Capítulo 19
El escape por el Irawadi
El camión maderero abandonó las colinas después del amanecer.
Pawel lo supo por el cambio del terreno.
Las pendientes dejaron de sacudir la carga con violencia. El motor mantuvo un régimen más estable y los troncos ya no se desplazaron cada vez que las ruedas caían en un surco. Bajo él, la arcilla roja comenzó a mezclarse con grava y luego con una superficie más firme.
Permaneció oculto.
La camisa seguía húmeda. El barro se había secado en algunas partes de la ropa y permanecía blando en otras. Cada movimiento despertaba el dolor del hombro golpeado durante la caída junto a las piscinas de lixiviación.
No sabía cuánto tiempo había dormido.
Quizá minutos.
Quizá más de una hora.
La fatiga había convertido el trayecto en una secuencia fragmentada de motores, lluvia y ramas que arañaban los laterales del vehículo.
Levantó la cabeza entre dos troncos.
Las colinas mineras habían desaparecido.
Ahora veía campos bajos, grupos de árboles y algunas viviendas construidas junto a caminos secundarios. La niebla seguía cubriendo las zonas más distantes, pero el paisaje ya no estaba dominado por mangueras negras ni excavaciones abiertas.
El alivio duró poco.
Alejarse de Pangwa no significaba estar a salvo.
La milicia controlaba carreteras, transportistas y puestos de vigilancia.
Podían difundir su descripción, revisar vehículos, preguntar en hoteles, terminales y cruces.
La identidad comercial que había utilizado durante semanas ya no servía como protección.
Probablemente se había convertido en una señal de alerta.
El camión redujo la velocidad.
Pawel volvió a ocultarse.
Escuchó voces en la cabina. Después, un cambio de marcha. El vehículo giró y avanzó por una superficie irregular.
Habían abandonado la ruta.
Esperó.
El motor se detuvo varios minutos después.
Los dos ocupantes descendieron.
Pawel oyó puertas, pasos y una conversación breve. No comprendió las palabras. Uno de los hombres se alejó. El otro permaneció cerca del vehículo y comenzó a golpear algo metálico.
Pawel se incorporó con cuidado.
Vio un patio de tierra junto a un depósito de madera. Había pilas de troncos, una caseta y varios vehículos más pequeños. A unos doscientos metros se distinguían los primeros edificios de un asentamiento mayor.
No podía permanecer allí.
Esperó hasta que el hombre desapareció detrás del camión. Luego descendió por el lado opuesto.
El hombro casi cedió cuando su peso quedó suspendido de la cadena. Alcanzó el suelo y se agachó entre dos montones de madera.
Nadie gritó.
Cruzó el patio sin correr.
Más allá del depósito encontró un camino estrecho utilizado por motocicletas y carros. Lo siguió durante varios minutos hasta alcanzar una calle con talleres, tiendas pequeñas y puestos de comida.
La actividad era intensa.
Personas cargaban sacos.
Camionetas descargaban cajas.
Motocicletas pasaban entre charcos.
Los generadores rugían detrás de persianas metálicas.
El país seguía funcionando.
Pawel se mezcló con el movimiento.
Su aspecto podía despertar preguntas, pero también podía confundirse con el de cualquier viajero que hubiera pasado la noche en una carretera rural. La ropa sucia, el rostro sin afeitar y el cansancio no resultaban excepcionales en aquel corredor.
Compró una chaqueta ligera en un puesto.
La vendedora le mostró el precio con los dedos.
Pawel pagó en efectivo.
Después entró en un baño público, se lavó las manos y el rostro, limpió parte del barro adherido al cuello y cambió la camisa mojada por una prenda seca que llevaba comprimida dentro de la mochila.
Revisó el teléfono.
Sin señal.
La batería estaba por debajo de la mitad.
La bolsa impermeable había protegido el aparato, pero una línea de barro recorría la cubierta. La limpió con papel y volvió a guardarlo.
Necesitaba llegar al río.
Myitkyina no estaba lejos, pero los accesos principales podían estar vigilados. Tomar un autobús implicaba comprar un boleto, esperar en una terminal y exponerse a controles. Contratar un vehículo privado podía vincularlo con otro conductor.
Eligió un transporte colectivo.
La camioneta partió una hora después.
Viajaban doce personas en un espacio preparado para ocho. Pawel se sentó junto a una ventana cubierta con una lámina de plástico. Una mujer llevaba tres gallinas dentro de una cesta. Dos hombres transportaban herramientas. Un anciano dormía con la cabeza apoyada contra un saco de arroz.
Nadie le hizo preguntas.
El conductor se limitó a mirar el dinero y señalar un lugar libre.
Durante el trayecto, Pawel observó cada cruce.
Había retenes.
Algunos parecían formales.
Otros estaban compuestos por dos hombres armados, una barrera y un cobertizo.
En el primero, un agente habló con el conductor sin revisar el interior.
En el segundo, un hombre caminó alrededor de la camioneta. Se detuvo unos segundos junto a la ventana de Pawel.
El plástico deformaba los rostros.
Pawel mantuvo la vista baja.
El hombre golpeó dos veces la carrocería.
El vehículo continuó.
La tensión permaneció en su cuerpo varios kilómetros más.
Myitkyina apareció bajo una lluvia fina.
