Capítulo 18 #3
Al llegar al borde de la zona de lixiviación vio una pista secundaria. Un camión cargado con troncos esperaba junto a una barrera. El conductor permanecía fuera de la cabina, fumando bajo un paraguas roto.
Dos trabajadores aseguraban la carga con cadenas.
No había guardias visibles.
Pawel se ocultó detrás de un depósito.
El camión parecía dirigirse fuera del complejo.
La madera estaba cubierta por una lona parcial, aunque los extremos de los troncos quedaban expuestos. Debajo de la plataforma había un espacio estrecho entre los ejes y una caja de herramientas.
No podía acercarse mientras los trabajadores siguieran allí.
Las voces de la patrulla se oyeron de nuevo.
Más cerca.
Pawel calculó la distancia.
Tal vez cien metros.
Quizá menos.
El conductor arrojó el cigarrillo.
Uno de los trabajadores golpeó la cadena y levantó el pulgar.
El motor aumentó de revoluciones.
La barrera seguía baja.
Un hombre salió de una caseta con una planilla.
Revisó la matrícula.
Anotó algo.
Pawel observó el procedimiento.
Número de vehículo.
Carga.
Hora de salida.
Firma.
Hasta la fuga dependía de un registro.
El camión avanzó unos metros y se detuvo para la inspección final.
Pawel salió de detrás del depósito.
La niebla y la lluvia lo cubrieron parcialmente.
Se movió hacia la parte trasera.
Uno de los trabajadores giró la cabeza.
Pawel se agachó detrás de una pila de tablones.
El hombre miró unos segundos.
Después volvió hacia la caseta.
La radio de la patrulla sonó a su espalda.
Pawel esperó a que el camión avanzara otra vez.
Corrió.
La rodilla casi cedió.
Alcanzó la parte posterior de la plataforma y se sujetó de una barra metálica. Las botas resbalaron sobre el barro. Durante un instante quedó arrastrado.
Recuperó apoyo.
Se introdujo entre la última fila de troncos y la lona.
El espacio era mínimo.
La madera mojada le presionaba los hombros.
El olor a resina se mezclaba con el químico impregnado en su ropa.
El camión volvió a detenerse.
Pawel quedó inmóvil.
Escuchó pasos junto a la plataforma.
Una linterna recorrió la carga.
La luz penetró por una abertura de la lona.
Pawel giró el rostro contra la madera.
Alguien golpeó dos veces uno de los troncos.
El conductor respondió desde la cabina.
La barrera se levantó.
El camión comenzó a moverse.
Primero despacio.
Después con mayor velocidad.
Pawel esperó.
No sabía si habían salido del perímetro principal o solo de un sector interno.
La suspensión rebotaba sobre los surcos del camino.
Cada golpe comprimía su cuerpo contra los troncos.
La rodilla palpitaba.
La mano derecha ardía.
La bota izquierda estaba empapada por dentro.
Aun así, la mochila permanecía sujeta bajo el pecho.
Los documentos seguían con él.
El camión dobló.
A través de una abertura pudo ver la carretera descendiendo entre las colinas.
Varias camionetas subían en dirección contraria.
Una se detuvo al reconocer al camión maderero.
Pawel oyó una orden.
El vehículo redujo la velocidad.
El corazón le golpeó contra la madera.
La lona se movió con el viento.
Aparecieron luces azules y blancas entre las rendijas.
Una voz interrogó al conductor.
La respuesta fue breve.
Otra pregunta.
Papel.
El conductor abrió la puerta de la cabina.
Se escuchó el sonido de hojas plastificadas.
Una linterna iluminó la parte trasera.
Pawel cerró los ojos.
La luz recorrió los troncos.
Se detuvo sobre la lona.
Una mano tiró del borde.
El plástico se levantó unos centímetros.
Pawel quedó pegado al espacio más estrecho, con el rostro contra la corteza húmeda.
La linterna pasó a menos de un metro.
El guardia dijo algo.
El conductor respondió con fastidio.
Otra voz habló por radio.
Hubo una pausa.
Después la lona cayó.
Dos golpes sobre la carrocería.
El camión reanudó la marcha.
Pawel no se movió durante varios minutos.
Solo cuando el sonido de las camionetas quedó atrás se permitió respirar con mayor profundidad.
El aire dentro de la carga era denso.
La madera mojada desprendía calor.
La ropa cubierta de arcilla pesaba sobre el cuerpo.
No sabía cuánto tiempo podría mantenerse oculto allí.
Tampoco sabía adónde se dirigía el camión.
Podía terminar en otro puesto controlado por la milicia.
En un aserradero.
En un depósito cercano.
En una carretera hacia Myitkyina.
Cualquier opción era posible.
El camino comenzó a descender.
La niebla se abrió por momentos.
Pawel separó apenas la lona.
Las colinas de Pangwa aparecieron detrás.
Oscuras.
Perforadas.
Cubiertas por líneas negras de mangueras que descendían como venas artificiales sobre la arcilla roja.
Entre ellas, las lagunas turquesas seguían visibles bajo la lluvia.
Algunas reflejaban las luces de las instalaciones.
Otras parecían emitir su propio resplandor apagado.
Más abajo, los trabajadores continuaban moviéndose entre bombas, depósitos y camiones.
La operación seguía activa.
Los vehículos de búsqueda recorrían sus caminos.
Las radios seguían transmitiendo.
La minería financiaba el combustible, las armas, las comunicaciones y a los hombres que intentaban localizarlo.
Todo formaba parte del mismo sistema.
Pawel dejó caer la lona.
Apoyó la frente contra un tronco.
Había conseguido abandonar la zona minera.
Todavía no sabía si conseguiría salir del país.