El Barco. Último Viaje Capítulo 3 #2
16%

Capítulo 3 #2

—Quizá sí, quizá no. —El capitán le devolvió los binoculares—.

Recuerde esto, oficial Evans: nunca cuestione decisiones que ya se han tomado.

Es lo que es. Su sugerencia de ruta ofrecía ahorro de tiempo con un riesgo comparable.

En el momento en que tomé la decisión, actué con total corrección.

Que ahora se esté formando aquí una tormenta es simplemente mala suerte.

Todos somos expertos cuando ya ha pasado la tempestad.

—Sonrió y se dirigió a la salida—. Me voy a cenar.

Usted tiene el mando, oficial Evans. ¡El puente es suyo!

—Tengo el mando —confirmó Nia, cuadrándose con un saludo.

El capitán asintió y abandonó el puente con su uniforme de gala.

Una vez que se hubo marchado, Nia levantó de nuevo los binoculares y estudió la tormenta. Se les venía encima a una velocidad alarmante. No le gustaba ni un poco, pero las órdenes habían sido claras.

Comprobó el radar en busca de otros buques en la zona, pero estaban solos en un radio de ciento cincuenta millas náuticas. El Sistema de Identificación Automática tampoco mostraba nada.

Eso, al menos, era algo. Prestar ayuda a un buque en apuros era lo último que Nia quería tener que afrontar en medio de una tormenta.

Estaba en profundo desacuerdo con la decisión del capitán.

Ella habría alterado el rumbo para evitar la tormenta por completo.

¿Por qué navegar a sabiendas hacia el peligro?

Cierto, el MS Atlantica era un coloso construido para soportar mares bravos, pero ¿por qué tentar al destino?

Volvió a las ventanas y escudriñó la oscuridad. Habría jurado que vio un breve destello en la distancia, y el parpadeo de un… ¿anillo?

Nia frunció el ceño. ¿Qué acababa de presenciar?

Aparentemente nada, porque ahora no había ninguna luz ni anillo visible.

¿Quizá había sido un reflejo en el cristal? Las luces LED del puente estaban dispuestas en anillos de temática náutica en el techo.

Nia clavó la mirada durante dos minutos más, pero el destello no se repitió. El horizonte seguía oscuro. Negro, se corrigió mentalmente.

Con un desasosiego creciente revolviéndole el estómago, finalmente se volvió hacia la tripulación del puente.

—Estad atentos —ordenó.

Sus compañeros respondieron con asentimientos desde sus puestos.

—Gracias —dijo Nia antes de acomodarse en el puesto de trabajo del capitán para monitorizar los datos meteorológicos y los sistemas de navegación. Su mirada volvía una y otra vez hacia las ventanas, como si algo acechara ahí fuera… algo oscuro y perverso.

Nia Evans se estremeció. Se obligó a apartar la mirada de la oscuridad convulsa, pero la sensación de peligro inminente persistía, y se intensificaba con cada minuto que pasaba.

La risa de Megan tintineó como campanillas al viento mientras le cogía del brazo.

—Eres divertidísimo. —Tenía las mejillas sonrosadas por el exceso de champán y los ojos ligeramente desenfocados.

Jack sonrió.

—Pero en serio… ¿Goldwasser? ¿Quién sirve Goldwasser hoy en día?

—Negando con la cabeza, le ofreció el otro brazo a Chloe, pero ella declinó.

Había estado bebiendo y riéndose con ellos, pero se notaba que no le salía del corazón.

Ryan no había vuelto. Probablemente seguía en el bar, avanzando metódicamente por las reservas de ron.

Los tres cruzaron las amplias puertas de cristal del restaurante hacia la cubierta.

—¡Madre mía! —exclamó Megan cuando el viento arremetió de inmediato contra su vestido—. ¡Menudo ventarrón!

—Más bien vendaval. —Chloe se rodeó con los brazos, agarrándose la chaqueta con fuerza.

Jack arrugó la nariz.

—Chloe tiene razón. —Señaló hacia la oscuridad revuelta que tenían por delante—. Se nos viene un temporal serio encima.

—No me puedo creer que no hayan emitido un aviso —murmuró Chloe.

Cómo no.

Como si ella lo hubiera invocado, un tono de alerta nítido sonó por los altavoces exteriores, seguido de una voz de mujer que a Jack le resultó vagamente familiar.

—Buenas noches, estimados pasajeros. Les habla la segunda oficial desde el puente de mando.

Debemos informarles que encontraremos condiciones meteorológicas adversas en las próximas horas.

Una tormenta se aproxima y probablemente cruzará nuestra ruta dentro de treinta a sesenta minutos.

Por favor, tengan en cuenta las siguientes instrucciones de seguridad: rogamos a todos los pasajeros que permanezcan en sus camarotes o en las áreas públicas interiores durante la tormenta.

Por favor, manténganse alejados de todas las cubiertas exteriores.

Aseguren cualquier objeto suelto en su camarote y eviten movimientos innecesarios por los pasillos.

Nuestra tripulación está plenamente preparada y hará todo lo necesario para garantizar su seguridad.

Supervisaremos la tormenta de forma continua y proporcionaremos actualizaciones según sea necesario.

Gracias por su comprensión y cooperación.

Manténganse tranquilos y sigan disfrutando de su travesía a bordo del MS Atlantica .

Megan hinchó los carrillos con decepción.

