Capítulo 19 #3
Pawel pensó en los funcionarios encontrados durante la investigación.
El empleado que había evitado mirar un formulario incompleto.
El responsable de seguridad que había aceptado su identidad comercial sin verificar demasiado.
El intermediario que conocía los horarios de los controles.
El gerente que hablaba de permisos regionales como si fueran un trámite ajeno.
Ninguno parecía controlar el sistema completo.
Cada uno realizaba una función pequeña.
Cada uno podía afirmar que ignoraba lo ocurrido antes o después.
Juntos mantenían abierta la cadena.
Desde las colinas de Kachín hasta las plantas que separarían los minerales.
Desde allí hasta fabricantes de componentes.
Después baterías.
Motores.
Equipos electrónicos.
Vehículos vendidos como parte de una economía más limpia.
Pensó en los certificados que había visto antes de viajar.
Trazabilidad.
Sostenibilidad.
Debida diligencia.
Origen responsable.
Palabras ordenadas en documentos impecables.
A miles de kilómetros, un comprador podía abrir un archivo, comprobar que todas las casillas estaban completas y cerrar la operación.
En Pangwa, una familia bebía agua junto a un canal contaminado.
La distancia hacía posible la ficción.
El río siguió avanzando hacia el sur.
Durante una parada breve en un embarcadero, subieron nuevos pasajeros y descargaron parte de la mercancía.
Pawel permaneció oculto detrás de la carga.
Dos hombres uniformados estaban en la orilla.
No llevaban insignias que pudiera reconocer.
Hablaron con el capitán.
Uno de ellos observó a los pasajeros.
Pawel bajó el rostro.
La conversación duró menos de un minuto.
Los hombres recibieron un pequeño paquete.
La barcaza continuó.
No hubo inspección, lista, ni control de identidad.
Solo una entrega.
Pawel observó al capitán guardar un papel doblado dentro de una caja metálica.
Permiso.
Pago.
Recibo.
No podía saberlo.
Pero el movimiento resultaba familiar.
En ese país, la legalidad y la extorsión parecían compartir los mismos gestos.
Al caer la tarde, el cielo se volvió violeta sobre el agua.
Los pasajeros prepararon mantas y bolsas para pasar la noche. Algunos comieron. Otros permanecieron en silencio mirando la ribera.
El hombre del taller volvió a acercarse.
Le ofreció un cigarrillo.
Pawel negó.
El hombre señaló su propia garganta y tosió.
Después rió.
No había humor en el sonido.
La aplicación tradujo una frase breve:
Trabajo viejo. Polvo malo.
Pawel preguntó dónde.
El hombre escribió el nombre de una fábrica.
No la conocía.
Producción de materiales industriales, explicó la traducción.
Había trabajado allí seis años.
Sin contrato estable.
Sin seguro.
Cuando comenzó a enfermar, dejaron de llamarlo.
El hombre se encogió de hombros.
Luego señaló el río.
Sur.
Otro trabajo.
Otra ciudad.
Otra oportunidad de ser reemplazado.
Pawel guardó el nombre en la memoria.
No tomó notas delante de él.
La conversación se perdió cuando el motor aumentó de potencia.
La oscuridad descendió con rapidez.
Las luces de las aldeas aparecieron en la orilla como puntos aislados. Algunas embarcaciones utilizaban focos débiles. Otras avanzaban casi a oscuras.
Pawel encendió el teléfono solo cuando detectó una señal intermitente.
Había varios mensajes sin descargar.
No abrió el correo principal.
Usó una aplicación cifrada vinculada a la red periodística internacional con la que había mantenido contacto antes de entrar en Kachín.
La conexión tardó.
Una línea apareció.
Luego otra.
Un mensaje breve enviado hacía cuarenta minutos.
Procedía de un editor regional con base fuera de Myanmar.
Pawel leyó.
Volvió a leer.
El contacto no preguntaba dónde estaba.
No utilizaba su nombre.
Decía que dos personas relacionadas con empresas chinas habían hecho consultas discretas a periodistas y operadores logísticos en Mandalay y Yangon.
Preguntaban por un extranjero que había viajado recientemente al norte.
Un hombre que se presentaba como comprador.
Mostraban una descripción física.
Preguntaban si había abandonado Kachín.
Si viajaba solo.
Si había establecido contacto con medios internacionales.
Pawel observó el río oscuro.
La barcaza continuaba avanzando.
A su alrededor, los pasajeros dormían, comían o hablaban en voz baja. Los tambores de combustible vibraban con el motor. La madera, los alimentos y las piezas industriales descendían hacia otros mercados.
Él llevaba algo distinto.
Información.
Pero la dirección era la misma.
Hacia el exterior.
Hacia compradores.
Hacia empresas.
Hacia personas con capacidad para actuar o para fingir que nada ocurría.
La pantalla mostró un segundo mensaje.
Más breve.
No uses aeropuertos del norte.
Asume vigilancia comercial.
La señal desapareció antes de que pudiera responder.
Pawel apagó el teléfono.
Guardó el dispositivo.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, escuchando el motor y el agua contra el casco.
En Pangwa lo había buscado una milicia.
Ahora preguntaban por él personas vinculadas a intereses que operaban más allá de las colinas, más allá de Kachín y quizá más allá de Myanmar.
La persecución no había terminado.
Solo había cambiado de escala.