El baile que recordamos (Amor y otros sueños 4) Capítulo 12
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Capítulo 12

Capítulo Doce

Maxime

Dejo que el plato sucio se deslice en el fregadero de mi minúscula cocina americana. Mañana es el día. Vamos a vernos de nuevo. Llevo semanas intentando no pensar en ello, pero cada día que pasa se hace más difícil. Esta mañana, durante el desayuno, me sorprendí imaginando lo que podría pasar.

¿Volverá ese hormigueo? ¿Tendrá de nuevo ese efecto magnético sobre mí? ¿Qué dirá? ¿Y qué contestaré yo?

Estoy lleno de preguntas, preguntas sin respuesta.

Incluso mientras corría, seguía dándole vueltas. Durante el entrenamiento. En las comidas. Y ahora también, mientras friego los platos. Enjabono el plato, lo aclaro y lo dejo sobre el paño de cocina de rayas azules junto al fregadero.

Como tantas otras veces, cuando ya he repasado todo esto una y otra vez, se me escapa un suspiro pesado. Porque, en el fondo, no se trata de encontrar respuestas a estas preguntas. Lo esencial es que ni siquiera debería estar haciéndomelas.

Las palabras de David después de la reunión final en el salón Kong fueron más que claras.

Si Madame Durand llegara a enterarse del caos emocional que Aurora provoca en mí, lo considerará responsable de cada uno de mis errores.

Y si no logro mantenerme alejado de Aurora, incluso podría ser motivo de despido inmediato.

He revisado mi contrato y es la medida que se toma en casos así.

Sé que tengo que dejar a un lado estos sentimientos.

Actuaré como si ni siquiera existieran. Puedo hacerlo, estoy seguro.

Los problemas que uno deja sin atender se difuminan con el tiempo, como las fotos al sol.

Siempre ha sido así y sé que en mi caso funciona.

Me seco las manos, tomo el teléfono y marco el número de mi madre.

Es la distracción perfecta para mi mente revuelta.

Mientras suena, voy hasta la ventana, retiro la cortina y dejo que mi mirada escrute lo que observo afuera. Julio ha salpicado de color el verde del Parc des Buttes-Chaumont. Los parterres estallan con flores naranjas, amarillas y rojas.

En medio de esa explosión de colores, de pronto la distingo. Aurora. Está sentada en un columpio, con la vista perdida en la lejanía. Un chasquido me llega al oído.

— Bonjour .

Qué hermosa es. Su cabello oscuro cae en suaves ondas sobre los hombros, y hasta en la distancia su postura irradia elegancia.

—¿Maxime?

Ojalá pudiera ver también su cara, pero está demasiado lejos para distinguir ningún detalle.

—¿Hola?

Si ahora fuera hacia ella, podría descubrir si sus labios son de verdad tan perfectamente dibujados como los recuerdo.

—Siempre la maldita señal… ¿por qué no escucho nada? ¿Hola? ¿Debería hacerlo? Y, si lo hago, ¿qué voy a decirle cuando esté delante de ella? ¿Un simple bonjour ?

En algún lugar estalla un tono de llamada estridente. Ah, sí, la llamada. Sin pensar, echo un vistazo a la pantalla. ¿Era Maman quien me llamaba hace un momento? ¿O me ha colgado? Distraído, dejo el teléfono a un lado y vuelvo a mirar hacia Aurora.

¿Y ahora qué?

Ignóralo. Es la mejor estrategia.

Justo cuando estoy a punto de apartarme de la ventana, ella se levanta del columpio y se sacude el polvo de los vaqueros. Con una determinación nueva en la espalda erguida, abandona el área de juegos y se encamina hacia la gran avenida que atraviesa todo el parque.

Se va.

Impulsado por un arranque incontrolable, me doy la vuelta de inmediato, salgo disparado hacia la puerta del apartamento, bajo los dos pisos a toda velocidad y echo a correr hacia el parque.

¿Se me ha ido la cabeza?

No lo sé. Solo sé que quiero detenerla. No tengo ni idea de por qué. Simplemente porque sí.

Vaya idea de mierda, Maxime.

Maldita sea, ya lo sé.

—¡Aurora! —la llamo cuando por fin aparece a la vista. Echo a correr hacia ella y pronto estoy lo bastante cerca como para verla tragar saliva con dificultad. En cuanto me planto delante, sin aliento, su mirada se precipita al suelo.

—¿Y tus zapatos? —pregunta en su hermoso inglés, con un leve matiz italiano.

En cuanto lo dice, noto las piedrecillas puntiagudas atravesar los calcetines y clavarse en las plantas de los pies. Ah. Bueno, supongo que al menos eso responde a una de las preguntas sin respuesta. Sí, se me ha ido la cabeza. Del todo.

Me encojo de hombros.

—Ahora mismo es lo que se lleva.

¿Qué digo?

—¿Ah, sí? —La sonrisa traviesa que se le dibuja en la cara me vuelve loco—. Bueno, si ese es el caso… —sin apartar los ojos de mí, se quita las zapatillas. Luego su expresión se vuelve melancólica—. ¿Podemos hablar?

He revivido nuestro reencuentro en mi cabeza mil veces, pero ninguna versión ha sido tan surrealista como este momento. Siento como si no hubiera pasado ni un solo día desde que bailamos juntos.

