Capítulo 13 #2
Pasaron junto a una choza donde vivía una familia completa. Pawel vio dos colchones sobre el suelo, una hornalla portátil y ropa infantil colgada de una cuerda. Una mujer alimentaba a un bebé mientras otro niño jugaba con una botella vacía.
El techo tenía varias perforaciones cubiertas con cinta.
La Seng señaló las viviendas.
Algunas familias habían llegado desde aldeas afectadas por la expansión de los caminos.
Otras se habían mudado porque las tierras ya no producían suficiente.
Los hombres trabajaban en las minas. Las mujeres cocinaban, lavaban ropa o vendían alimentos.
Los jóvenes comenzaban cargando herramientas y terminaban junto a las bombas.
—¿Escuela? —preguntó Pawel al ver a varios niños.
La Seng señaló hacia Pangwa.
Después levantó una mano y la movió de un lado a otro.
A veces.
Demasiado lejos.
Demasiado caro.
Pawel anotó la información cuando el hombre apartó la mirada.
Nombres.
Edades aproximadas.
Lugares.
Fechas.
No podía registrar todo.
Tampoco podía pedir testimonios formales.
Una grabación o una fotografía podían convertir a aquellas personas en objetivos. La milicia controlaba los caminos, los empleos y buena parte de los suministros. Un trabajador identificado hablando con un extranjero podía perder el acceso al campamento antes de que Pawel abandonara la región.
La libreta debía bastar.
Más adelante encontraron a dos hombres reparando una bomba pequeña. Trabajaban bajo una lona. El suelo estaba cubierto de combustible y agua.
Uno utilizaba una llave ajustable.
El otro sostenía una manguera con una grieta longitudinal.
La Seng habló con ellos.
Uno miró a Pawel.
—Comprador.
La palabra volvió a abrir una puerta.
El hombre de la llave se llamaba Naw Brang. Tenía cuarenta y un años. Antes cultivaba maíz y criaba algunos animales.
—¿Qué pasó con la tierra? —preguntó Pawel.
Naw Brang respondió mediante una secuencia de gestos.
Señaló hacia las colinas.
Imitó el paso de un camión.
Después movió las manos como si el suelo se hundiera.
La Seng tradujo.
El camino minero atravesó una parte de la parcela. La compensación fue pequeña. Los vehículos dañaron canales de riego. Más tarde una crecida arrastró barro hasta el campo.
Naw Brang intentó continuar durante dos temporadas.
Perdió dinero en ambas.
Vendió los animales.
Pidió un préstamo.
Luego aceptó empleo en mantenimiento.
—¿Todavía debe dinero?
Asintió.
—¿A quién?
Naw Brang miró hacia el camino principal.
No respondió.
La Seng murmuró algo.
Un prestamista vinculado a un proveedor del campamento.
Pawel comprendió la estructura.
La pérdida de la tierra empujaba al trabajador hacia la mina. El salario no siempre alcanzaba. La deuda lo retenía allí.
Naw Brang mostró un antebrazo.
Tenía pequeñas lesiones circulares y zonas donde la piel se había oscurecido.
—Bomba —dijo.
Después señaló la manguera dañada.
Una fuga.
No había visitado una clínica.
Había comprado una crema en Pangwa.
La Seng tradujo el precio.
Casi dos días de salario.
—¿La empresa paga tratamiento?
Los dos hombres lo miraron.
La pregunta parecía absurda.
Pawel cambió de tema.
Pidió información sobre repuestos, interrupciones y frecuencia de mantenimiento. Anotó respuestas comerciales en una página visible. En otra, debajo de una línea, escribió:
Naw Brang. 41. Agricultor. Pérdida de riego. Deuda. Mantenimiento. Lesiones en brazos. Sin atención.
Cerró la libreta cuando escuchó pasos.
Un guardia joven caminaba hacia ellos.
Llevaba el fusil cruzado sobre el pecho y un teléfono en la mano. No parecía mayor de diecinueve años.
Saludó a La Seng.
Luego preguntó algo sobre Pawel.
—Capacidad laboral —respondió Pawel antes de que tradujeran—. Necesito producción estable.
El guardia observó la bomba.
—Producción estable.
Sonrió.
Después señaló el teléfono.
—Foto.
Pawel no supo si le estaba prohibiendo tomar fotografías o pidiendo una.
El joven se colocó junto a la bomba y levantó el pulgar.
Quería una imagen.
Pawel tomó una fotografía con el teléfono de cobertura. El guardia revisó el resultado y pareció satisfecho.
Luego se marchó.
La situación duró menos de un minuto.
La advertencia permaneció.
Aquel campamento estaba vigilado incluso cuando la vigilancia adoptaba formas casuales.
La Seng siguió caminando.
Llegaron a una zona donde se acumulaban sacos vacíos, envases de reactivos y mangueras descartadas. Algunos recipientes todavía conservaban etiquetas de transporte. Empresas chinas. Números de lote. Códigos de mercancía.
Pawel redujo el paso.
—¿Basura? —preguntó.
La Seng asintió.
—¿Se retira?
El hombre señaló una depresión en el terreno.
Varios envases habían sido arrojados allí.
Otros se utilizaban para almacenar agua de lluvia.
Una mujer llenaba un recipiente que antes había contenido productos químicos. La etiqueta estaba parcialmente desprendida.
Pawel sintió el impulso de fotografiarla.
No lo hizo.
La imagen sería poderosa.
También podía identificar a la mujer y el lugar exacto.
En cambio, memorizó la marca y el color del envase.
Continuaron hasta una pequeña tienda construida con madera y plástico. Vendía cigarrillos, bebidas, arroz, baterías y medicamentos básicos. El propietario tenía un cuaderno donde registraba compras a crédito.
La Seng mostró su nombre en una de las páginas.
La cifra ocupaba varias líneas.
Comida.
Jabón.
Una crema para la piel.
Pastillas para la tos.
—¿Paga cuando cobra? —preguntó Pawel.
—Paga algo.
—¿Y el resto?
—Mes siguiente.
La deuda se trasladaba.
Nunca desaparecía.
Pawel compró dos botellas de agua y algo de comida. Compartieron los paquetes de galletas bajo un techo de lona mientras regresaba la lluvia.
El ruido de los motores llegaba desde las colinas.
Incluso allí, entre las viviendas, era imposible olvidar la presencia de las minas.
Bombas.
Camiones.
Generadores.
Golpes metálicos.
La actividad continuaba detrás de cada conversación.
Un grupo de trabajadores se acercó para protegerse de la lluvia.
Uno de ellos, muy joven, llevaba botas demasiado grandes. Tenía diecisiete años. Tal vez menos.
Pawel le preguntó su edad.
El joven dijo diecinueve.
Los demás rieron.