El bebé secreto de su enemigo (Pactos y papás nº 4) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

CLEO

Cleo salió del baño con sigilo.

Era después del horario laboral. Todas las luces estaban apagadas. El corazón le latía con fuerza mientras caminaba de puntillas por la oficina.

La idea se le había ocurrido esa mañana, cuando salía hacia el trabajo. Nunca estaba tan poco vigilada como necesitaba para hurgar en los archivos. Tendría que hacerlo de noche, cuando todos se hubieran ido a casa.

Pero tenía que andarse con cuidado. Apenas ayer había conseguido su tarjeta de empleada, la que le abría la puerta, pero no podía usarla para acceder al edificio fuera del horario laboral.

El sistema guardaría un registro, y entonces habría preguntas sobre por qué había estado merodeando a altas horas de la noche.

Eso sería mucho más difícil de explicar que si Mike quisiera saber por qué había abierto el cajón de archivos equivocado.

Pero ahora tenía toda la noche por delante.

Disponía de todo el tiempo que necesitaba para revisar los documentos que le interesaran.

Y salir no era problema; no necesitaría usar la tarjeta para eso.

Solo se aseguraría de llevar la capucha puesta al salir, para que las cámaras de seguridad no la identificaran.

Era un poco arriesgado. Pero había que arriesgarse. Tenía que haber algo en esta oficina que demostrara la clase de hombre que era Adam Vale y le permitiera proteger la casa de su madre.

Se preguntó si Adam cerraba su oficina por la noche.

Si pudiera entrar ahí, seguro que encontraría algo útil.

Pero eso era un riesgo enorme. Si la pillaban en el edificio, su plan era simplemente decir que estaba en el baño y no se había dado cuenta de la hora.

Pero no habría excusa alguna para haberse colado en la oficina del director ejecutivo.

«Heather diría que he perdido la cabeza por completo. Quizá tendría razón. Es que no sé qué más hacer».

Podía echar un vistazo, en cualquier caso. Avanzó despacio por la oficina, riéndose para sus adentros de que estuviera intentando parecer natural, como si simplemente pasara por allí sin ninguna razón en particular. «¿A quién le importa qué pinta tengo? ¡Nadie puede verme!»

El corazón le dio un vuelco al doblar la esquina. ¡La luz de la oficina de Adam seguía encendida! Eso significaba que la puerta estaba abierta. Las luces se apagaban automáticamente en las oficinas vacías al cerrar la puerta. Era una medida de ahorro de energía...

Se quedó paralizada.

La oficina no estaba vacía.

Adam estaba ahí dentro.

Oía su propia respiración retumbando en los oídos. Tenía que alejarse, lo sabía. El plan era un fracaso total, y lo único que podía hacer ahora era salir del edificio cuanto antes, antes de que él se diera cuenta de que estaba allí. Pero, por alguna razón, los pies no le respondían.

«¡Vete! ¡Vete ya! Si te ve...»

Él levantó la vista.

El estómago le dio un vuelco.

Adam frunció el ceño, se levantó y caminó hacia la puerta de su oficina.

El cuerpo de Cleo volvió a responderle, y consideró darse la vuelta y salir corriendo.

Pero no podía hacer eso ahora. Quedaría aún peor.

Sería obvio que había estado intentando hacer algo indebido.

Tragó saliva con dificultad, se dio la vuelta y caminó despacio de regreso a su escritorio, con la mente a mil.

Seguro que habría preguntas. ¿Qué iba a decir?

¿Cómo podía explicar aquello? De repente, la historia que había preparado sobre haberse quedado en el baño sin darse cuenta de que todos se habían ido le parecía ridículamente endeble.

Y entonces él estaba allí, de pie junto a su escritorio.

—Hola —dijo.

Parecía ligeramente divertido, así que quizá no iba a ponerse a regañarla directamente. Aun así, estaba tan nerviosa que notaba el sudor brotándole en la nuca.

—Hola —logró decir, sin mirarlo.

—¿Qué haces todavía aquí? —preguntó—. Creía que tu turno había terminado hace como media hora.

