Capítulo 14
Los cuadernos del Tigre
La invitación llegó por medio del intermediario.
No contenía hora exacta.
Tampoco un nombre.
Solo una instrucción: estar preparado después del mediodía y llevar la documentación comercial.
Pawel pasó la mañana revisando su cobertura.
Había aprendido que en Pangwa las preguntas rara vez llegaban en el orden esperado.
Un hombre podía comenzar hablando de precios y terminar preguntando por la estructura accionaria de una empresa.
Otro podía fingir desinterés durante media hora y luego exigir una cifra precisa de compra, una referencia bancaria o el nombre de un agente en Kunming.
La historia debía mantenerse estable.
Kairos Strategic Materials.
Singapur.
Evaluación de proveedores.
Concentrados de tierras raras.
Compra inicial limitada.
Expansión si la calidad y la logística resultaban aceptables.
Repitió mentalmente las cifras.
Doscientas toneladas mensuales durante una primera etapa.
Posibilidad de aumentar el volumen.
Pago mediante anticipos parciales y liquidación contra entrega.
Clientes finales reservados.
Interés especial en disprosio y terbio.
La información era suficiente para sostener una conversación comercial.
También podía condenarlo si se contradecía.
A las doce y cuarenta apareció una camioneta sin identificación.
El conductor era uno de los hombres que había visto en el puesto de control durante su llegada a Pangwa. Llevaba uniforme, aunque sin insignias visibles. Un fusil descansaba entre los asientos delanteros.
El intermediario viajaba a su lado.
—Reunión —dijo al verlo.
Pawel subió.
—¿Con quién?
—Responsables.
—¿Del campamento?
El intermediario cerró la puerta.
—De todo.
La camioneta arrancó antes de que pudiera formular otra pregunta.
Abandonaron el centro de Pangwa y tomaron un camino ancho utilizado por vehículos pesados. El barro se había secado parcialmente bajo el calor de la mañana y formaba una costra irregular sobre la superficie. Cada camión que pasaba levantaba polvo rojo mezclado con humo de diésel.
Los depósitos se hicieron más grandes.
Primero aparecieron talleres.
Después tanques de combustible.
Luego almacenes rodeados por alambrados.
Varios hombres armados vigilaban las entradas.
No había carteles oficiales.
No había símbolos estatales.
La autoridad se expresaba mediante barreras, uniformes y vehículos estacionados en posiciones visibles.
Pawel observó un convoy detenido junto a una playa de carga.
Cinco camiones con tolvas cubiertas por lonas.
Dos camionetas armadas.
Una al frente.
Otra detrás.
Los conductores esperaban bajo una estructura metálica mientras un empleado revisaba documentos sobre una mesa.
El intermediario notó su interés.
—Concentrado.
—¿Hacia China?
El hombre se encogió de hombros.
—Primero depósito.
—¿Y después?
—Después sigue.
La respuesta reproducía la lógica que Pawel había encontrado desde Kunming.
Cada participante conocía una parte del recorrido.
O fingía conocer solo una parte.
El mineral pasaba de una montaña a un estanque, del estanque a un depósito, del depósito a un camión y del camión a otro intermediario. En cada etapa cambiaban los nombres, las matrículas y los documentos.
La materia seguía siendo la misma.
La responsabilidad se fragmentaba.
La camioneta giró hacia una entrada protegida por una barrera metálica.
Dos guardias se aproximaron.
Uno revisó el permiso temporal de Pawel.
El otro observó la mochila.
No la abrió.
Habló con el conductor y levantó la barrera.
El cuartel de la BGF Unidad 1001 ocupaba una explanada recortada contra una ladera.
No parecía una base militar convencional.
Tampoco una instalación minera.
Era una mezcla de ambas.
Había edificios administrativos construidos con hormigón sin pintar, depósitos de chapa, dormitorios de madera y cobertizos utilizados como talleres.
Camionetas con soportes para armas estaban estacionadas junto a camiones cisterna.
Cajas de suministros se apilaban cerca de bidones de combustible.
Un montacargas circulaba entre soldados y trabajadores civiles.
Los generadores funcionaban sin interrupción.
El aire olía a humo, aceite y tierra caliente.
En un extremo de la explanada había una fila de vehículos de carga esperando autorización. Un administrativo anotaba matrículas en un cuaderno grande. Otro hombre entregaba tarjetas selladas a los conductores.
Más allá, varios soldados descargaban cajas de madera desde un camión.
Pawel no pudo ver el contenido.
Solo alcanzó a distinguir marcas negras y números estampados sobre los laterales.
El conductor estacionó frente a un edificio bajo.
El intermediario se volvió hacia él.
—Habla de negocio.
—Eso hago.
—No preguntes quién manda.
Pawel miró hacia las oficinas.
—¿Porque es evidente?
El hombre no respondió.
Dentro del edificio, el aire estaba tan caliente como afuera.
Un ventilador giraba sobre una mesa cubierta de papeles. Las paredes tenían mapas, calendarios comerciales y fotografías de ceremonias militares. En una esquina había una impresora vieja conectada a una batería auxiliar.
Dos hombres esperaban en la sala.
El primero vestía camisa blanca y pantalón oscuro. Tenía un teléfono en cada mano y una calculadora sobre la mesa.
El segundo llevaba uniforme de la BGF.
Era bajo, robusto y de rostro impasible.
No se presentó.
El hombre de la camisa señaló una silla.
