Capítulo 13
La tríada del hambre
El campamento comenzaba detrás de los talleres.
No había una entrada definida.
Las construcciones aparecían a ambos lados de un camino de barro que descendía desde Pangwa hacia las instalaciones mineras. Primero eran depósitos de herramientas, cobertizos para generadores y plataformas donde se acumulaban tambores vacíos. Después surgían las viviendas.
Chozas de madera.
Estructuras cubiertas con lonas.
Techos de chapa sostenidos por postes irregulares.
Algunas tenían paredes hechas con sacos abiertos y láminas de plástico superpuestas. Otras parecían construidas con restos de embalajes industriales. El agua de la lluvia descendía entre ellas por zanjas poco profundas llenas de barro, envases descartados y residuos domésticos.
Pawel avanzó detrás de un supervisor local.
La cobertura comercial le había permitido solicitar una visita al área de alojamiento.
Había explicado que necesitaba evaluar la estabilidad de la mano de obra.
Un proveedor podía ofrecer buen precio y suficiente volumen, pero una producción interrumpida por falta de trabajadores convertía cualquier contrato en un riesgo.
El argumento había funcionado.
En aquel lugar, preguntar por personas como si fueran parte de la capacidad productiva resultaba aceptable.
El supervisor caminaba rápido.
Llevaba botas de goma, una camisa húmeda adherida a la espalda y una carpeta plástica bajo el brazo. Cada tanto saludaba a alguien sin detenerse.
—Muchos trabajadores —dijo en mandarín sencillo—. Siempre disponibles.
Pawel observó a los hombres que regresaban de un turno.
Algunos caminaban inclinados por el cansancio. Otros cargaban herramientas sobre los hombros. La ropa estaba cubierta de arcilla roja y manchas blanquecinas. Varios llevaban guantes colgados del cinturón, aunque muchos tenían las manos desnudas.
—¿De aquí? —preguntó Pawel.
El supervisor hizo un gesto amplio.
—De muchos pueblos.
—¿Familias mineras?
El hombre sonrió.
—Ahora sí.
La respuesta parecía una broma.
Pawel no rió.
A un lado del camino, tres mujeres lavaban ropa en recipientes plásticos. Utilizaban agua recogida en bidones amarillos. Una niña sostenía una manguera doblada para controlar el flujo. El líquido tenía un tono turbio.
Más adelante había dos letrinas compartidas por varias filas de viviendas. Una de las puertas no cerraba. La otra estaba sostenida con alambre. El olor se mezclaba con el de combustible, humo y productos químicos que llegaba desde las colinas.
No vio desagües, agua corriente, ni ninguna instalación sanitaria permanente.
En cambio, había antenas improvisadas, cables eléctricos tendidos entre árboles y pequeños generadores funcionando bajo techos de chapa.
El campamento parecía provisional.
La cantidad de habitantes indicaba que llevaba años allí.
El supervisor lo condujo hasta una estructura abierta utilizada como comedor. Varias tablas apoyadas sobre tambores servían de mesas. Los trabajadores comían arroz, verduras hervidas y una sopa clara servida en cuencos metálicos.
Un guardia de la BGF estaba sentado cerca de la entrada.
El fusil descansaba contra un poste.
No vigilaba una amenaza concreta.
Su presencia bastaba.
El supervisor habló con una mujer encargada de repartir la comida. Ella miró a Pawel con curiosidad y luego le sirvió una ración.
—Coma —dijo el supervisor—. Hablar con trabajadores.
Pawel se sentó en un extremo de la mesa.
Las conversaciones disminuyeron durante unos segundos.
Después regresaron.
Nadie hablaba inglés. Algunos comprendían mandarín. Otros utilizaban lenguas locales que Pawel no podía identificar. Sacó el teléfono, pero decidió no abrir inmediatamente la aplicación de traducción. Un aparato colocado sobre la mesa podía parecer una grabadora.
Comió en silencio.
El arroz estaba demasiado cocido. La sopa tenía pequeños trozos de calabaza y hojas verdes. Nadie se quejaba.
Frente a él, un hombre de unos cincuenta años sostenía el cuenco con ambas manos. Tenía los dedos deformados por antiguas lesiones. La piel alrededor de las uñas estaba agrietada y presentaba manchas más claras que el resto de la mano.
El hombre notó que Pawel observaba.
Cerró los dedos.
Pawel desvió la mirada.
Esperó varios minutos antes de sacar una de sus tarjetas.
La colocó sobre la mesa.
—Compra —dijo en mandarín—. Empresa de Singapur. Quiero entender producción.
El hombre leyó la tarjeta.
—Precio —respondió.
—También trabajo.
Aquella palabra generó una reacción diferente.
El hombre miró al supervisor.
El supervisor estaba conversando con el guardia a varios metros.
—¿Cuánto tiempo aquí? —preguntó Pawel.
El trabajador levantó cinco dedos.
Después añadió tres.
—Ocho años.
Pawel sacó una libreta pequeña.
No la abrió todavía.
—¿Antes?
El hombre señaló hacia el valle.
—Tierra.
—¿Agricultor?
Asintió.
Pawel utilizó la aplicación de traducción con el volumen desactivado. Escribió una pregunta breve y mostró la pantalla.
¿Qué cultivaba?
El hombre leyó lentamente.
Respondió en mandarín fragmentado.
Arroz.
Maíz.
Frijoles.
Pawel escribió otra pregunta.
