Capítulo 19 #2
La aplicación alternaba ambas palabras.
Ahora viajaba hacia el sur para buscar empleo en un taller.
—¿Familia? —preguntó Pawel.
El hombre mostró una fotografía pequeña guardada en la billetera.
Una mujer.
Dos niños.
Después extendió la mano abierta y la desplazó sobre la mesa improvisada.
Lejos.
Pawel comprendió.
La familia seguía en el norte.
El hombre guardó la foto y miró el río.
La conversación terminó allí.
Más tarde, una mujer que viajaba con una niña aceptó compartir parte de su comida. Arroz frío y vegetales envueltos en una hoja.
Pawel agradeció.
La niña tosía.
La madre le tocaba la frente cada pocos minutos.
A través de gestos y frases traducidas, Pawel entendió que habían abandonado una aldea después de que el agua de un pozo cambiara de color.
—Mina —dijo la mujer.
Luego señaló la piel de la niña.
Había manchas rojizas alrededor de las muñecas.
No explicó más.
Tampoco parecía esperar ayuda.
Viajaban hacia la casa de una hermana.
La niña apoyó la cabeza sobre el regazo de su madre y cerró los ojos mientras la barcaza avanzaba.
Pawel miró los sacos de mercancía apilados detrás de ellas.
Combustible.
Alimentos.
Repuestos.
Personas.
Todo utilizaba el mismo río.
Todo formaba parte del mismo movimiento.
A media tarde la lluvia se detuvo.
La niebla quedó suspendida sobre las zonas bajas.
El motor mantuvo un ritmo lento y regular.
Pawel encontró un lugar protegido detrás de varios paquetes de lona y sacó el teléfono.
No tenía conexión estable, pero no la necesitaba.
Abrió la carpeta oculta.
Introdujo la contraseña.
Los archivos aparecieron.
Fotografías de excavaciones.
Trabajadores junto a las piscinas.
Canales de drenaje.
Mangueras.
Laderas destruidas.
Luego los documentos de la iglesia.
Órdenes de entrega.
Contratos.
Facturas.
Registros comerciales.
Solicitudes de modificación.
Pagos.
Firmas.
Sellos.
Fechas.
Amplió una imagen.
La fotografía seguía nítida.
El número de lote podía leerse.
Abrió otra.
El nombre de la empresa compradora estaba completo.
En una tercera se distinguía una referencia bancaria y un código de operación.
Los archivos habían sobrevivido.
Sintió un alivio seco.
Sin entusiasmo.
Sin triunfo.
Solo confirmación.
Todo el riesgo asumido en las últimas horas habría sido inútil si el teléfono se hubiera roto durante la caída o si la humedad hubiera corrompido la tarjeta.
Retiró la memoria oculta detrás de la cubierta.
La inspeccionó.
Era pequeña.
Más pequeña que una uña.
Allí estaba la investigación.
La colocó en un adaptador y verificó varias carpetas desde un segundo dispositivo básico que llevaba en la mochila.
Los archivos se abrieron.
Fotografías.
Copias.
Notas codificadas.
Una tabla parcial en la que había comenzado a relacionar fechas y cargamentos.
Todo seguía intacto.
Volvió a guardar la tarjeta en el compartimiento cosido dentro del cinturón.
El teléfono podía ser confiscado.
La tarjeta no debía ser encontrada.
Permaneció varios minutos repasando mentalmente la cadena.
Primero, la montaña.
La extracción mediante soluciones químicas.
Las pendientes perforadas.
La arcilla erosionada.
Los trabajadores sin equipos adecuados.
Las aguas contaminadas.
Después, el transporte.
Camiones.
Depósitos.
Intermediarios.
Órdenes de entrega.
Cambios de nombre.
Categorías ambiguas.
Luego, el procesamiento.
Plantas registradas.
Compradores distintos.
Mismas rutas.
Mismos códigos logísticos.
Finalmente, la exportación.
Certificados.
Auditorías.
Documentos capaces de convertir un origen irregular en una mercancía aceptable.
No eran fenómenos separados.
La enfermedad de la niña, el trabajador lesionado, el conductor desplazado, el pago anotado junto a una aprobación, la patrulla que lo había perseguido y el contrato que exigía volúmenes mensuales pertenecían al mismo mecanismo.
La violencia protegía la extracción.
La corrupción simplificaba el transporte.
Los documentos limpiaban el origen.
El mercado absorbía el producto.
Pawel cerró los ojos.
No se veía como un héroe.
Nunca lo había hecho.
No había llegado a Myanmar para salvar a nadie. Tampoco creía que una publicación pudiera detener por sí sola una estructura construida durante años y sostenida por empresas, funcionarios, milicias y compradores internacionales.
Su tarea era más limitada.
Observar.
Registrar.
Comparar.
Verificar.
Publicar.
Lo que lo indignaba no era descubrir que existía daño.
El daño estaba a la vista.
Lo había visto en los cuerpos, en el agua, en las montañas y en los refugios.
Lo que lo indignaba era la normalidad administrativa.
Personas que conocían las consecuencias seguían firmando.
Empresas que conocían el origen seguían comprando.
Funcionarios que veían pasar los camiones seguían sellando permisos.
Auditores que encontraban inconsistencias seguían aprobando informes.
La mentira no se ocultaba fuera del sistema.
Circulaba dentro de él.
En papel membretado.
Con sellos.
Con números de registro.
Con firmas legibles.
Una voz lo obligó a abrir los ojos.
Uno de los tripulantes señalaba su teléfono.
Pawel lo guardó de inmediato.
El hombre extendió la mano.
No parecía agresivo.
Pronunció una palabra.
Batería.
Pawel comprendió cuando vio el cable.
Había una única regleta conectada al generador de la barcaza. Varios pasajeros cargaban allí sus dispositivos.
Negó con la cabeza.
—Después.
El tripulante se encogió de hombros y se alejó.
Pawel observó a su alrededor.
Nadie parecía haber visto las imágenes.
Aun así cambió de lugar.
Se sentó cerca de la borda.
El río se había ensanchado.
En la orilla oriental aparecían bancos de arena y campos inundados. En la occidental, árboles oscuros ocultaban pequeñas aldeas.
Una embarcación cargada con tambores de combustible avanzó en sentido contrario.
Los recipientes estaban sujetos con cuerdas.
Dos hombres fumaban junto a ellos.
Más atrás pasó una barcaza con madera recién cortada.
Después otra con maquinaria.
El país continuaba abasteciéndose.
La guerra no detenía el comercio. Lo desviaba, lo encarecía, lo fragmentaba.
Pero los productos seguían circulando.