El barro de las tierras raras Capítulo 18
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Capítulo 18

La emboscada en la arcilla

Pawel dejó la iglesia por una puerta lateral.

El pastor no lo acompañó.

Solo había señalado una salida estrecha detrás de la sacristía y repetido, mediante una mezcla de palabras aisladas, gestos y la aplicación de traducción del teléfono, que no utilizara la carretera.

La pantalla había mostrado una frase imperfecta:

Buscan extranjero. Vehículos arriba y abajo. No volver camino grande.

Después el hombre apagó la lámpara.

La oscuridad del exterior recibió a Pawel con una ráfaga de lluvia.

Durante los primeros segundos no vio nada.

El terreno descendía detrás del edificio en una pendiente irregular, cubierta de hierba rala, arbustos bajos y manchas de arcilla roja. La niebla borraba la línea de las colinas. Más abajo, fuera de su campo visual, un motor aceleró sobre la carretera.

Pawel cerró la puerta sin hacer ruido.

Permaneció inmóvil bajo el alero.

Escuchó.

Lluvia sobre chapa.

Agua corriendo por una canaleta rota.

Un generador funcionando a distancia.

Después, una voz metálica.

Radio.

La señal llegó fragmentada por la interferencia.

No entendió las palabras, pero reconoció el ritmo de una comunicación operativa. Una frase corta. Una respuesta. Otra voz superpuesta.

El pastor no había exagerado.

La búsqueda ya estaba en marcha.

Pawel ajustó la correa de la mochila bajo el impermeable.

En el bolsillo interior llevaba dos tarjetas de memoria protegidas con plástico, un cuaderno pequeño y varias hojas dobladas que había separado del resto de la documentación.

La copia principal estaba oculta dentro de un compartimento cosido en el forro de la mochila.

Facturas.

Listas de proveedores.

Órdenes de transporte.

Registros de pagos.

Códigos de embarque.

Nombres de intermediarios.

Volúmenes de mineral que no coincidían con ninguna declaración oficial.

Las fotografías mostraban lo que ocurría en las colinas.

Los documentos mostraban quién pagaba para que ocurriera.

Comprendió que esa diferencia explicaba la intensidad de la búsqueda.

Descendió por la pendiente.

La arcilla cedió bajo la suela derecha.

Pawel apoyó una mano en el suelo y sintió el barro frío atravesar el guante. Recuperó el equilibrio antes de caer y siguió avanzando con pasos cortos.

El aire olía a tierra mojada, combustible y una acidez persistente que se adhería a la garganta.

Había sentido ese olor durante todo el recorrido por las instalaciones.

Cerca de los estanques resultaba más fuerte.

Allí, incluso bajo la lluvia, los vapores se mantenían sobre el agua como una neblina más densa que la del clima.

Llegó al fondo de la pendiente y se detuvo detrás de una pared baja de bloques.

La iglesia quedaba unos veinte metros más arriba.

A la izquierda, una huella de vehículos descendía hacia la carretera.

A la derecha comenzaba una zona de matorrales y terreno erosionado.

Eligió la derecha.

No podía calcular cuántas personas lo buscaban.

Tampoco sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que su cobertura quedó expuesta.

Tal vez habían identificado al intermediario, alguien había revisado los registros de acceso, o las fotografías tomadas en las zonas de lixiviación habían activado una alerta.

Podía ser algo más simple.

Una pregunta formulada a la persona equivocada.

Un trabajador que reconoció que no era comprador.

Un guardia que revisó demasiado tarde la documentación de la empresa de Singapur.

En aquel momento la causa importaba menos que el resultado.

Regresar era imposible.

Su nombre comercial ya no le servía.

El permiso de visita tampoco.

Cualquier instalación minera, puesto de control o alojamiento vinculado con la operación se había convertido en una trampa.

Avanzó entre arbustos empapados.

La vegetación mostraba el mismo deterioro que había observado durante los recorridos anteriores. Tallos amarillentos. Hojas con bordes oscuros. Sectores completos donde la cubierta vegetal había desaparecido y solo quedaba arcilla desnuda.

El agua de lluvia bajaba por surcos profundos abiertos en la pendiente.

En algunos, el líquido era transparente.

En otros tenía una tonalidad lechosa.

Pawel evitó pisarlos.

Escuchó un motor acercándose.

Se agachó.

Las luces aparecieron entre la niebla.

Un vehículo subía por la carretera inferior. La iluminación se reflejaba en el barro y barría los troncos de los árboles.

Pawel se tendió detrás de un montículo de tierra.

El impermeable quedó cubierto de arcilla.

El vehículo redujo la velocidad cerca de la entrada de la iglesia.

Dos puertas se abrieron.

Voces.

Una linterna recorrió la pendiente.

El haz pasó a pocos metros de su posición.

Pawel contuvo la respiración.

La luz se detuvo sobre un arbusto.

Volvió hacia la iglesia.

Una voz llamó a otra.

El motor permaneció encendido.

Pawel no se movió.

La humedad se filtraba por la manga izquierda. El barro presionaba contra su pecho. Algo duro, quizá una piedra, se clavaba debajo de las costillas.

Escuchó pasos subiendo hacia el edificio.

Después golpes en la puerta.

El pastor tardó en abrir.

Se produjo un intercambio breve.

Pawel distinguió el tono seco de una pregunta repetida.

