El baile que recordamos (Amor y otros sueños 4) Capítulo 11
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Capítulo 11

Capítulo Once

Aurora

Seis semanas después

Apretando el teléfono con fuerza contra la oreja, dejo la maleta en el patio adoquinado del moderno edificio de apartamentos y permito que la mirada vague por la elegante fachada, con sus ventanales franceses.

Los cuarterones de madera blanca en los cristales resplandecen bajo la intensa luz de julio.

Aquí es donde voy a vivir a partir de ahora.

Increíble.

Sky y yo hemos seguido en contacto desde la audición. A ella también la aceptaron y sus padres han alquilado un apartamento con una habitación extra para mí.

Ha sido mi salvación, porque después de los gastos inmensos del tratamiento de mi madre, en casa apenas queda dinero. Ahora tendré que arreglármelas con un trabajo de media jornada.

—Ya estoy aquí —susurro al teléfono, sobrecogida, incapaz de creer del todo que esto esté ocurriendo de verdad.

A partir de ahora me formarán en la academia de danza más innovadora de Europa. Y, además, volveré a ver al hombre que no se me va de la cabeza desde la audición, aunque solo hayamos hablado una vez.

Es una locura, pero es verdad.

Desde que llegó al buzón la carta de aceptación de la academia, hace cinco semanas, he estado entrenando a diario.

No solo he perfeccionado mi baile, también he pulido mi ya buen inglés con la ayuda de Sky.

Ahora no tendré ningún problema para entender cada término técnico en la escuela.

Incluso he aprendido un poco de francés.

—Empieza una vida nueva —dice mi hermano al otro lado de la línea. De pronto estalla un aplauso. Debe de venir de mis hermanas, Camilla y Alessia, que están escuchando nuestra conversación por el altavoz.

No es solo una vida nueva para mí; es una vida nueva para todos.

Alessia está a punto de empezar la universidad en Roma.

Camilla se va a vivir con Pietro. Y Vico se marcha de nuestro pueblo, Collina da Sogno, sin saber siquiera adónde quiere ir.

Siento como si nuestra familia se estuviera deshaciendo después de la muerte de mamá, pero todos tenemos que seguir adelante.

—Una vida nueva —repito, conmovida, dando una vuelta sobre mí misma. El centro de París se desliza a mi alrededor y la punta de la Torre Eiffel se recorta a lo lejos contra el cielo de un azul deslumbrante.

—Bueno, será mejor que entre ya —alargo la mano hacia la maleta.

—Demuestra de qué estás hecha —dice Vico.

—¡Pronto iremos a verte! —grita Alessia desde el fondo.

—Sería genial. —Ya estoy deseando tener de nuevo a mis hermanos a mi lado.

Pero por ahora me puede más la impaciencia por ver a Sky. Así que me despido rápido, guardo el teléfono en el bolso y entro en el edificio.

Pocos minutos después, me planto ante la puerta con el número cinco, trazado en una elegante curva.

Llega música desde dentro, así que Sky está en casa. Aprieto el timbre y la puerta se abre para descubrir a mi compañera de piso, que baila desatada por un pasillo más amplio que el salón de la casa de mis padres.

El suelo brilla y compite en fulgor con los espejos que adornan las paredes. En las ventanas cuelgan cortinas vaporosas de color marfil, recogidas con cordones dorados.

Vaya.

Nos damos un abrazo cálido a modo de saludo y luego yo, boquiabierta, la sigo hasta una sala de estar tan grande como un salón de baile. Allí se acerca bailando al equipo de música y baja el volumen.

—¡Por fin estás aquí!

Dejo resbalar el bolso sobre el elegante parqué en espiga y suelto la maleta.

—Este lugar es un sueño hecho realidad.

Ella le resta importancia con un gesto modesto y da un paso atrás.

—¿Te ayudo a deshacer tu equipaje?

Sin esperar mi respuesta, agarra mi maleta y la lleva a la habitación. En la puerta ha colgado un cartel con mi nombre.

Entro en la habitación y me cubro la boca con las manos.

—Es demasiado —susurro, con la mirada clavada, incrédula, en la ventana descomunal. En la parte inferior hay un banco empotrado. Sobre él se han dispuesto cojines de colores que invitan a acomodarse, casi suplicando que me deje caer allí.

Una vez más, Sky actúa como si todo esto fuera de lo más normal.

—Aquí tienes tu armario. —Señala un hueco en la pared.

Me acerco y echo un vistazo al interior.

—No. Puede. Ser.

Ya durante la semana de audiciones, sus conjuntos a la última y sus accesorios me hicieron intuir que sus padres debían de tener mucho dinero. Pero esto es otra liga.

Se ríe, divertida, y luego me enseña mi cuarto de baño.

Volvemos a la habitación y empezamos a deshacer la maleta.

