Capítulo 10
La bienvenida de la milicia
La camioneta descendió de la elevación cuando el cielo apenas comenzaba a aclararse.
La niebla seguía adherida a las laderas.
Se desplazaba entre los árboles y cubría por momentos las líneas negras que Pawel había visto extendidas sobre las montañas.
Desde el camino, aquellas mangueras parecían desaparecer bajo la vegetación para reaparecer más abajo, junto a superficies de tierra expuesta.
El intermediario condujo sin hablar.
Pawel guardó la cámara dentro de la mochila. Había tomado suficientes fotografías desde la altura. Continuar haciéndolo mientras se aproximaban a Pangwa podía convertir una precaución en una sospecha.
Abrió el compartimento interior de su bolso y revisó por última vez la documentación comercial.
Las tarjetas profesionales estaban impresas en inglés y mandarín.
PAUL VOLKOV
REGIONAL SOURCING CONSULTANT
KAIROS STRATEGIC MATERIALS PTE. LTD.
SINGAPORE
La empresa existía.
Había sido registrada años atrás por un grupo de intermediarios que operaban entre Singapur, Malasia y el sur de China.
Su actividad declarada incluía compraventa de minerales industriales, asesoramiento logístico y evaluación de proveedores.
Los registros públicos eran escasos, pero suficientes para una verificación superficial.
Pawel había estudiado sus movimientos comerciales.
Conocía el nombre de dos directores.
La dirección de una oficina compartida.
El banco utilizado para transferencias regionales.
Tres embarques declarados durante el año anterior.
También conocía la respuesta que debía dar si alguien preguntaba por qué una empresa pequeña buscaba proveedores en una zona como Pangwa.
Diversificación.
Compra directa.
Reducción de costos.
Evaluación de volúmenes.
Palabras sencillas.
Comprensibles para cualquiera que viviera de vender acceso.
El intermediario lo observó mientras guardaba los documentos.
—Desde ahora, comprador —dijo.
Pawel asintió.
—Consultor de abastecimiento.
El hombre hizo un gesto de impaciencia.
—Comprador.
La palabra era más útil allí.
La camioneta tomó una curva cerrada y el camino se transformó en una franja de barro rojo atravesada por surcos profundos. Cada pocos metros aparecían charcos de agua espesa. Los neumáticos resbalaban al borde de una zanja y recuperaban tracción con golpes secos.
La vegetación se abría en algunos sectores.
Detrás surgían depósitos construidos con chapas onduladas, tanques de combustible elevados sobre bases de hormigón y talleres mecánicos improvisados bajo techos de lona.
Había camiones detenidos junto a las banquinas.
Algunos llevaban tolvas cubiertas. Otros arrastraban plataformas con bidones, bombas y rollos de manguera.
La infraestructura parecía levantada con urgencia.
Nada estaba terminado.
Nada estaba limpio.
Todo funcionaba.
Un vehículo pesado avanzó en dirección contraria y obligó a la camioneta a detenerse contra la ladera. El camión pasó a pocos centímetros, cubierto hasta las ventanillas por una costra de barro. En la cabina viajaban tres hombres. Uno dormía con la cabeza apoyada contra el vidrio.
Detrás del camión venían otros cuatro.
Un convoy.
Todos cargados.
Todos sin identificación visible.
Pawel observó las ruedas, los ejes reforzados, la suspensión vencida por el peso. El último vehículo llevaba una lona mal asegurada. Bajo uno de los bordes asomaban sacos blancos apilados.
El intermediario esperó a que pasaran y volvió al centro del camino.
—¿Salen de las minas? —preguntó Pawel.
—Salen de todas partes.
—¿Mineral?
El hombre mantuvo la vista al frente.
—Material.
La respuesta no aclaraba nada.
También evitaba mentir.
Poco después apareció el primer puesto de vigilancia.
Dos troncos colocados sobre soportes metálicos cerraban la carretera. A un lado había una caseta de madera con techo de chapa. Al otro, un refugio abierto donde tres hombres bebían té junto a una mesa.
Todos llevaban armas.
Uno tenía un fusil apoyado contra la pierna. Otro cargaba una carabina antigua cruzada sobre el pecho. El tercero sostenía un teléfono mientras observaba la camioneta.
El intermediario redujo la velocidad.
—No hables hasta que te pregunten.
Pawel guardó el teléfono.
—¿BGF?
—Sí.
La camioneta se detuvo frente a la barrera.
Uno de los guardias se acercó a la ventanilla. Era joven. Dieciocho años, quizá menos. Tenía el uniforme demasiado grande y los cordones de una de las botas desatados. El fusil parecía pesarle más que el resto del equipo.
Habló con el conductor en una lengua que Pawel no reconoció.
El intermediario respondió.
El joven miró a Pawel.
Después miró la mochila.
Hizo una señal.
Los otros dos hombres se levantaron.
Uno de ellos era mayor. Rostro estrecho. Cicatriz junto a la mandíbula. Caminaba con la seguridad de quien no necesitaba levantar la voz para ser obedecido.
Abrió la puerta del acompañante.
—Baje.
Lo dijo en mandarín.
Pawel comprendió la orden.
Descendió.
El calor húmedo lo envolvió de inmediato. El aire olía a diésel, tierra mojada y madera quemada. Desde algún punto detrás de la caseta llegaba el ruido de un generador.
El guardia señaló la mochila.
Pawel se la entregó.