—Singapur.
Pawel se sentó.
—Kairos Strategic Materials.
Entregó una tarjeta.
El hombre la leyó y luego la pasó al oficial.
—Busca comprar —explicó el intermediario.
—Todos buscan comprar —respondió el administrativo en mandarín.
Abrió una carpeta.
—La pregunta es cuánto.
Pawel repitió la cifra preparada.
Doscientas toneladas mensuales para una primera operación.
El administrativo pulsó varias teclas en la calculadora.
—Pequeño.
—Primera etapa.
—Aquí no hacemos turismo comercial.
—Tampoco nosotros.
El hombre levantó la vista.
Pawel mantuvo el tono sereno.
—Necesitamos verificar calidad, continuidad y transporte. Si funciona, aumentamos.
—¿Cuánto?
—Dependerá de la composición.
—Todos dicen eso.
El oficial de la BGF permanecía callado.
Observaba.
El administrativo sacó una hoja con varias columnas impresas. Algunos espacios estaban completados a mano.
Tipo de concentrado.
Humedad.
Volumen disponible.
Fecha estimada.
Lugar de carga.
No figuraba el nombre de una empresa productora.
Solo códigos.
—Podemos mover más de doscientas —dijo.
—¿Por semana?
El hombre sonrió.
—Por día, si paga.
Pawel fingió sorpresa comercial.
En realidad, la cifra confirmó lo que había sospechado al observar las carreteras.
Los documentos que había estudiado en Europa describían operaciones dispersas, volúmenes fragmentarios y cadenas de suministro difíciles de rastrear.
El tráfico en Pangwa mostraba otra cosa.
Una producción continua.
Sostenida.
Organizada a una escala mucho mayor.
—¿Ruta de exportación? —preguntó.
El administrativo apoyó un dedo sobre la hoja.
—Nosotros entregamos en punto acordado.
—Necesito conocer el riesgo logístico.
—El riesgo cuesta.
—Todo cuesta.
El hombre pareció aprobar la respuesta.
—Transporte separado. Combustible separado. Seguridad separada.
—¿Y permisos?
—Incluidos hasta cierto punto.
—¿Cuál?
—Hasta donde mandamos nosotros.
La frase fue pronunciada sin énfasis.
El oficial uniformado siguió inmóvil.
Pawel miró el mapa de la pared.
Varias rutas estaban marcadas con líneas rojas. Algunas terminaban junto a la frontera. Otras atravesaban zonas que no aparecían identificadas.
—¿Convoyes propios? —preguntó.
—Cuando hace falta.
—¿Escolta?
El administrativo miró al oficial.
—Cuando hace falta.
Cada respuesta revelaba una estructura comercial apoyada sobre control territorial armado.
No lo explicaban.
No necesitaban hacerlo.
Los camiones esperaban afuera.
Los soldados vigilaban las rutas.
Los permisos se emitían dentro del cuartel.
La cadena completa estaba reunida en un mismo lugar.
El administrativo comenzó a hablar de precios.
Utilizaba dólares por tonelada.
Después yuanes.
Luego volvió a dólares.
Las cifras cambiaban según pureza, humedad, punto de entrega y disponibilidad de transporte. Añadió costos de combustible, peajes locales, seguridad y comisiones.
La palabra comisión aparecía con frecuencia.
No siempre quedaba claro quién la recibía.
—Necesito una estructura transparente —dijo Pawel.
El hombre soltó una risa breve.
—Entonces compre en Shanghái.
El oficial uniformado sonrió apenas.
—No dije oficial —aclaró Pawel—. Dije previsible.
La respuesta produjo un silencio corto.
El administrativo cerró la calculadora.
—Previsible es mejor palabra.
Sacó otra hoja.
Esta no tenía membrete.
Contenía una lista de pagos.
Puesto norte.
Transporte.
Combustible.
Carga.
Protección.
Administración.
Responsable local.
Cada concepto tenía una cifra escrita al lado.
—Esto es por convoy —dijo.
—¿Además del producto?
—Claro.
—¿Y si utilizo mi transportista?
—Paga acceso.
—¿Y seguridad?
—También.
—¿Aunque no la utilice?
El hombre inclinó la cabeza.
—La utiliza aunque no la vea.
Pawel anotó los conceptos en su libreta bajo la apariencia de calcular costos.
Los pagos informales no estaban ocultos.
Formaban parte del precio.
Cada tramo de la operación generaba beneficios para alguien.
Puestos.
Conductores.
Responsables de campamento.
Oficiales.
Administradores.
El dinero circulaba en paralelo al mineral.
Ambos atravesaban las mismas rutas.
El sonido de varios vehículos entrando al patio interrumpió la conversación.
El oficial se levantó.
Miró por la ventana.
Todos en la sala reaccionaron.
El administrativo cerró la carpeta.
El intermediario se enderezó.
Incluso el guardia de la puerta cambió de postura.
Pawel observó el patio.
Una camioneta negra se detuvo frente al edificio.
No llevaba matrícula visible.
Dos vehículos armados la acompañaban.
Los hombres que descendieron primero revisaron la explanada con rapidez. Uno abrió la puerta trasera.
El coronel Zakhung Ting Ying bajó sin prisa.
Pawel lo reconoció por las fotografías que había estudiado antes de viajar.
Era mayor de lo que parecía en las imágenes.
Cabello gris.
Cuerpo delgado.