La ciudad se extendía junto al río entre calles húmedas, edificios bajos y tráfico irregular. Había puestos de control, motocicletas, camiones de carga y vendedores que cubrían sus productos con lonas.
Pawel descendió antes de llegar a la terminal.
No quería cámaras, ni registros, ni permanecer cerca de lugares donde alguien pudiera preguntar por un extranjero recién llegado desde el norte.
Caminó hacia la zona fluvial.
El olor cambió antes de que pudiera ver el agua.
Combustible.
Madera mojada.
Pescado.
Barro.
Aceite de motor.
Los muelles ocupaban una franja irregular de la ribera. No había una única terminal. Había rampas, plataformas improvisadas, embarcaderos de madera y zonas donde las embarcaciones se acercaban directamente a la orilla.
Barcazas de distintos tamaños cargaban mercancías.
Tambores de combustible.
Sacos de grano.
Cajas de frutas.
Madera.
Tubos metálicos.
Generadores.
Repuestos industriales.
Motocicletas.
El Irawadi no parecía un paisaje.
Parecía una infraestructura.
Un corredor abierto que mantenía conectado un territorio fracturado por carreteras inseguras, puestos armados y zonas de combate.
Pawel caminó entre trabajadores que transportaban cargas sobre los hombros.
Algunos iban descalzos.
Otros utilizaban botas de goma rotas.
Un hombre empujaba un carro con dos tambores mientras otro equilibraba una pila de cajas atadas con cuerda. Los motores de las embarcaciones funcionaban sin detenerse y cubrían las conversaciones con un ruido grave.
Pawel buscó una barcaza que partiera hacia el sur.
Preguntó utilizando palabras aisladas, nombres de ciudades y la aplicación de traducción del teléfono.
Las primeras respuestas fueron negativas.
Un capitán señaló su carga y luego el río.
Completa.
Otro hombre entendió el destino, pero pidió documentos.
Pawel se alejó.
En el tercer muelle encontró una embarcación de casco ancho cargada con arroz, bidones de aceite, piezas mecánicas y paquetes envueltos en lona azul. Varias personas se acomodaban en la parte posterior, cerca de una estructura cubierta.
Mostró el nombre de un destino escrito en la pantalla.
El hombre que parecía dirigir la carga lo observó.
Pawel señaló la barcaza.
Luego señaló el sur.
El hombre respondió en birmano.
Pawel no comprendió.
Utilizó la aplicación.
La traducción apareció incompleta:
Carga. Pasajero. Dinero. Sin problema.
El hombre levantó cuatro dedos.
Pawel entendió el precio.
Pagó en efectivo.
El encargado contó los billetes dos veces.
Después señaló la mochila.
Pawel abrió el cierre y mostró ropa, una botella de agua, una libreta y un neceser. El teléfono permanecía oculto bajo la camisa.
El hombre revisó sin interés.
Luego indicó un espacio junto a varios sacos.
No pidió pasaporte, ni nombre, ni emitió boleto.
La identidad mínima consistió en dinero y presencia.
Pawel subió a bordo.
La barcaza tardó casi dos horas en partir.
Durante ese tiempo observó el muelle.
Cada vehículo que se acercaba podía traer una patrulla.
Cada hombre que hablaba por radio podía estar transmitiendo una descripción.
Permaneció sentado, con la espalda apoyada contra la carga y el rostro parcialmente cubierto por la capucha.
Nadie parecía prestarle atención.
La actividad comercial absorbía todas las miradas.
Una grúa pequeña levantó un motor industrial.
Cuatro trabajadores empujaron una motocicleta por una tabla estrecha.
Una familia subió con dos bolsas, una caja y un colchón enrollado.
Un comerciante discutió durante varios minutos por el peso de sus sacos.
El río recibía mercancías y personas con la misma indiferencia.
Cuando las amarras fueron retiradas, Pawel sintió el movimiento antes de verlo.
La barcaza se separó lentamente del muelle.
El motor vibró bajo la cubierta.
Myitkyina comenzó a retroceder.
No hubo sensación de liberación.
Solo distancia.
El agua era oscura y ancha.
La lluvia había elevado el nivel y arrastraba ramas, residuos y manchas de combustible.
Otras embarcaciones avanzaban en ambas direcciones.
Algunas transportaban madera. Otras llevaban productos agrícolas apilados hasta la altura de las cabinas.
Una lancha rápida pasó junto a ellos dejando una estela violenta.
Pawel observó la ribera.
Depósitos.
Talleres.
Casas.
Templos.
Terrenos inundados.
El paisaje cambiaba, pero el movimiento económico permanecía constante.
Poco después del mediodía, uno de los pasajeros se sentó frente a él.
Era un hombre de unos cincuenta años, delgado, con las manos endurecidas y una gorra manchada de grasa.
Señaló el hombro de Pawel.
—Caída —dijo Pawel.
El hombre no entendió.
Pawel imitó el movimiento.
El pasajero sonrió y mostró una cicatriz en el antebrazo.
Después señaló hacia el norte.
Pronunció el nombre de una localidad que Pawel reconoció vagamente.
Usaron el teléfono para comunicarse.
Las traducciones eran pobres.
El hombre había trabajado en una plantación.
La tierra fue vendida.
O confiscada.