¿Ella también se hace preguntas?

¿O acaso tiene respuestas?

Las plantas de los pies me laten de dolor, así que señalo con la cabeza hacia el césped.

—¿Allí?

Juntos, nos apresuramos hasta la zona verde y, cuando llegamos, simplemente seguimos caminando por el prado, más allá de los sauces llorones de ramas bajas, los rosales en flor y los arbustos de hoja perenne.

—Yo solo… —se aclara la garganta—. Quería darte las gracias.

Le resto importancia con un gesto. Al mismo tiempo, no me permito mirarla y mantengo la vista fija en los patos que descansan a la orilla del lago.

A mitad de camino, se detiene y me agarra del antebrazo.

—No lo habría conseguido sin ti.

Aunque no puede saberlo con certeza, suena convencida.

—Te han aceptado por tu talento. Yo no tuve nada que ver —respondo con la voz ronca. Es mejor que no sepa lo que pasó entre bastidores.

Niega enérgicamente.

—Me aceptaron por cómo bailamos nuestro mambo. —Sus palabras no son más que un susurro.

Al instante vuelvo al salón de baile con ella. Rodeo su cuerpo con la mano, siento su cabeza contra mi pecho y oigo su respiración agitada.

—¿Por qué lo hiciste? —me mira fijamente—. ¿Por qué bailaste conmigo?

No puedo responder a eso.

—Dímelo —suplica, aferrándose ahora también a mi otro brazo. Sus labios tiemblan casi imperceptiblemente—. Por favor.

Está... demasiado cerca.

Para colmo, se acerca aún más y se pone de puntillas. Su boca roza mi oreja y el olor a lluvia de verano me inunda.

—Tú también lo sentiste, ¿verdad? —susurra sin aliento.

No.

No, no, no.

Esto no está bien.

Suelta mis antebrazos. Su mejilla roza la mía un instante cuando se aparta, pero incluso ese sutil toque es demasiado.

Dios mío...

—¿Qué? —susurro, aunque en realidad quería decir algo completamente distinto.

Con delicadeza, toma mi mano y la guía hasta su clavícula. En cuanto la toco, noto su pulso desbocado. Y, como si eso no bastara, ahora apoya también su mano sobre mi corazón.

Pum.

Ninguno de los dos dice nada. Simplemente nos miramos. De pronto, todo lo que creía saber pierde su sentido.

En un solo movimiento la rodeo por la espalda, la atraigo hacia mí y la beso con tanta pasión que me mareo.

Nada ha sido nunca como este instante. Durante minutos, lo único que hacemos es besarnos. Sin despegarme de ella, la conduzco hacia uno de los pasadizos cubiertos de vegetación y la presiono suavemente contra el follaje.

Nos besamos, nos respiramos, nos sentimos. Es tan intenso que olvido dónde estoy, quién soy y por qué existo.

—Pero bueno, por favor, ¡esto es indignante! —nos reprende de pronto alguien justo a nuestro lado, en inglés.

Ignoramos la voz de la mujer, pero ella repite lo mismo una y otra vez. Hasta que, con el corazón encogido, pongo fin a nuestro beso.

A nuestro lado, una señora mayor se apoya en su andador. En la mano sostiene una guía de viaje.

—¡Esto es un parque público, tengan un poco de vergüenza!

De todo lo que dice, solo una palabra consigue abrirse paso hasta mi conciencia.

Público.

Me sobresalto y miro alrededor, desesperado. Mierda. ¿Qué demonios hago aquí?

—Menudos sinvergüenzas —sigue refunfuñando para sí misma la mujer. Se da la vuelta y se aleja arrastrando los pies por el sendero.

Aunque todo en mi interior se niega, pongo cierta distancia entre Aurora y yo.

—No podemos hacer esto —acierto a decir, sin aliento.

Aurora frunce el ceño y se aparta del follaje.

—¿Cómo que no?

Tiene una hoja puntiaguda enganchada en el pelo. Me muero de ganas de quitársela, pero no me atrevo a acercarme a ella otra vez.

—A partir de mañana voy a ser tu profesor.

Al principio parece que no lo asimila. Luego una expresión angustiada le cruza la cara.

—¿Qué...?

Me aclaro la garganta.

—Nos expulsarán a los dos de la academia.

Su expresión se convierte en puro pánico.

—Oh.

Sí. Más o menos así se resume todo.

—Es mejor si… —No puedo decirlo, simplemente no puedo.

Se queda inmóvil.

—Sí, por supuesto... —murmura distraída, enredando los dedos en las puntas de su pelo.

La miro con intención.

—Lo que acaba de pasar nunca ha pasado —digo—, así vamos a tratarlo. Como si nunca nos hubiéramos besado. Lo vamos a olvidar y todo irá bien.

Ella asiente con vacilación.

—Pero si nosotros...

Levanto la mano enseguida.

—Yo no estaba aquí y tú tampoco —suplico.

Luego me separo de su lado y echo a correr.

Puede que me esté llamando, pero, por muy duro que sea, no puedo prestarle más atención.

En lugar de eso, me repito mentalmente lo único importante: lo que acaba de pasar nunca pasó. Aurora es solo una alumna más.