Capítulo 10 #2
La respuesta provocó una risa breve en el soldado más joven.
El hombre de la libreta permaneció serio, pero su postura cambió.
La seguridad dejó paso al cálculo.
—¿Forma de pago?
—Carta de crédito para contratos regulares. Anticipo para prueba. Parte en dólares. Parte en yuanes si el proveedor lo exige.
—¿Efectivo?
—Para gastos locales.
La frase produjo otra pausa.
El guardia apoyó ambos antebrazos sobre la mesa.
—¿Cuánto para gastos locales?
Pawel miró al intermediario.
—Depende del acceso.
La traducción fue inmediata.
Ahora todos entendían la conversación.
Ya no estaban evaluando si Pawel era una amenaza.
Estaban midiendo el valor de su presencia.
El hombre de la libreta señaló con el bolígrafo hacia el camino.
—Puesto.
Después señaló las carpetas.
—Permiso.
Señaló las montañas.
—Campamento.
Finalmente hizo un gesto hacia un grupo imaginario más amplio.
—Responsables.
Pawel esperó.
—Cada uno separado —dijo el hombre—. Puesto, transporte, campamento. No es un pago.
Levantó tres dedos.
—Tres pagos.
Lo explicó con la naturalidad de quien enumera peajes.
No bajó la voz, no miró hacia la puerta, ni trató de ocultar la exigencia.
Pawel había visto corrupción presentada como favor, excepción o urgencia administrativa. Aquello era diferente. Funcionaba como una tarifa integrada a la circulación de personas y mercancías.
El guardia abrió una de las carpetas.
Mostró una hoja dividida en columnas.
Fecha.
Matrícula.
Carga.
Origen.
Destino.
Cantidad.
Observaciones.
Algunas entradas incluían cifras al margen. Otras llevaban iniciales. Varias estaban marcadas con una línea roja.
—Camiones pagan —dijo—. Compradores pagan. Todos usan camino.
Pasó varias páginas.
Había registros recientes.
Convoyes de carga.
Vehículos cisterna.
Transporte de minerales.
Camiones sin empresa declarada.
La actividad quedaba documentada, aunque no bajo ningún sistema estatal que Pawel reconociera. Los guardias producían sus propios permisos. Controlaban entradas y salidas. Registraban volúmenes cuando convenía. Borraban detalles cuando el acuerdo requería silencio.
Uno de los soldados encontró el sobre con la documentación comercial.
Lo colocó sobre la mesa.
El hombre de la libreta revisó cada hoja.
Certificado de constitución.
Perfil de empresa.
Carta de interés no vinculante.
Referencias bancarias.
Una lista de categorías de minerales.
Documentos básicos, diseñados para resistir una inspección breve.
El guardia tomó una fotografía del certificado con su teléfono.
Pawel mantuvo el rostro inmóvil.
Aquello formaba parte del riesgo calculado. La empresa soportaría una búsqueda rápida. Una revisión profunda revelaría inconsistencias. No podían saber cuánto tiempo tardarían en verificarla ni a quién consultarían.
El hombre miró la dirección de Singapur.
—¿Oficina grande?
—Pequeña.
—¿Cuántas personas?
—Doce. Trabajamos con agentes.
—¿Chinos?
—Algunos.
—¿Militares?
Pawel negó con la cabeza.
—Comercio.
El guardia volvió a revisar la carta.
—¿Periodista?
La pregunta llegó con tono neutro.
Pawel sintió una contracción breve en el estómago.
—No.
—¿Gobierno?
—No.
—¿ONG?
—No.
El hombre de la cicatriz observaba desde un rincón.
No había intervenido en la negociación.
Tampoco apartaba los ojos de Pawel.
El guardia de la libreta levantó la cámara.
—Muchos compradores usan teléfono.
—La cámara conserva coordenadas y detalles de infraestructura. Necesito evaluar caminos, depósitos y condiciones de carga.
—¿Fotos de personas?
—No me interesan las personas.
Era una mentira necesaria.
El guardia revisó otra vez las imágenes.
Encontró una fotografía tomada en la estación de servicio de Yunnan. Un conductor dormía dentro de una cabina, apenas visible detrás del reflejo del vidrio.
—Persona.
—Accidental.
El soldado joven pasó a la siguiente imagen.
Un patio logístico.
Etiquetas de transporte.
Parte de una matrícula.
Nada comprometedor por sí solo.
El hombre de la libreta extendió la mano.
—Teléfono.
Pawel se lo entregó.
El dispositivo principal contenía contactos preparados, correos comerciales y archivos técnicos relacionados con minerales. Las comunicaciones periodísticas estaban en otro equipo, apagado y oculto dentro del doble fondo de la mochila.
El guardia abrió las conversaciones.
No comprendía inglés suficiente para leerlas con rapidez.
Buscó imágenes, documentos y nombres en caracteres chinos.
Encontró mensajes con un supuesto agente de abastecimiento en Malasia.
Consultas sobre volúmenes.
Precios.
Humedad del producto.
Costos de transporte.
Tiempos de entrega.
El material había sido preparado para sostener una inspección como aquella.
El guardia devolvió el teléfono.
—Dos toneladas prueba —dijo.
—Necesito observar primero.
—Muestras.
—Después de verificar capacidad.
—¿Precio?
Pawel se encogió de hombros.
—Depende del análisis.
El guardia sonrió por primera vez.
—Todo depende.
—Por eso estoy aquí.
El intermediario soltó una risa breve.
La tensión disminuyó apenas.