Ella asintió.

—Así es.

—¿Y?

—Pues... —buscaba desesperadamente algo que decir—. Pensé en quedarme hasta tarde para adelantar trabajo —logró decir con voz débil—. Tengo la sensación de que... quizá no he empezado con buen pie aquí, y quería asegurarme de que Mike me viera como una miembro valiosa del equipo.

Vaciló un momento.

—Como te dije... necesito mucho este trabajo.

—Yo creo que eres una miembro valiosa del equipo —dijo Adam, apoyándose en el panel del cubículo—. ¿Mike ha dicho algo que te haga pensar lo contrario?

—No, no. Nada de eso. Es solo que no sé si he causado buena impresión —dijo—. Sé que no a todos les entusiasma mi presencia en las reuniones. Quizá por eso han dejado de invitarme.

—No han dejado de invitarte —le dijo—. O sea, no has estado en ninguna estos últimos días, pero pensé que no querías. Me dio la impresión de que estabas enfadada conmigo.

—Lo estoy —dijo, antes de poder contenerse.

—Ya —dijo, con una sonrisa burlona. Esa expresión la liberó de inmediato de cualquier culpa por haber sido tan directa. A él no le importaba, así que ¿por qué iba a importarle a ella?—. Bueno, si querías venir a más reuniones, podrías habérmelo dicho.

—Solo quería quedarme a hacer algo de trabajo extra —le dijo, notando cómo la irritación crecía en su interior.

Ahora iba a tener que quedarse de verdad, al menos un par de horas, y archivar algo para que su historia resultara creíble.

Qué decepción. Si no iba a avanzar hacia su objetivo final, no tenía ninguna razón real para estar allí.

Adam la observaba con expresión valorativa.

—¿Por qué no vienes a la sala de conferencias? —preguntó.

—¿Qué?

—Si vas a trabajar, y yo también, no tiene sentido que tú estés sola en tu escritorio y yo en mi despacho —dijo él—. Vamos a la sala de conferencias. Podemos pedir pizza o algo así. ¿Te gusta el pepperoni?

—¿Quieres que pidamos pizza?

¿Se había dado un golpe en la cabeza o qué?

—¿Tú y yo?

—Somos los únicos que quedamos aquí, y los dos tenemos que comer, ¿no? —dijo él—. Yo al menos tengo hambre. Podríamos aprovechar para pedir algo.

Se mordió el labio. Si de todas formas iba a quedarse allí...

—Supongo que una pizza no estaría mal.

—Entonces, ¿de pepperoni?

—¿Le ponemos cebolla?

Él sonrió.

—No iba a preguntarlo, porque a casi nadie le gusta, pero sí. Es mi favorita.

Cleo no pudo evitarlo: le devolvió la sonrisa.

Pero enseguida se contuvo. ¿Qué estaba haciendo? ¿Intentando hacerse su amiga? Eso era justo lo contrario de lo que había venido a hacer esa noche.

¿Acaso la oferta de pizza era tan irresistible?

«¿Tan débil soy?»

Bueno, tenía que comer, al fin y al cabo. Lo siguió a la sala de conferencias con el portátil.

Adam se sentó ante su ordenador y empezó a teclear en el móvil.

—¿Pedimos refrescos? —preguntó.

—Cola light para mí.

Asintió y se concentró en el teléfono un momento.

—Listo, ya viene de camino —le dijo—. Y bueno, ¿en qué estás trabajando esta noche?

Genial. Iba a tener que inventarse otra excusa.

—Oh... solo quería familiarizarme con algunos documentos —dijo—. Mike me ha estado animando a conocer mejor la empresa, a empaparme de todo.

De pronto se le ocurrió algo.

—Dice que es mejor que todos los implicados conozcan bien cómo funcionan las cosas aquí.

Adam pareció un poco sorprendido.

—Esa es mi filosofía —admitió.

Ella lo sabía, por supuesto. Era una de las primeras cosas que Mike le había contado sobre Adam. Quizá ahora tenía una oportunidad. Quizá podría aprovechar esa noche para averiguar algo sobre él, al fin y al cabo.

