El barro de las tierras raras Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Una caja había caído de una plataforma.

El guardia giró la cabeza.

La linterna se apartó.

Ambos hombres continuaron hacia el ruido.

Pawel esperó.

Contó hasta veinte.

Luego salió por el extremo opuesto.

Cruzó detrás de un tanque de combustible y descendió hacia un camino de servicio.

No conocía el destino exacto.

Solo necesitaba alejarse de las rutas principales y alcanzar alguna vía utilizada por transporte civil.

La lluvia disminuyó.

La niebla se hizo más espesa.

Durante casi una hora avanzó siguiendo las mangueras.

Eran el único elemento constante del paisaje.

Negro sobre rojo.

Subían por pendientes.

Cruzaban zanjas.

Desaparecían bajo caminos.

Volvían a aparecer alrededor de los estanques.

A veces servían como guía.

Otras bloqueaban el paso y lo obligaban a desviarse por taludes inestables.

En una pendiente, Pawel apoyó el pie sobre una capa fina de arcilla.

El terreno cedió.

Resbaló varios metros.

Intentó sujetarse de una manguera.

La superficie mojada se le escapó de las manos.

Cayó de costado y golpeó la rodilla contra una piedra.

El dolor subió por el muslo.

Permaneció inmóvil.

Escuchó.

Nada.

Solo lluvia.

Se incorporó con dificultad.

La rodilla respondía, pero cada flexión producía una punzada.

La palma derecha estaba abierta debajo del guante.

La sangre se mezclaba con el barro.

Revisó la mochila.

El compartimento interior seguía seco.

Las tarjetas de memoria continuaban en su sitio.

Sacó una de las hojas dobladas.

La tinta no se había corrido.

Era una relación de transferencias.

Fechas.

Cantidades.

Empresas pantalla.

Pagos a una oficina local vinculada con seguridad.

Pagos a transportistas.

Pagos a una entidad de certificación.

El papel había sobrevivido.

Pawel volvió a guardarlo.

El peligro de aquella hoja no estaba en su aspecto.

Parecía una planilla contable ordinaria.

Su valor surgía de las conexiones.

Un código de proveedor coincidía con una factura europea.

Una cantidad declarada como material procesado superaba la capacidad oficial de la planta.

Un pago destinado a «servicios de protección logística» terminaba en una cuenta relacionada con la milicia.

Fotografías de estanques tóxicos podían ser negadas.

Una cadena de pagos era más difícil de borrar.

Reanudó la marcha.

La pendiente desembocó en una zona parcialmente abandonada.

Había estructuras de madera vencidas.

Tambores oxidados.

Una caseta sin puerta.

Las mangueras continuaban activas.

Una vibraba por la presión del líquido.

Otra tenía una fuga.

Un chorro fino golpeaba la tierra y formaba una espuma gris.

Pawel rodeó el punto.

El aire quemaba en la nariz.

Más adelante apareció un estanque de lixiviación.

La superficie tenía un color turquesa apagado bajo la niebla.

El vapor se elevaba en capas bajas.

No había trabajadores alrededor.

Solo una bomba funcionando con un golpeteo irregular.

Pawel se cubrió la boca con la manga.

La humedad hacía más difícil respirar.

Sintió náuseas.

Buscó una ruta por encima del estanque, pero el terreno estaba cortado por un canal de drenaje.

Abajo, el líquido avanzaba lentamente entre paredes de arcilla.

A la izquierda había un puente improvisado con dos tablones.

A la derecha, una pendiente desnuda descendía hacia otra zona de mangueras.

Eligió los tablones.

Probó el primero con el pie.

Cedió unos centímetros.

La radio volvió a escucharse.

Esta vez desde arriba.

Pawel levantó la vista.

Luces entre la niebla.

Una patrulla avanzaba por la carretera superior.

Dos haces de linterna recorrían la pendiente.

Se agachó detrás de la caseta.

La patrulla se detuvo.

Un motor quedó encendido.

Voces.

Una puerta se abrió.

Pawel miró hacia atrás.

El camino por el que había llegado quedaba expuesto.

No podía regresar.

A su derecha, la zona de lixiviación abandonada se extendía entre estanques, canales y tuberías rotas.

A la izquierda, la patrulla controlaba la carretera.

Estaba atrapado entre ambos sectores.

Una voz sonó desde la parte alta.

Otra respondió desde más abajo.

La distancia era corta.

Demasiado corta.

Pawel se arrastró hasta el borde del canal.

El tablón no ofrecía cobertura.

Las linternas descendían.

No tenía tiempo.

Cruzó.

El primer tablón crujió.

El segundo se hundió bajo su peso.

Pawel saltó el último metro.

La bota izquierda cayó dentro del canal.

El líquido le llegó por encima del tobillo.

El olor le golpeó la cara.

Retiró el pie de inmediato y rodó sobre la arcilla.

Sintió ardor en la piel, aunque la bota parecía intacta.

Se puso de pie.

La rodilla protestó.

Corrió con pasos cortos entre los estanques.

No podía ver más de diez o quince metros.

Las mangueras formaban obstáculos a distintas alturas.

Tropezó con una.

Cayó sobre ambas manos.

El guante roto dejó entrar barro y líquido.

El ardor aumentó.

Escuchó un grito detrás.

Lo habían oído.

Una linterna apareció sobre el canal.

Pawel se levantó y siguió avanzando.

La zona abandonada no estaba realmente fuera de uso.

Algunas bombas seguían activas.

Los canales todavía transportaban líquido.

Las mangueras se movían con pulsaciones internas.

No había iluminación estable.

Solo destellos lejanos y reflejos verdosos sobre los estanques.

La lluvia volvió a intensificarse.

El agua golpeaba las superficies químicas y levantaba pequeñas salpicaduras.

Pawel mantuvo el rostro apartado.

Un motor aceleró en la carretera.

La patrulla intentaba rodear el sector.

Él conocía menos el terreno, pero los vehículos necesitaban caminos.

Esa era su única ventaja.

Continuó a pie entre taludes.

La arcilla se adhería a las botas hasta volverlas pesadas.

Cada paso exigía más esfuerzo.

La respiración silbaba.

El pecho le dolía.

Detrás, las voces se separaron.

Un grupo descendía hacia los estanques.

Otro continuaba por la carretera.

Movimientos tácticos.

No corrían sin dirección.

Cerraban salidas.

Pawel se detuvo junto a una estructura de bombeo.

Sacó el teléfono y activó durante unos segundos el micrófono direccional.

La radio captada era débil.

Interferencia.

Una secuencia de números.

Una palabra repetida.

Luego otra voz más clara.

No comprendió el idioma, pero oyó el nombre de la empresa de Singapur que formaba parte de su cobertura.

La pronunciación era deformada.

Suficiente.

Ya no buscaban a un visitante extraviado.

Buscaban al hombre de la documentación falsa.

Guardó el teléfono.

Más adelante, el terreno descendía hacia una fila de depósitos de madera.

Algunos estaban abiertos.

Otros cerrados con cadenas.

Escuchó el ruido de un motor diésel diferente a los de la patrulla.

Más pesado.

Irregular.

Un camión.

Pawel avanzó hacia el sonido.