Uno de los jóvenes llevó una tetera y vasos de metal. Sirvió té sin preguntar. Tenía granos en el rostro y una venda sucia alrededor de la muñeca. Apoyó el fusil contra la pared antes de sentarse junto a la puerta.
El hombre parecía un estudiante disfrazado de soldado.
A su lado, el guardia de la cicatriz tenía manos endurecidas, uñas quebradas y una mirada que no se relajaba. Dos generaciones distintas dentro de la misma fuerza. Uno todavía conservaba movimientos torpes. El otro parecía haber pasado años aprendiendo a detectar amenazas.
Pawel bebió un sorbo.
El té estaba demasiado dulce.
Afuera se escuchó la llegada de otro convoy.
Motores pesados.
Frenos neumáticos.
Voces.
El joven salió y regresó con una hoja doblada.
El hombre de la libreta la revisó.
Pawel alcanzó a distinguir tres matrículas, cantidades escritas a mano y una columna titulada con caracteres chinos. El documento no llevaba sello estatal. Tenía, en cambio, una marca circular azul perteneciente al puesto.
El guardia firmó.
Separó una copia con papel carbónico.
La entregó al joven.
El convoy volvió a ponerse en movimiento.
Nadie había inspeccionado físicamente las cargas.
La barrera controlaba el paso, no el contenido.
El hombre cerró la carpeta.
—Su permiso será temporal.
—¿Cuánto tiempo?
—Primero tres días.
—Necesito una semana.
—Tres días. Después hablamos.
—¿Acceso a campamentos?
—Con acompañante.
—Necesito conversar con responsables de producción.
—Con acompañante.
—Tomar muestras.
—Después.
Cada respuesta delimitaba la libertad de Pawel.
Podría entrar.
También quedaría bajo vigilancia.
El hombre tomó una hoja en blanco y comenzó a escribir.
Nombre.
Empresa.
Nacionalidad declarada.
Motivo de visita.
Matrícula del vehículo.
Nombre del intermediario.
Lugar aproximado de alojamiento.
Pawel observó cómo su presencia quedaba incorporada al sistema local.
No era un registro migratorio, no existía un número oficial, ni habría copia digital accesible desde una capital.
Pero desde ese momento los puestos sabrían quién era, con quién viajaba y qué historia había contado.
El guardia trazó una línea al final de la hoja.
Escribió una cifra.
La giró sobre la mesa.
El intermediario la leyó.
Respondió de inmediato.
Discutieron.
La cifra fue tachada.
Apareció otra.
Pawel dejó que negociaran.
Un comprador extranjero que aceptara el primer precio habría parecido ingenuo o desesperado. Ninguna de las dos cosas ayudaba.
El intermediario señaló la cámara.
El guardia negó con la cabeza.
El intermediario mencionó combustible, alojamiento y transporte.
El guardia añadió algo sobre el puesto.
La discusión terminó con una cifra inferior, dividida en dos pagos.
Uno inmediato.
Otro cuando Pawel recibiera acceso al primer campamento.
—¿Dólares? —preguntó el guardia.
—Yuanes.
El hombre aceptó.
Pawel extrajo el efectivo del sobre destinado a gastos operativos. Contó los billetes sin prisa. El guardia no entregó recibo.
En cambio, estampó el sello azul sobre una tarjeta de cartón.
Escribió una fecha.
Añadió dos iniciales.
Ese era el permiso.
Una pieza de cartón con una marca local.
Suficiente para atravesar barreras custodiadas por hombres armados.
El joven devolvió las pertenencias a la mochila. No lo hizo con cuidado. Las baterías quedaron mezcladas con la ropa. Una lente golpeó contra el cierre.
El hombre de la cicatriz tomó la cámara antes de entregarla.
—No puestos —dijo en mandarín.
—Entiendo.
—No soldados.
—Entiendo.
—No caminos especiales.
Pawel sostuvo su mirada.
—Solo infraestructura comercial.
El guardia no sonrió.
—Todo aquí es comercial.
La frase quedó suspendida en el aire húmedo.
El intermediario recogió el permiso y lo guardó en el tablero de la camioneta.
La barrera se levantó.
Continuaron hacia Pangwa.
El camino descendía entre laderas abiertas y sectores de selva dañada. El tránsito aumentó con cada kilómetro. Camiones cargados de combustible. Vehículos con bidones químicos. Pickups ocupadas por trabajadores. Motocicletas que transportaban herramientas, alimentos y piezas mecánicas.
En varios puntos aparecían nuevos puestos de vigilancia.
Algunos consistían en una caseta y una barrera.
Otros apenas tenían una lona extendida entre árboles.
Los guardias revisaban la tarjeta de cartón, anotaban la matrícula y permitían el paso.
La misma secuencia se repetía.
Registro manual.
Pregunta breve.
Mirada al extranjero.
Barrera levantada.
La autoridad estaba fragmentada, pero no ausente.
Cada tramo tenía dueño.
Cada dueño cobraba.
Pangwa apareció sin una entrada clara.
Primero surgieron talleres.
Después depósitos.
Luego una línea de construcciones de madera y hormigón extendidas junto al camino.
No parecía una ciudad planificada.
Parecía un campamento que había crecido demasiado rápido.
Había barro en todas partes.
Cubría las calles, los escalones, los vehículos y las fachadas. Las lluvias habían abierto canales profundos por donde corría agua rojiza mezclada con combustible.
Los motores nunca se detenían.
Un generador alimentaba un almacén.
Una bomba transfería diésel desde un tambor hasta un tanque.