El hombre la abrió sobre una mesa.
Sacó ropa.
Cargadores.
Baterías.
Una libreta.
La cámara.
Se detuvo.
—¿Fotos?
El intermediario se acercó.
—Compra. Revisa proveedores.
El guardia miró a Pawel.
—¿Chino?
—Singapur —respondió Pawel en inglés.
El hombre no entendió o fingió no hacerlo.
Pawel sacó una tarjeta profesional y se la entregó.
El guardia la sostuvo entre dos dedos. Leyó primero el lado en mandarín. Después observó el nombre de la empresa.
—Minerales.
—Sí.
—¿Qué minerales?
Pawel utilizó el mandarín limitado que había preparado.
—Materiales estratégicos. Evaluación. Producción y transporte.
La pronunciación era imperfecta.
El sentido resultaba claro.
El guardia examinó la tarjeta otra vez.
Después llamó a otro hombre que estaba dentro de la caseta.
Apareció un cuarto miembro de la patrulla. Más viejo que los demás. Llevaba una camisa militar abierta sobre una camiseta manchada de sudor. No portaba insignias visibles. Tenía una pistola en la cintura y una libreta pequeña en la mano.
Escuchó la explicación del primer guardia.
Luego hizo una pregunta al intermediario.
La conversación se prolongó durante varios minutos.
Pawel comprendió palabras sueltas.
Empresa.
Compra.
China.
Pago.
Campamento.
El hombre de la libreta señaló la camioneta.
—Adentro.
No se refería al vehículo.
Señalaba la caseta.
La barrera permaneció cerrada.
Pawel recogió la mochila abierta y siguió a los guardias.
Detrás de la primera construcción había una choza más grande. Estaba levantada sobre pilotes bajos para evitar que el agua ingresara durante las lluvias. El interior contenía una mesa, cuatro sillas desparejas, un armario metálico y un ventilador que apenas movía el aire.
En una pared colgaba un mapa plastificado.
No era un mapa oficial.
Mostraba caminos, campamentos, depósitos y puestos de vigilancia marcados a mano con tinta azul y roja. Algunas rutas terminaban en zonas sin nombre. Otras cruzaban la frontera y continuaban hacia Yunnan.
Sobre la mesa había varias carpetas.
Registros de carga.
Permisos locales.
Hojas con matrículas anotadas.
Listas de conductores.
Todo manuscrito.
Una burocracia rudimentaria, pero activa.
El hombre de la libreta se sentó frente a Pawel.
El intermediario permaneció de pie junto a la puerta.
Los otros guardias comenzaron a revisar el equipaje con mayor detalle.
Abrieron el forro interior.
Retiraron las baterías.
Encendieron la cámara.
Pawel había limpiado la tarjeta antes de iniciar el descenso. Las fotografías importantes estaban duplicadas en una memoria oculta dentro del cinturón. En la cámara solo quedaban imágenes de carreteras, hoteles, estaciones de servicio y paisajes.
Uno de los jóvenes revisó la pantalla.
Pasó las fotografías rápidamente.
Se detuvo ante una imagen de un convoy.
—¿Por qué?
Pawel señaló la tarjeta profesional.
—Transporte. Capacidad logística.
El guardia miró al hombre de la libreta.
Este no mostró reacción.
—Nombre —dijo.
—Paul Volkov.
Pawel utilizó la versión de su nombre impresa en las credenciales.
—Empresa.
—Kairos Strategic Materials. Singapur.
—Contacto aquí.
Pawel miró al intermediario.
Este respondió por él.
Mencionó un nombre local que no había aparecido durante el trayecto.
El hombre de la libreta lo anotó.
—¿Compra cuánto?
La pregunta llegó sin transición.
Pawel se tomó un segundo.
La cifra debía ser suficiente para despertar interés, pero no tan alta como para exigir comprobaciones inmediatas.
—Primera evaluación, doscientas toneladas mensuales. Si la calidad y el transporte funcionan, más.
El intermediario tradujo.
Los guardias intercambiaron miradas.
El hombre de la libreta apoyó el bolígrafo.
—¿Óxido mixto?
—Depende del grado.
—¿Carbonato?
—Podría ser.
—¿Pesados?
Pawel comprendió la intención.
Tierras raras pesadas.
El producto que justificaba la existencia de aquellas rutas.
—Buscamos disprosio y terbio. También concentrado mixto si el precio compensa el procesamiento.
La respuesta produjo el primer cambio visible en el interrogatorio.
El hombre de la libreta se inclinó hacia adelante.
—¿Comprador final?
—Asia. También clientes europeos.
—Nombre.
—Durante la evaluación, confidencial.
El silencio se prolongó.
Pawel sostuvo la mirada.
Un comprador real habría protegido el nombre del cliente. Revelarlo demasiado pronto habría resultado menos creíble que negarse.
El hombre golpeó dos veces la libreta con el bolígrafo.
—Todos dicen confidencial.
—Todos buscan margen.
El intermediario tradujo.
Uno de los jóvenes sonrió.
El hombre de la cicatriz no.
—¿Por qué no Shanghái?
Pawel había esperado esa pregunta.
—Demasiados intermediarios. Precio alto. Certificados que no coinciden con la carga. Entregas divididas. Quiero conocer origen, capacidad y ruta antes de firmar.
El guardia escuchó la traducción.
Después miró las carpetas sobre la mesa.
—Aquí también intermediarios.
—Menos que en Shanghái.