El barro de las tierras raras Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

El supervisor siguió observándolos.

La irritación de garganta empeoró.

Pawel tosió de nuevo.

El empleado señaló una botella de agua que llevaba en el cinturón.

Pawel negó con la cabeza.

Había aprendido a desconfiar de cualquier recipiente abierto dentro del complejo.

Un grupo de trabajadores descendía por la ladera.

Caminaban en fila.

Sus rostros estaban cubiertos de sudor y polvo rojizo. Uno arrastraba una pierna. Otro llevaba las manos envueltas en trozos de tela.

Ninguno hablaba.

Pasaron junto a Pawel sin mirarlo.

El último era muy joven.

Podía tener diecisiete años.

Quizá menos.

Transportaba dos rollos de manguera sobre los hombros.

El peso le curvaba la espalda.

Se detuvo unos segundos para recuperar aire.

Un capataz gritó desde abajo.

El joven volvió a caminar.

Pawel observó sus botas.

Una tenía la suela separada.

El barro entraba en cada paso.

—¿Cuántas horas trabajan? —preguntó.

El empleado escuchó la traducción.

—Turno largo.

—¿Diez?

El hombre levantó los hombros.

—Diez. Doce. Depende.

—¿Depende de qué?

La aplicación emitió una traducción que pareció confundirlo.

El empleado buscó otras palabras.

—Si bomba para, problema. Si lluvia, problema. Si camión llega, trabajo.

Pawel escribió sin mirar la página.

En una plataforma lateral había una mesa de madera cubierta por una lona. Sobre ella descansaban formularios protegidos con láminas de plástico.

El empleado habló con dos operarios.

Pawel aprovechó para acercarse.

Las hojas contenían columnas.

Fecha.

Número de tanque.

Cantidad.

Sección.

Turno.

Firma.

Vio varias cifras escritas a mano.

También códigos de lote que coincidían con los sacos de sulfato de amonio.

Uno de los formularios llevaba el membrete de una empresa cuyo nombre había aparecido en los documentos europeos.

No era la empresa operadora mencionada en los permisos.

Era un intermediario.

Pawel sintió cómo la investigación documental volvía a conectarse con el terreno.

La misma denominación comercial, la misma abreviatura, la misma secuencia de números que había visto en órdenes de compra enviadas desde una oficina de Kunming.

Se inclinó como si examinara una válvula.

La cámara oculta permanecía orientada hacia la mesa.

Un operario regresó.

Pawel se apartó.

El hombre cubrió los formularios con una carpeta.

No parecía alarmado.

Solo acostumbrado a que los papeles quedaran protegidos del agua.

El empleado indicó que debían continuar.

El camino ascendía con más pendiente.

El calor aumentó.

La camisa de Pawel se pegó al cuerpo.

El olor químico seguía presente.

A veces parecía disminuir.

Después regresaba con más fuerza cerca de los tanques y los canales.

En una curva encontró un pequeño curso de agua.

O lo que quedaba de él.

El cauce natural descendía desde una zona boscosa, pero se interrumpía al llegar a la explotación. Parte del agua había sido desviada mediante tubos. El resto avanzaba lentamente por una zanja cubierta de sedimentos rojizos.

Había insectos muertos sobre la superficie.

A un costado, varias plantas mostraban manchas oscuras en las hojas.

—¿Río? —preguntó Pawel.

El empleado miró.

—Antes.

—¿Antes qué?

El hombre buscó la respuesta.

—Antes más agua.

No agregó nada.

Pawel levantó la vista.

En la parte alta, nuevas líneas de mangueras desaparecían dentro de la niebla.

La actividad no tenía nada de artesanal.

Había planificación.

Distribución.

Turnos.

Suministros químicos.

Mantenimiento.

Registros.

Supervisión armada.

Una infraestructura completa instalada sobre la montaña.

Improvisada en algunos detalles.

Industrial en su escala.

Dos camiones cisterna aguardaban junto a un depósito.

Uno llevaba placas chinas.

El otro no tenía identificación visible.

Un conductor fumaba apoyado contra la cabina mientras un trabajador conectaba una manguera al tanque trasero.

Pawel observó un portapapeles sujeto a la puerta.

Hoja de entrega.

Número de carga.

Peso.

Origen.

Destino.

El conductor vio su interés y cerró la puerta.

No hubo confrontación.

Solo un movimiento rápido.

Instintivo.

Pawel continuó.

Un guardia de la BGF se incorporó al recorrido.

Caminaba detrás de ellos.

El fusil golpeaba contra su chaleco en cada paso.

El empleado dejó de responder preguntas.

Pawel adoptó el papel que había preparado.

Miró las bombas.

Asintió.

Preguntó por capacidad.

Caudal.

Mantenimiento.

Nada que pareciera periodístico.

Nada relacionado con trabajadores, contaminación o permisos.

El empleado se relajó poco a poco.

Explicó mediante frases breves y traducciones deficientes que algunas bombas funcionaban día y noche. Cuando una fallaba, trasladaban otra desde un sector distinto. Las piezas llegaban de China. Las mangueras se reemplazaban constantemente por desgaste, cortes y presión.

—Mucho consumo —dijo.

—¿De mangueras?

—Mangueras. Tubos. Químico. Diésel.

Pawel señaló una sección donde varias líneas negras se acumulaban sobre la pendiente.

—¿Cuántas perforaciones?

El empleado miró al guardia.

Después respondió:

—Aquí, mil más.

—¿Más de mil?

Asintió.

Pawel volvió la vista hacia la montaña.

Era solo una sección.

El guardia dijo algo.

El empleado hizo un gesto.

—Debemos ir.

Subieron a otro vehículo abierto para completar el recorrido.