Capítulo 12
Las lagunas turquesas
El supervisor llegó al alojamiento poco después de las seis de la mañana.
No entró.
Esperó junto al vehículo con el motor encendido mientras uno de los guardias de la BGF fumaba bajo el alero de chapa.
Pawel reconoció al hombre del día anterior. Casco blanco. Botas de goma. Radio en el cinturón. La misma expresión cerrada.
El asistente logístico ocupaba el asiento delantero.
Cuando Pawel se acercó, bajó la ventanilla.
—Hoy producto —dijo.
Pawel levantó su credencial comercial.
—Calidad y volumen.
El asistente asintió.
Aquellas dos palabras justificaban casi cualquier pregunta dentro del complejo.
Calidad.
Volumen.
La empresa de Singapur que figuraba en los documentos de cobertura existía.
Comercializaba minerales industriales, intermediaba cargamentos y había realizado operaciones menores en el sudeste asiático.
El nombre de Pawel no aparecía en sus registros públicos, pero la carta de presentación llevaba un sello legítimo obtenido por uno de sus contactos.
Hasta ese momento había sido suficiente.
Subió al vehículo.
El guardia ocupó el asiento trasero, a su lado.
El fusil quedó apoyado entre sus rodillas.
Nadie habló durante los primeros minutos.
La ruta descendía hacia la base de las colinas. La lluvia de la noche había convertido el camino en una franja de barro espeso. Los neumáticos se desviaban dentro de huellas abiertas por camiones cisterna.
A medida que perdían altura, el ruido de las bombas quedaba atrás.
Otro sonido comenzaba a reemplazarlo.
Motores más pequeños.
Agitadores.
Golpes de compuertas metálicas.
El flujo de agua dentro de canales.
El olor químico seguía presente.
En aquella zona era distinto.
Menos seco.
Más agrio.
Se adhería al paladar y permanecía allí incluso cuando Pawel contenía la respiración.
Tosió una vez.
El guardia giró apenas la cabeza.
Pawel miró por la ventanilla.
Las mangueras negras continuaban bajando desde las laderas. Algunas terminaban en colectores instalados sobre plataformas de tierra apisonada. Otras desembocaban en canales abiertos que seguían la pendiente natural.
El agua no era bombeada en todos los tramos.
Descendía por gravedad.
La montaña entregaba el líquido hacia abajo.
Los conductos se unían en líneas cada vez más grandes. Las líneas terminaban en zanjas revestidas con láminas plásticas. Las zanjas convergían cerca de la base.
El vehículo tomó una curva.
Las lagunas aparecieron.
Desde lejos parecían hermosas.
La primera ocupaba una excavación enorme entre dos taludes de arcilla roja. La superficie era lisa y presentaba una tonalidad turquesa intensa bajo la luz gris de la mañana.
Detrás había otra.
Verde.
Más allá, una tercera mostraba un color lechoso, casi blanco.
Pawel había visto imágenes tomadas desde satélite.
En ellos, los estanques parecían manchas geométricas dentro del paisaje.
Desde el camino eran otra cosa.
Eran cuerpos de agua inmóviles rodeados de barro, tuberías y residuos.
No había peces, aves sobre la superficie, ni vegetación en los bordes.
Solo lonas negras, costras minerales y espuma acumulada contra los taludes.
El conductor se detuvo junto a una barrera.
Un operario revisó una planilla.
El supervisor habló con él.
Pawel observó los documentos desde el interior del vehículo.
Número de unidad.
Hora de ingreso.
Sección.
Motivo.
Visitante comercial.
El operario escribió algo, levantó la barrera y dejó pasar el vehículo.
No pidió identificación adicional.
La credencial de Pawel ya figuraba en la autorización interna.
El camino bordeaba el primer estanque.
La lona plástica que cubría la excavación estaba tensa en algunos sectores y arrugada en otros. Varias partes habían sido reparadas con parches superpuestos. En la zona más baja, el peso del líquido deformaba el revestimiento.
Pawel vio una filtración antes de bajar.
No era grande.
Una línea brillante escapaba por debajo de una unión y descendía hacia una zanja lateral.
El líquido desaparecía en la tierra.
El supervisor abrió la puerta.
—Producto —repitió.
Pawel descendió.
El calor todavía no era intenso, pero la humedad aumentaba la sensación de peso en el aire. Mosquitos flotaban sobre los bordes de los estanques. Algunos operarios se golpeaban los brazos y el cuello mientras trabajaban.
El asistente le entregó un casco.
Otra vez no había máscara.
Pawel señaló la laguna turquesa.
—Primera fase.
El asistente buscó la traducción.
El supervisor respondió antes de que el teléfono terminara.
—Drenaje.
Señaló las laderas.
Luego las tuberías.
Después el estanque.
Pawel entendió.
La solución inyectada en la montaña atravesaba la arcilla y arrastraba los compuestos hacia los puntos de recolección. Desde allí descendía por gravedad hasta las excavaciones.
El supervisor habló con el asistente.
La traducción apareció fragmentada.
—Aquí se reúne. Después separar.
Pawel caminó hacia el borde.
El guardia se movió con él.
La superficie del estanque parecía sólida desde algunos ángulos. Una costra delgada cubría sectores del líquido. En otros puntos se abrían manchas oscuras donde funcionaban agitadores sumergidos.
Un tubo descargaba una corriente constante.
