El barro de las tierras raras Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

La Seng evitó traducir la broma.

El muchacho había abandonado la escuela para ayudar a su familia. Su padre estaba enfermo. Su madre vendía comida en un puesto. Él transportaba materiales entre depósitos y áreas de inyección.

—¿Productos químicos?

El joven hizo un gesto afirmativo.

—¿Protección?

Mostró una mascarilla de tela guardada en el bolsillo.

Estaba húmeda y cubierta de polvo.

—¿Sabe qué transporta?

El muchacho enumeró nombres comerciales. Algunos correspondían a sulfato de amonio. Otros no pudieron traducirse.

Conocía los colores de los sacos.

Los pesos.

Las rutas.

No siempre sabía qué contenían.

—¿Le gustaría hacer otra cosa? —preguntó Pawel.

El joven tardó en responder.

—Conducir camión.

No imaginaba salir del sistema.

Imaginaba ascender dentro de él.

Transportar productos en lugar de cargarlos.

Ganar más.

Estar menos expuesto.

La minería había reducido las alternativas hasta convertir una cabina de camión en una forma de progreso.

La lluvia disminuyó.

Los hombres regresaron al trabajo.

La Seng acompañó a Pawel hacia la parte más alta del campamento.

Allí las viviendas eran más antiguas. Algunas tenían pequeños huertos detrás, protegidos por cercas improvisadas.

La mayoría de las plantas mostraba hojas débiles.

Una mujer removía tierra alrededor de varias hileras de verduras.

—¿Crecen? —preguntó Pawel.

La Seng habló con ella.

La respuesta fue sencilla.

Menos cada año.

La mujer señaló un bidón cubierto.

Utilizaba agua transportada desde otro sector.

El arroyo cercano ya no era confiable.

Pawel pidió el nombre de la aldea de origen.

La mujer se negó.

No de manera brusca.

Simplemente dio un paso atrás y volvió a trabajar.

La Seng explicó que su hermano había discutido con un encargado de transporte. Había perdido el empleo y abandonado la zona. Ella no quería problemas.

Pawel guardó la libreta.

Había alcanzado el límite.

Continuar preguntando podía ponerla en peligro.

Regresaron hacia el comedor.

El supervisor esperaba junto a una camioneta. Miró el reloj cuando Pawel se acercó.

—Mucho tiempo.

—Necesitaba saber si la gente se queda.

—Se queda.

—¿Hay rotación?

El supervisor se encogió de hombros.

—Unos van. Otros llegan.

—¿De dónde?

—Siempre hay pueblos.

La respuesta convertía comunidades completas en una reserva de mano de obra.

Pawel sostuvo el tono comercial.

—Necesito cifras. Número de trabajadores. Turnos. Ausencias por enfermedad.

El supervisor abrió la carpeta.

Mostró varias hojas.

Listas de nombres.

Jornadas.

Pagos.

Anticipos.

Multas.

Las columnas estaban escritas a mano. Algunas personas aparecían identificadas solo por un nombre y una aldea. Otras tenían números en lugar de documentos.

Pawel reconoció a La Seng en una de las páginas.

También vio una columna de deducciones.

Comida.

Alojamiento.

Equipos.

Transporte.

El salario bruto parecía una cosa.

La cantidad final, otra.

—¿Puedo copiar? —preguntó.

El supervisor cerró la carpeta.

—Después del acuerdo.

—Necesito evaluar costos.

—Después.

Pawel no insistió.

Había visto suficiente para saber que los trabajadores pagaban incluso por permanecer cerca del empleo.

El supervisor subió a la camioneta.

—Cinco minutos.

Pawel asintió.

La Seng seguía junto al comedor.

Parecía esperar algo.

Pawel se acercó.

El hombre miró hacia el guardia de la entrada.

Después hizo una señal para que lo siguiera detrás de una de las chozas.

Allí sacó un pequeño paquete del interior de su camisa.

Era una bolsa plástica doblada varias veces.

La abrió con cuidado.

Dentro había una fotografía.

El papel estaba desgastado y mostraba manchas de humedad en los bordes. La imagen había perdido parte del color, pero todavía era clara.

La Seng sostuvo la fotografía con ambas manos.

Señaló una colina.

Después señaló hacia el horizonte

Era el mismo lugar.

O muy cercano.

En la imagen antigua no había caminos mineros.

No había depósitos.

No había mangueras.

La montaña estaba cubierta de árboles.

La vegetación descendía hasta el valle en una masa continua.

En primer plano aparecían cultivos organizados en pequeñas parcelas. Un grupo de personas trabajaba junto a un canal de agua. Más atrás, un arroyo reflejaba la luz.

—¿Cuándo? —preguntó Pawel.

La Seng pensó.

—Dieciocho años.

Señaló a un hombre joven dentro de la fotografía.

—Yo.

Pawel acercó la imagen.

El rostro apenas se distinguía.

La figura sostenía una herramienta de campo y sonreía hacia la cámara.

Detrás había una vivienda.

Cultivos.

Agua limpia.

La Seng volvió a guardar la fotografía dentro de la bolsa.

Pawel observó el plástico. Las dobleces. El cuidado con que el hombre protegía aquel fragmento de papel en un lugar donde casi todo se deterioraba por la humedad.

Luego levantó la vista.

A la distancia se veían las colinas perforadas.

Miles de mangueras negras descendían por las laderas desnudas.

Más abajo, entre la niebla, aparecían las superficies turquesas de los estanques químicos.

El ruido de las bombas llegaba hasta el campamento.

Pawel miró otra vez la fotografía.

Después el paisaje.

La diferencia resultaba imposible de ignorar.