La respuesta del pastor fue más larga.

Uno de los hombres levantó la voz.

El haz de una linterna volvió a recorrer el terreno.

Esta vez descendió más.

Pawel giró lentamente la cabeza y vio una zanja a unos tres metros. No era profunda, pero podía ofrecer cobertura.

Esperó a que la luz se apartara.

Se arrastró.

La mochila rozó una rama.

El sonido le pareció enorme.

Se detuvo.

Las voces continuaron junto a la iglesia.

Llegó a la zanja y se dejó caer dentro.

El fondo estaba cubierto de agua hasta los tobillos.

El olor químico era más fuerte.

Pawel tocó la superficie con el guante y lo retiró de inmediato.

El agua tenía una película aceitosa.

No podía saber qué transportaba aquella zanja, pero no era solo lluvia.

Avanzó inclinado.

La zanja descendía paralela a la carretera.

A cada paso el barro se adhería más a las botas. El peso aumentaba. La respiración se volvió áspera.

Detrás de él, una puerta se cerró.

El motor volvió a acelerar.

Pawel miró por encima del borde.

El vehículo continuó subiendo.

No significaba que la zona estuviera libre.

La radio seguía transmitiendo.

Ahora las voces llegaban desde distintos puntos.

Una por encima de la colina.

Otra más abajo.

La búsqueda se estaba extendiendo por las rutas utilizadas por obreros, camiones cisterna y transportistas.

Pawel sacó el teléfono.

Había desactivado la conexión de datos y retirado la tarjeta SIM horas antes. Conservaba algunos mapas descargados, pero la precisión era limitada. Las vías secundarias aparecían como líneas incompletas. Muchas no existían en el terreno. Otras habían sido abiertas recientemente por la explotación.

Activó el audio grabado de una de las frecuencias captadas cerca de las instalaciones.

No entendía el contenido.

Durante los capítulos anteriores había registrado fragmentos de conversaciones para analizarlos después con ayuda de traductores. Ahora no podía traducir en tiempo real, pero los códigos se repetían.

Números de sectores.

Referencias a vehículos.

Nombres de puestos.

Comparó las voces de la radio que llevaba un guardia, escuchadas horas antes, con las que llegaban desde la carretera.

Mismo patrón.

Misma red.

Guardó el teléfono.

Continuó por la zanja hasta que esta desembocó en una explanada de carga.

Varios focos iluminaban una hilera de camiones.

La actividad no se había detenido.

Trabajadores con capas de plástico cargaban sacos bajo la lluvia.

Dos hombres empujaban un carro metálico con recipientes azules.

Otro sostenía una manguera conectada a un tanque.

Nadie parecía prestar atención a la búsqueda.

Una camioneta armada pasó junto a ellos.

Los trabajadores se apartaron apenas lo necesario y volvieron a sus tareas.

Un guardia habló por radio.

Un conductor respondió desde la cabina de un camión.

La extracción y la persecución utilizaban el mismo espacio.

Los mismos vehículos, el mismo combustible almacenado en tambores, las mismas antenas, los mismos caminos.

Pawel observó el patrón de movimiento.

Los camiones cargados salían por el extremo sur de la explanada.

Los vacíos entraban por el norte.

Entre ambos recorridos quedaba un corredor oscuro junto a una pila de tuberías.

Esperó a que una grúa girara.

Cruzó agachado.

Las tuberías eran de polietileno negro de alta densidad. Algunas estaban nuevas. Otras mostraban cortes, manchas blanquecinas y deformaciones por el uso.

Pawel se ocultó entre dos rollos.

A pocos metros, un grupo de trabajadores descargaba cajas de reactivos.

Uno tenía una venda gris alrededor de la muñeca.

Otro tosía con la cabeza inclinada, sin dejar de arrastrar una caja.

Un supervisor señaló el suelo y gritó una instrucción.

El trabajador de la venda se apresuró.

Resbaló.

La caja cayó.

Uno de los recipientes se abrió y derramó polvo sobre el barro.

El supervisor lo golpeó con la mano abierta en el hombro.

No con furia.

Con impaciencia.

El trabajador recogió el recipiente y lo devolvió a la caja.

Nadie interrumpió la operación.

Pawel tomó una fotografía sin flash.

El gesto fue automático.

Periodístico.

Después comprendió que ya no podía permitirse detenerse por cada evidencia.

Había reunido suficiente.

Ahora debía sobrevivir para sacarla de allí.

Una radio crepitó cerca.

La voz estaba demasiado próxima.

Pawel apagó la pantalla del teléfono.

Dos guardias caminaban entre los camiones.

Uno llevaba un impermeable militar.

El otro, una linterna larga y un fusil colgado del pecho.

Se detenían junto a cada cabina.

Preguntaban.

Revisaban.

Uno de los conductores mostró una credencial plastificada.

El guardia observó el interior del vehículo y golpeó dos veces la puerta para indicarle que continuara.

Pawel bajó la cabeza.

El agua corría por las tuberías y caía sobre su cuello.

Los guardias avanzaron.

Uno iluminó la pila.

El haz recorrió los rollos negros.

Pawel se apretó contra la cara interna de una tubería.

La luz pasó sobre sus botas cubiertas de barro.

Se detuvo.

El guardia dio un paso.

Pawel sintió el pulso en la garganta.

Desde la explanada, alguien gritó.