Capítulo 10 #3
Un mecánico golpeaba una pieza metálica bajo un techo bajo.
Dos hombres soldaban el chasis de un camión sin usar protección ocular.
Las chispas caían sobre el barro.
Más adelante había una fila de depósitos de combustible rodeados por barreras improvisadas. El olor era intenso. Gasóleo, aceite quemado, caucho caliente.
Pawel vio almacenes llenos de sacos.
Rollos de manguera negra.
Bombas hidráulicas.
Tuberías.
Cajas de repuestos.
Equipos de protección aún envueltos en plástico.
La economía local giraba alrededor de la minería de una manera visible y total.
Los comercios vendían herramientas.
Los restaurantes servían a conductores y trabajadores.
Los talleres reparaban vehículos pesados.
Las viviendas alquilaban habitaciones a intermediarios.
Incluso los puestos de comida estaban instalados junto a rutas utilizadas por convoyes.
Un grupo de niños cruzó la calle detrás de una carretilla cargada con bidones vacíos.
Uno llevaba sandalias rotas.
Otro empujaba desde atrás, con las piernas cubiertas de barro hasta las rodillas.
A pocos metros, dos soldados jóvenes bebían refrescos bajo un toldo mientras sus fusiles descansaban sobre la mesa.
La mezcla resultaba completa.
Comercio.
Milicia.
Transporte.
Trabajo.
Todo ocupando el mismo espacio.
La camioneta pasó frente a una instalación administrativa de dos plantas. Tenía paredes de cemento sin pintar y varias antenas en el techo. En el patio había camionetas nuevas, limpias, muy distintas de los vehículos que circulaban por los caminos mineros.
Un guardia armado controlaba la entrada.
Junto a la puerta, tres hombres esperaban con carpetas de documentos.
Uno llevaba planos enrollados.
Otro sostenía una caja con muestras.
El tercero discutía por teléfono en mandarín.
Incluso allí, en una región donde la frontera se atravesaba por senderos y los permisos se escribían a mano, el negocio producía papeles.
Registros.
Solicitudes.
Listas.
Autorizaciones locales.
La actividad podía ignorar al Estado y, al mismo tiempo, necesitar una burocracia propia.
El intermediario estacionó junto a un taller.
—Esperamos aquí.
—¿A quién?
—A la persona que decide dónde duermes.
—¿La milicia?
—Todos deciden algo.
Apagó el motor.
Pawel descendió.
El calor había aumentado. La humedad convertía cada respiración en un esfuerzo leve. El barro se adhería a las botas y añadía peso a cada paso.
Desde el taller llegaba el sonido de una llave neumática. Un trabajador estaba tendido debajo de un camión apoyado sobre bloques de madera. El motor permanecía encendido. Humo oscuro salía del escape y quedaba atrapado bajo el techo.
Nadie utilizaba máscaras.
Nadie llevaba protección auditiva.
Un joven limpiaba una pieza con solvente dentro de un balde. Tenía la piel de las manos irritada y pequeñas grietas alrededor de los dedos.
Pawel observó sin levantar la cámara.
A su derecha, un grupo de conductores descargaba tambores de una plataforma. Los hacían rodar por una tabla inclinada. Uno perdió el control. El recipiente golpeó el suelo, rebotó y quedó detenido junto a una zanja.
Los hombres rieron.
Después continuaron.
El intermediario habló con el propietario del taller. Señaló a Pawel. Mencionó la empresa de Singapur.
La noticia produjo una reacción inmediata.
El hombre se limpió las manos en el pantalón y se acercó.
—Compra mineral —dijo el intermediario.
El propietario miró los zapatos de Pawel, la mochila, la ropa.
—¿Cuánto?
La pregunta era siempre la misma.
—Estoy evaluando capacidad.
—Aquí hay capacidad.
—Necesito verla.
El hombre sonrió.
Tenía dientes manchados por tabaco.
—Todo comprador necesita verla.
Señaló hacia una calle lateral por donde avanzaba otro convoy cubierto de barro.
—Después paga.
No estaba claro si se refería al mineral, al acceso o a ambas cosas.
Una motocicleta se detuvo junto a la camioneta.
El conductor entregó un papel al intermediario.
Hablaron en voz baja.
Pawel comprendió que todavía esperaban autorización para el alojamiento.
Su permanencia había sido aprobada, pero su ubicación debía ser conocida.
Controlada.
Visible.
Mientras aguardaba, caminó unos metros hasta el borde de la calle.
Pangwa se extendía en capas irregulares.
Talleres abajo.
Depósitos junto al camino.
Casas en las pendientes.
Instalaciones mineras más allá.
Sobre todo aquello se levantaban las montañas.
Pawel alzó la vista.
La ladera más cercana estaba atravesada por líneas negras.
Cientos.
Descendían desde la parte superior en trazados paralelos y luego se dividían, doblaban y desaparecían detrás de montículos de tierra. Algunas colgaban sobre zanjas. Otras estaban sujetas a estacas de madera.
Desde lejos parecían raíces artificiales.
Mangueras.
Tuberías.
Cicatrices extendidas sobre la montaña.
La vegetación había desaparecido en sectores completos. Donde antes debía haber árboles quedaban superficies desnudas de tonos amarillos, grises y rojizos. El terreno presentaba manchas que contrastaban de manera violenta con el verde húmedo de la selva.
Un camión ascendía por una pista abierta en la ladera.
Detrás venía otro.
Y otro.
Más arriba, pequeñas figuras se movían entre depósitos, bombas y estructuras improvisadas.
Pawel había estudiado fotografías satelitales.
Informes ambientales.
Registros comerciales.
Declaraciones de producción.
Había seguido cargamentos desde puertos europeos hasta depósitos chinos.
Había visto facturas que reducían todo aquello a códigos, pesos y valores.
Ahora el origen estaba frente a él.
Tenía barro, olor a combustible, hombres armados, caminos vigilados y tarifas informales, montañas abiertas y una red de mangueras extendida sobre kilómetros de ladera.
Pawel permaneció inmóvil.
Por primera vez contemplaba directamente una parte del sistema que había venido a investigar.