—Vaya. Tenía muchas ganas de meterme en el jacuzzi esta noche.

Jack se encogió de hombros.

—Mañana seguirá ahí. Creo que voy a ponerme con ese thriller de ciencia ficción un rato.

—Tú sí que sabes —respondió Megan con una sonrisa cómplice.

Chloe, sin embargo, miraba con los ojos como platos la tormenta que se acercaba. Su voz sonó débil y preocupada.

—¿Sabéis dónde puede estar Ryan?

—La última vez que le vi, estaba en el Sky Bar.

Ella inspiró con un temblor.

—Entonces será mejor que vaya a buscarle.

Megan asintió.

—Que paséis buena noche, vosotros dos.

Chloe solo gruñó y se alejó a toda prisa, con el vestido y la chaqueta agitándose furiosamente contra el viento.

Jack, sintiendo también él el agradable calor del champán, se volvió hacia Megan.

—¿Y qué tiene planeado la señora? ¿Leer también?

—No creo. Puede que vaya al spa.

—¿Sauna?

—¿Por qué no? Ayer vi que tenían una sesión de cuencos tibetanos.

Las cejas de Jack se dispararon.

—Suena absolutamente apasionante.

—De eso se trata, listillo. —Megan le guiñó un ojo y se dirigió hacia los camarotes en la dirección opuesta.

—¡El viento está arreciando! —gritó el navegante.

Nia lo veía con sus propios ojos en la pantalla meteorológica del radar, y le estaba provocando una jaqueca.

—¡Ráfagas de hasta ochenta nudos! —anunció—. ¡Esas son condiciones de un temporal grave!

—¡Y están rotando!

También era visible en el monitor. Los vientos giraban ahora en un círculo casi perfecto alrededor de un ojo central hacia el que se dirigían de frente. Mientras tanto, el capitán disfrutaba tranquilamente de la cena en su mesa.

Aquello era una locura.

Navegaban directamente hacia el ojo de la tormenta, que apenas se había movido desde que lo habían detectado por primera vez. El plan del capitán de reaccionar a su movimiento había resultado inútil. Tenían que actuar de inmediato. No, se corrigió Nia: tendrían que haber actuado hace diez minutos.

—¡Cambio de rumbo! —ordenó con autoridad—. ¡Estribor diez grados… no, quince grados!

—¡Estribor quince grados, recibido! —El navegante introdujo el nuevo rumbo.

Mientras el enorme buque iniciaba su lenta virada, Nia levantó los binoculares de nuevo.

Ante ellos se alzaba un muro de pura furia.

El oleaje había crecido de forma espectacular, y cada ola que golpeaba el Atlantica lanzaba cortinas de espuma contra las ventanas del puente.

Sonaba como granizo sobre un tejado de chapa, mientras el viento impulsaba el agua con una violencia brutal.

—¡Reducid velocidad cuatro nudos! —ordenó Nia. La intensidad de la tormenta estaba escalando más allá de su zona de confort y quería minimizar la tensión en el casco. Con esos vientos rotatorios, la interferencia del oleaje podía generar fácilmente olas monstruosas.

—¡Velocidad reducida cuatro nudos, recibido! —confirmó el navegante, y añadió de inmediato—: ¡Estribor quince grados alcanzados!

Nia asintió con un gesto seco.

—¡Mantened rumbo! —Se lanzó hacia el panel de comunicaciones y le dijo al operador—: ¡Cerramos todas las áreas exteriores de inmediato!

—¡Cerrando áreas exteriores, recibido! —Ya estaba alcanzando el teclado para emitir el anuncio.

—¡El viento está cambiando otra vez!

Nia volvió corriendo al radar meteorológico. Lo que mostraba la pantalla le heló la sangre. Nunca había visto nada igual en quince años en el mar.

Los vientos, que momentos antes giraban alrededor del centro de la tormenta, ahora irradiaban en todas direcciones como los radios de una rueda. Ya no tenían viento en proa, sino de través.

—¡Mierda! —escupió Nia—. ¡Cambio de rumbo! ¡A babor noventa grados! ¡Tenemos que ir directamente contra el viento!

Los ojos del navegante se abrieron de par en par, incrédulos.

—¿He oído bien? ¿Quiere que naveguemos directo al centro?

—¡Sí! —gruñó Nia—. ¡A mí me gusta tan poco como a ti, pero con estas condiciones de viento necesito la máxima estabilidad!

—¡A babor noventa grados, recibido!

Nia sintió cómo el buque se estremecía mientras los motores se esforzaban por ejecutar la corrección de rumbo radical.

Su mirada sobrevoló las ventanas, donde la espuma volaba en horizontal, creando estelas fantasmales bajo las luces del barco.

Mierda , era todo lo que Nia podía pensar. ¿Estaba cometiendo el mayor error de su carrera o era exactamente la decisión correcta?

Las palabras del capitán resonaron en su mente. Cuestionar las decisiones tomadas no servía de nada. Había tomado su decisión basándose en la mejor información y el mejor juicio disponibles.

¿De verdad?

¡Sí! En condiciones como estas, tenía que encararse contra el viento y las olas para maximizar la estabilidad y la seguridad del buque. No había otra opción.

Nia apretó la mandíbula y rezó por haber tomado la decisión correcta.

Megan rebuscaba en el baño del camarote y salió con cara de pocos amigos.

—¡Estos albornoces son ridículamente cortos!