—¿Por qué esa filosofía es tan importante para ti? —le preguntó—. No es que esté en desacuerdo...

—Oh, ¿no estás en desacuerdo con algo? Eso es una novedad.

Lo miró y vio que estaba sonriendo. Era una broma. Se permitió reír.

—Vale, vale —dijo—. Sé que puedo ser un poco... tozuda.

—Te quedas corta. Pero más gente debería ser así —dijo él—. No quiero rodearme de pelotilleros. Si lo haces, nunca oyes más ideas que las tuyas. Es una forma ridícula de dirigir una empresa.

—Bueno, en eso sí estoy de acuerdo —dijo ella, y le sorprendió descubrir que lo decía de verdad.

—En cuanto a tu otra pregunta —continuó él—, quiero que la gente entienda todos los aspectos de la empresa porque nunca sabes de dónde va a surgir una buena idea.

Si cada uno se encierra en su especialidad, si nunca compartimos conocimientos, nos perdemos un montón de oportunidades.

Tú misma lo demostraste en la reunión cuando le plantaste cara a John.

Él no esperaba oír nada de ti. Pero tenías muchas buenas ideas que merecía la pena escuchar.

—Pero hay algo que no entiendo —dijo Cleo—.

Si esa es la filosofía de tu empresa, que todos deben participar en todo, cabría esperar que la gente estuviera acostumbrada a que aparezca cualquiera en las reuniones.

Pero la mayoría parecía pensar que era una locura que yo estuviera allí, ya no digamos que opinara. ¿Por qué les extrañó tanto?

—Oh, mi padre no habría hecho las cosas como yo las hago —explicó Adam—. No las hacía igual. No sé por qué digo «no habría hecho» como si fuera hipotético. Para él todo era eficiencia, y asegurarse de que la gente siguiera sus instrucciones.

Sonrió con ironía.

—Si me hubiera visto pidiéndote opinión en esa reunión, no sé qué habría dicho. Nada bueno, seguro. Algo sobre que estaba haciéndoles perder el tiempo a todos.

—Debió de ser difícil tomar el relevo —dijo ella—. No sabía que estabas cambiando tanto la manera en que tu padre llevaba las cosas.

—Intento no cambiar demasiado —murmuró—. Mi padre construyó este lugar desde cero. Ahora es mío, pero... no quiero destruir su legado. No quiero que se arrepienta de haberlo dejado en mis manos.

Asintió.

—¿Por eso trabajas hasta tan tarde? ¿Por eso estás aquí esta noche?

—A veces cuesta irse a casa —confesó—. Supongo que... en cierto modo, mis razones son las mismas que las tuyas. ¿Quieres que todos tengan buena impresión de ti? ¿No quieres fracasar? Yo quiero lo mismo. Solo que en mi caso, lo que está en juego es un poco más...

Vaciló.

—Personal —dijo Cleo en voz baja.

—Sí —dijo él—. Personal, eso es.

Esbozó una leve sonrisa.

—¿Qué sería de mí si, después de tantos años, mi padre me entregara su empresa y yo la hundiera? No me lo perdonaría nunca.

Se reía, o lo intentaba al menos, pero Cleo pudo ver la mueca que trataba de contener, y de pronto sintió una oleada de compasión por él.

Era algo que no quería sentir, pero ahí estaba.

Debía de estar sometido a una presión enorme. Tantas expectativas. No solo su padre quería que mantuviera el legado del negocio: todos los demás ejecutivos que trabajaban allí sin duda esperaban lo mismo.

Eso no justifica lo que está haciendo. No está bien quitarle la casa a mamá.

Pero ¿acaso no había hecho ella algo malo para conseguir lo que quería? No había nada correcto en revisar esos archivos que Mike le había dicho que no tocara. Y desde luego, tampoco habría estado bien colarse en el despacho de Adam.

No le gustaba, pero había estado dispuesta a torcer sus propios principios para hacer lo correcto por su familia.

¿Podía esperar de verdad que Adam fuera mucho mejor de lo que ella había demostrado ser?