¿Por qué dejó de cultivar?
El trabajador miró de nuevo hacia el supervisor.
Luego señaló el suelo.
—Agua mala.
Movió una mano de arriba hacia abajo, imitando la corriente de una ladera.
—Primero poco. Después nada.
Pawel abrió la libreta.
Anotó únicamente cifras.
Cincuenta y dos años, estimó.
Ocho años en el campamento.
Agricultor.
Valle al sur de Pangwa.
El hombre observó las anotaciones.
—¿Contrato?
—Evaluación —respondió Pawel.
La palabra comercial lo tranquilizó apenas.
—¿La mina compró la tierra?
El trabajador negó con la cabeza.
Después dijo algo que la aplicación tradujo de manera incompleta.
Uso.
Permiso.
Responsables.
Compensación una vez.
La cifra no apareció correctamente.
Pawel pidió que la repitiera.
El hombre levantó cuatro dedos y luego señaló varios billetes imaginarios.
No alcanzaba para saber la cantidad.
Sí para comprender que había recibido un pago único.
—¿Y ahora?
El trabajador mostró sus manos.
—Ahora esto.
Un joven sentado a su lado intervino.
Tendría poco más de veinte años. Llevaba una camiseta con el logotipo de una empresa china y tenía una lesión rojiza en el cuello, justo donde terminaba el cuello de la prenda.
Habló rápido.
El hombre mayor tradujo algunas partes.
El joven había trabajado con su familia en un pequeño negocio de transporte.
Una motocicleta. Mercancías entre pueblos.
Cuando las rutas mineras comenzaron a llenarse de camiones, los vehículos pequeños dejaron de ser rentables.
Los controles aumentaron. Los costos también. Vendieron la motocicleta.
Ahora cargaba sacos químicos.
—¿Cuántas horas? —preguntó Pawel.
El joven respondió sin dudar.
Doce.
A veces catorce.
—¿Todos los días?
Se encogió de hombros.
—Cuando hay trabajo.
—¿Y cuando no hay?
El joven sonrió.
Le faltaban varios dientes.
—No dinero.
La conversación atrajo a otros dos trabajadores.
Uno se sentó junto a Pawel. El otro permaneció de pie.
El que tomó asiento tenía los ojos enrojecidos y tosía con una frecuencia que interrumpía sus frases. Explicó que trabajaba cerca de los estanques. Movía mangueras, abría válvulas y ayudaba a descargar productos químicos.
Pawel señaló los guantes colgados de su cinturón.
—¿Siempre los usa?
El hombre miró el par de goma endurecida.
Se rió.
Luego mostró las palmas.
La piel presentaba zonas irritadas, pequeñas grietas y una quemadura antigua que cruzaba la base del pulgar.
—Se rompen —dijo.
—¿Les dan otros?
—Después.
—¿Cuánto después?
El trabajador volvió a reír.
Esta vez nadie lo acompañó.
Pawel tomó nota de su nombre.
Tuvo que pedirle que lo repitiera tres veces. La pronunciación cambiaba según quién ayudara a traducir. Finalmente anotó una aproximación fonética y el pueblo de origen.
Treinta y siete años.
Seis años en procesamiento.
Antes pescaba en un río cercano.
—¿Ya no hay peces?
El hombre extendió la mano como si mostrara una superficie vacía.
—Pocos.
Después señaló su cuenco.
—Aquí comida segura.
La frase contenía toda la lógica del campamento.
El río había dejado de sostenerlo.
La mina le daba un salario.
La misma actividad que modificaba el agua se había convertido en la única forma de comprar alimento.
El supervisor regresó.
Las conversaciones se apagaron.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Quiero saber si la mano de obra es estable.
El hombre mayor tradujo la respuesta antes de que el supervisor pudiera hacerlo.
—Siempre habrá trabajadores.
Algunos sonrieron.
El supervisor también.
—Eso dije.
Pawel cerró la libreta.
Terminó la comida.
Después pidió caminar solo por el campamento.
El supervisor negó con la cabeza.
—Con guía.
Señaló al trabajador mayor.
—Él muestra.
El hombre no pareció contento con la elección, pero se levantó.
El guardia de la entrada observó cómo se alejaban.
No los siguió.
Pawel y el trabajador caminaron por una senda estrecha entre las chozas. La comunicación era difícil. Utilizaban palabras sencillas, gestos y frases cortas traducidas en el teléfono.
El hombre se llamaba La Seng.
Cincuenta y cuatro años.
Había nacido en una aldea situada varias horas al sur.
Su familia cultivaba una parcela junto a un arroyo.
Primero llegaron los compradores de tierras.
Después los encargados de los caminos.
Luego las máquinas.
Al principio la mina ofreció trabajo temporal.
Cortar vegetación.
Transportar materiales.
Abrir zanjas.
La Seng aceptó para complementar los ingresos de la cosecha.
Dos años después, la cosecha dejó de ser suficiente.
El agua llegaba turbia durante las lluvias.
En la estación seca, el caudal disminuía.
—¿Por las minas? —preguntó Pawel.
La Seng lo miró con desconfianza.
Pawel comprendió el error.
La pregunta era demasiado directa.
Demasiado cercana a la investigación ambiental.
Corrigió.
—Necesito saber si los trabajadores permanecerán. Un comprador quiere suministro estable.
La Seng observó la tarjeta que aún sostenía en una mano.
—Permanecen —dijo—. No hay otra cosa.
Continuaron caminando.