Capítulo 11 #3
El camino interior rodeaba la montaña.
Desde allí podían verse plataformas sucesivas, cada una conectada a tanques, bombas y redes de distribución.
En algunos puntos, los trabajadores perforaban nuevas bocas verticales utilizando equipos portátiles.
El ruido era agudo.
El barro vibraba bajo las ruedas.
Un hombre guiaba la broca mientras otro sostenía el equipo con ambas manos. Ninguno llevaba protección auditiva. El operario más cercano tenía una herida cubierta con cinta alrededor de la muñeca.
Más adelante, una cuadrilla reparaba un canal de drenaje.
Habían colocado una nueva lámina plástica sobre la tierra. El líquido seguía descendiendo mientras trabajaban. Uno de los hombres estaba arrodillado dentro del canal con botas que no llegaban a cubrirle las rodillas.
El fluido salpicaba su pantalón.
El capataz señaló un borde.
El trabajador presionó la lámina con las manos.
La normalidad de la escena resultaba más inquietante que cualquier alarma.
Nadie corría.
Nadie protestaba.
El contacto no parecía excepcional para nadie.
Pawel sintió otra vez la irritación en la garganta.
Tosió hasta que le dolió el pecho.
El empleado le ofreció una mascarilla de tela arrugada que sacó de un bolsillo.
Pawel la aceptó.
Olía a humedad y humo.
Apenas filtraba el aire.
El vehículo continuó ascendiendo.
La selva quedó abajo.
En la parte alta casi no había árboles.
Solo arcilla roja, tuberías blancas, mangueras negras y plataformas excavadas.
La montaña había dejado de ser geografía.
Era una instalación.
Una masa de suelo convertida en materia prima.
Pawel recordó una presentación corporativa que había visto en Eindhoven.
Fondos blancos.
Íconos verdes.
Flechas limpias.
Trazabilidad.
Movilidad sostenible.
Reducción de emisiones.
En ninguna diapositiva aparecía aquel barro, hombres arrodillados dentro de canales químicos, las bolsas abiertas, las manos enrojecidas o los árboles con ramas secas.
No necesitó formular la contradicción.
La tenía delante.
El vehículo se detuvo cerca de una plataforma elevada.
El guardia habló con el conductor.
El empleado hizo una seña a Pawel.
—Cinco minutos.
Descendieron.
El viento era más fuerte allí, pero el olor seguía presente.
Frente a ellos había un pequeño puesto de control construido con paneles metálicos. Dentro, un supervisor anotaba cifras en una planilla. Un reloj marcaba los turnos. Varias radios cargaban junto a una batería.
En la pared colgaba un mapa del complejo.
No era detallado.
Mostraba sectores numerados y líneas de acceso.
Pawel se acercó.
El supervisor cubrió parte del mapa con el brazo.
Pawel levantó la mirada.
—Capacidad —dijo, señalando las zonas.
El empleado tradujo.
El supervisor respondió sin entusiasmo.
El teléfono convirtió sus palabras en una frase fragmentada:
—Cada sección diferente. Producción cambia. Depende concentración.
Pawel señaló los números.
—¿Todo activo?
El supervisor miró al guardia.
—Mucho activo.
—¿Cuánto territorio?
No hubo respuesta.
El supervisor dobló el mapa hacia la pared.
El recorrido había terminado.
Pawel pensó que volverían por el mismo camino.
El empleado señaló una senda lateral.
—Mirador.
Caminaron unos cien metros.
La pendiente terminaba en una zona abierta.
La niebla se desplazaba lentamente sobre el valle.
Pawel llegó al borde.
Y comprendió.
La montaña que habían recorrido era solo la primera.
Del otro lado se extendían nuevas laderas perforadas.
Más tanques.
Más caminos.
Más redes de mangueras.
Las líneas negras cubrían kilómetros de terreno y se perdían entre elevaciones sucesivas. Algunos sectores estaban completamente desnudos. Otros conservaban manchas aisladas de vegetación entre plataformas de inyección.
En el fondo del valle, varios estanques recogían el drenaje químico.
Camiones se desplazaban por caminos rojos.
Columnas de vapor o humo ascendían desde instalaciones ocultas.
El ruido de las bombas llegaba desde distintas direcciones y se mezclaba hasta formar un pulso continuo.
La niebla cubría las zonas más lejanas.
Cada vez que se abría, revelaba otra ladera intervenida.
Otra red.
Otra sección.
Otra montaña conectada al mismo proceso.
Pawel permaneció inmóvil.
Hasta ese momento había pensado en cargamentos.
Contratos.
Certificados.
Puertos.
Empresas intermediarias.
Había seguido números de lote y declaraciones aduaneras a través de tres países.
Ahora toda aquella cadena comenzaba allí.
En la tierra perforada.
En el líquido bombeado dentro de las colinas.
En los canales de drenaje.
En los trabajadores que respiraban el mismo aire durante doce horas.
La destrucción no necesitaba interpretación.
No era una inferencia.
No era una anomalía documental.
Estaba extendida frente a él.
Visible.
Medible.
Imposible de reducir a una nota al pie.
El empleado dijo algo que la aplicación no alcanzó a registrar.
Pawel no pidió que lo repitiera.
Miró hacia la última línea de colinas.
Las mangueras continuaban más allá.
Desaparecían entre la niebla.
No estaba observando una mina aislada.
Estaba observando una región entera transformada por el mismo proceso.