Cada vez que el líquido caía, levantaba espuma.
Pawel se inclinó lo suficiente para ver la línea de sedimentos adherida al plástico.
Blanco.
Amarillo.
Verde pálido.
—Concentración —dijo, utilizando el lenguaje de su cobertura.
El supervisor asintió.
—Cambia.
—¿Cada lote?
El asistente tradujo.
—Cada colina. Cada sección.
Pawel sacó la libreta.
El guardia miró sus manos.
Pawel anotó únicamente cifras de producción que el supervisor podía interpretar como interés comercial.
Capacidad.
Turnos.
Volumen estimado.
Nada sobre filtraciones, residuos, ni el color del agua.
La cámara oculta bajo el cierre de la camisa registraba lo demás.
Caminaron por una pasarela de tablones colocada sobre el barro. Debajo, pequeñas corrientes escapaban desde las zanjas y se acumulaban en charcos.
Uno tenía un borde blanquecino.
Otro presentaba una película iridiscente.
Las botas del supervisor pasaban por encima sin detenerse.
El siguiente sector contenía tres tanques cilíndricos y una plataforma de mezclado.
Varias bolsas estaban apiladas bajo un techo de lona azul.
Los trabajadores las abrían con cuchillos y volcaban el contenido en una tolva.
El polvo se levantaba en nubes claras.
Dos operarios llevaban mascarillas de tela.
Uno no llevaba ninguna.
Tosía mientras cortaba los sacos.
La tos era seca.
Repetitiva.
Se detenía unos segundos y regresaba.
Pawel se acercó a las bolsas.
La etiqueta estaba impresa en chino e inglés.
OXALIC ACID.
Ácido oxálico.
Pureza.
Peso neto.
Nombre del fabricante.
Dirección industrial.
Número de lote.
Fecha de producción.
Pawel leyó la secuencia una vez.
Después otra.
El asistente lo observó.
—Calidad buena —dijo.
—Necesito saber proveedor.
La respuesta encajaba con su papel.
Un comprador debía saber qué reactivos se utilizaban.
El supervisor señaló la etiqueta.
—China.
Pawel levantó el teléfono como si quisiera traducir la información técnica.
En realidad fotografió el saco.
El guardia dio un paso hacia él.
Pawel mostró la pantalla.
Solo aparecía el texto traducido.
Ácido oxálico.
El guardia retrocedió.
Un trabajador tomó otra bolsa.
Tenía las manos cubiertas por guantes demasiado grandes. Uno estaba roto entre el pulgar y el índice. El polvo se había acumulado sobre la piel húmeda.
Vertió el contenido en la tolva.
Una parte cayó fuera.
El hombre la empujó con la mano hacia la abertura.
Luego se limpió los dedos contra el pantalón.
El supervisor gritó algo.
El trabajador aumentó la velocidad.
Pawel observó la estructura de mezclado.
El ácido oxálico se incorporaba a la solución recogida de las laderas. El cambio químico hacía precipitar los compuestos de tierras raras.
No había una explicación formal.
El proceso ocurría delante de él.
El líquido llegaba por un conducto.
Los operarios agregaban el reactivo.
Los agitadores trabajaban.
Después, una mezcla más densa pasaba a otro tanque.
En una plataforma inferior, una descarga lechosa entraba en un estanque más pequeño.
El supervisor señaló el fondo.
—Precipitado.
Pawel repitió la palabra.
—Concentrado.
El hombre asintió.
—Concentrado de tierras raras.
Era la frase más larga que había pronunciado en inglés.
Pawel miró el líquido.
Aquello era el producto que después aparecía en facturas, contratos y certificados.
No tenía el aspecto de un material estratégico.
Parecía lodo claro.
Una masa espesa.
Un residuo.
Dos trabajadores retiraban parte del precipitado mediante una bomba portátil. La manguera descargaba en recipientes plásticos alineados junto a una balanza.
Cada contenedor llevaba una etiqueta.
Fecha.
Turno.
Sección de origen.
Peso.
Código de lote.
Pawel se acercó.
El supervisor no lo impidió.
Aquella era la parte que un representante comercial debía mirar.
Pawel anotó los códigos.
Uno comenzaba con las mismas letras que había encontrado en una factura emitida meses atrás por una empresa intermediaria registrada en Kunming.
Otro coincidía con la estructura utilizada en órdenes de compra europeas, aunque allí figuraba como material procesado de origen chino.
Los números no probaban por sí solos el recorrido.
Pero permitían construirlo.
Montaña.
Estanque.
Concentrado.
Contenedor.
Camión.
Intermediario.
Planta de separación.
Exportación.
Certificado.
Europa.
Pawel observó cómo un operario pegaba una etiqueta nueva sobre otra anterior.
La primera había quedado manchada.
Durante unos segundos ambas fueron visibles.
Dos nombres de empresa distintos.
El de abajo correspondía al operador local.
El de arriba, a una comercializadora.
Pawel inclinó la cabeza.
—¿Exportación directa?
El asistente tradujo.
El supervisor negó.
—Primero frontera. Después procesamiento.
—¿Nombre de comprador?
La respuesta tardó.
El guardia miró al supervisor.
El supervisor señaló las etiquetas superiores.
—Cliente.
No pronunció el nombre.
Pawel no insistió.
Memorizó la marca.
Más adelante había una estructura de secado.
No era un edificio cerrado.