó que podría habérselo imaginado. Su mirada se perdió un instante, y su sonrisa... no desapareció, pero vaciló, solo ligeramente. Lo justo para hacerle saber que había algo en aquel tema que la entristecía.

No insistió. Las cosas ya se habían vuelto mucho más personales de lo que tenía derecho a esperar. Apenas podía creer que los dos estuvieran allí sentados, hablándose de sus padres con tanta confianza cuando apenas se conocían.

Pero quizás esa era precisamente la razón. Con todos los demás, tenía que preocuparse mucho por las apariencias. Tenía que pensar constantemente en la responsabilidad de ser Adam Vale, hijo de Robert Vale y heredero de Vale Real Estate. Con Cleo, nada de eso importaba. Podía ser simplemente Adam.

«Soy su jefe, pero Dios sabe que eso no la intimida. La verdad es que se siente más como...».

¿Como qué? ¿Como si fueran amigos?

No podía permitirse pensar así. No solo porque su padre lo desaprobaría, que lo haría, sino también porque no eran amigos.

Puede que Cleo fuera capaz de ver más allá de la intensidad de su reputación, pero eso no significaba que fuera a quedarse.

Estaba allí porque necesitaba un seguro médico para su madre, y por ninguna otra razón. No podía olvidarlo.

Carraspeó. Mejor asegurarse de que las cosas se mantuvieran en el terreno profesional.

—Lo que realmente me vendría bien —dijo— es que alguien más revisara algunos de estos documentos.

Cleo frunció el ceño.

—¿Qué tipo de documentos?

—Los planos de renovación de las unidades de las que hablamos en la reunión del otro día. Esas sobre las que te mostraste tan franca.

Se le subieron los colores.

—Solo fui franca a nivel conceptual —le dijo.

—¿Franca a nivel conceptual? —se rio—. Eso no lo había oído nunca.

—Lo que quiero decir es... no sé nada de mantenimiento de propiedades. Como mencionaste, soy nueva en el sector inmobiliario. No podría ayudar con nada técnico.

—Inténtalo.

Sacó un documento y lo deslizó hacia ella sobre la mesa.

Ella lo miró sin hacer ademán de tocarlo.

—¿Qué es?

—Una lista de las mejoras que estamos pensando hacer. Quiero saber qué te parece.

—Últimamente me pides mucho mi opinión —murmuró, con los ojos aún en el documento.

—Tú me das tu opinión sincera —le dijo con seriedad—. La mayoría de la gente no hace eso, Cleo. La mayoría me dice lo que cree que quiero oír.

—¿Crees que eso no es lo que quieres?

—No es lo que quiero. Puede que digas algo que no me guste, pero eso es muchísimo mejor que tener a todo el mundo pensando cosas que no me gustarán y sin el valor de decírmelas.

Si hay algún fallo en mis planes, quiero saberlo ahora, mientras todavía hay tiempo de arreglar el problema —dijo—.

No quiero enterarme después. Prefiero oírlo de ti, en esta sala, que de veinte inquilinos dentro de seis meses, cuando ya hayamos invertido un montón de tiempo y dinero en el proyecto y sea demasiado tarde para arreglar nada.

Ella respiró hondo y levantó la vista, encontrándose con sus ojos.

¿Qué tenía aquella mujer? Sabía que valoraba su honestidad y su intuición, pero había algo más, algo en la forma en que lo miraba.

Le hacía sentir como si la conexión entre ellos existiera desde mucho antes, no solo desde hacía unos días.

Como si esta no fuera la primera vez que estaban a solas en una habitación.

Era como si ella lo entendiera, de algún modo.

¿Cómo era posible? ¿Y cómo podría saberlo él si así fuera? Apenas se conocían.

No sabía la respuesta. Pero sí sabía una cosa: se alegraba de que Cleo hubiera decidido quedarse a trabajar hasta tarde. Se alegraba de que hubiera venido a trabajar allí.

Y por muy preocupada que estuviera por perder su trabajo por ser franca, él habría estado dispuesto a asegurarle allí mismo que eso jamás sucedería. Era demasiado valiosa, demasiado importante. Era alguien a quien necesitaba en su equipo.

No había ninguna posibilidad de que la dejara escapar.