Más de una vez me planteo preguntarle por esa riqueza tan evidente, pero cada vez que he intentado saber algo más de su familia, ha esquivado el tema.

Lo único que sé es que viven en Suecia. Nada más.

Parece incomodarle, así que preferimos hablar de todo lo emocionante que nos queda por delante.

Galas, espectáculos, apariciones en televisión, competiciones…

nos van a preparar para todo eso. ¿Dónde acabaremos?

Media hora después, mi ropa está perfectamente colocada en el vestidor y podemos centrarnos en decorar la pared desnuda detrás de mi cama.

Ya he sujetado el cordón dorado con las pinzas.

Ahora, con un respeto casi reverente, saco de la maleta la caja metálica en la que he ido guardando los mayores tesoros de mi vida.

—¿Qué es eso? —Sky se inclina, curiosa, sobre la caja.

Abro los cierres y levanto la tapa.

—Fotos. —En realidad es mucho más que eso, pero no sé cómo expresar con palabras lo que significa este tesoro para mí.

Con cuidado, tomo la primera. En ella salgo en el jardín de detrás de nuestra finca en la Toscana, cuando tenía cinco años. Estoy bailando, radiante, con mi madre. Llevamos flores en el pelo y el prado alto que se extiende a nuestra espalda está salpicado de rojo y azul.

Como si Sky intuyera que es mejor no decir nada, observa cómo paso suavemente la yema del índice por el borde de la foto y luego la sujeto al cordón con una pinza blanca.

Le siguen innumerables recuerdos, y con cada nueva foto que adorna la pared junto a la cama me siento un poco más en casa.

Por último, cuelgo una foto de mi primera competición. Enzo y yo bailamos un tango ardiente. Yo, con un vestido rojo intenso y el pelo recogido en una coleta tirante; él, con una camisa negra entreabierta y unos pantalones amplios.

—Qué pena que él no lo consiguiera —dice Sky.

Asiento con la cabeza. La culpa vuelve a apoderarse de mí.

Igual que todo lo que sentí durante la semana de audiciones.

Sobre todo, lo que Maxime despertó en mí.

Sigue intacto en mi interior. No he dado ni un solo paso de baile sin imaginar que él estaba a mi lado. Y por las noches he soñado con él.

Sueños en los que nos conocemos de verdad.

Sueños en los que bailamos juntos. Sueños en los que me abraza fuerte mientras apoyo la cabeza en su hombro y escucho los latidos de su corazón.

Y sueños en donde alzo por fin la barbilla y lo beso con una pasión que nunca he sentido por ningún otro hombre.

Un suspiro se escapa de mis labios.

Me muero de ganas de volver a verlo. No solo para saber si volverá a despertar en mí esos sentimientos, sino también porque necesito con desesperación una respuesta a una pregunta.

¿Por qué bailó conmigo?

He soportado seis semanas eternas de espera y ahora necesito saberlo. Claro que podría preguntárselo en nuestra primera clase de baile, pero preferiría mil veces estar a solas con él cuando lo haga.

Para ver qué pasa.

Conmigo.

Con él.

Con nosotros.

Puede que sea ingenua, pero sigo esperando que hoy esté haciendo su entrenamiento de resistencia en el Parc des Buttes-Chaumont.

Tengo que intentarlo. En cuanto vacío la maleta, la cierro y la dejo en un rincón del armario.

—Voy a estirar un poco las piernas —digo a toda prisa mientras me lanzo hacia la puerta—. A más tardar en dos horas estoy de vuelta y entonces preparo espaguetis para las dos —añado rápidamente, antes de que a Sky se le ocurra acompañarme.

Me encantaría charlar con ella, pero para lo que tengo en mente es mejor estar sola.

—Vale —dice, alzando la mano con gesto sorprendido—. Hasta luego.

Le devuelvo el gesto con la mano y salgo por la puerta.

A los pocos pasos, el corazón me late tan deprisa como si acabara de correr los cien metros lisos.

No se calma hasta que llego al parque. Enseguida escruto a los numerosos visitantes que me rodean.

Recorro todos los senderos, paso junto a los estanques, los puentes y las pérgolas salvajes y cubiertas de maleza, que desprenden un intenso aroma a vegetación exuberante.

Peino cada rincón del parque, pero no lo encuentro.

Son poco más de las seis de la tarde.

¿Vendrá más tarde? ¿Corre todos los días? Y si es así, ¿su recorrido lo trae siempre a este parque?

Tras más de una hora caminando entre el verde, me dejo caer en un columpio de uno de los parques infantiles. A mi lado, dos niños hacen castillos de arena y se ríen entre dientes. Pero por muy adorables que sean, mi atención está puesta únicamente en la gente del parque.

Porque no pienso perder la esperanza. Tiene que venir.