Capítulo Once #2
—Dime tú que estoy viendo visiones —replicó Marisa con una ligereza que no sentía, fijándose en cómo Gennaro se mantenía protectoramente junto a su hermana y en la expresión de sus ojos. Era como si el Hombre de Hielo se hubiera derretido.
En el tiempo transcurrido desde que Luisa había enviado el mensaje, se habían reconciliado por lo que fuera que había sido tan grave como para hacer que Luisa quisiera irse a casa, y mirando de nuevo a Gennaro, Marisa tuvo el fuerte presentimiento de que el lunes ninguno de los dos iba a presentar el divorcio.
—No soy yo la que va de la mano con un Esposito —Luisa clavó la mirada en Rico y siseó—: ¿Qué coño haces con mi hermana?
—¡Luisa! —jadeó Marisa, poniéndose instintivamente delante de Rico para protegerlo de la ira de su hermana.
—¡No me vengas con Luisa! ¡Sabes quién es! ¿Cómo has podido ser tan estúpida?
Herida por el veneno de su hermana, se atragantó: —¡Pensé que querías que encontrara a alguien!
Su hermana levantó las manos al cielo. —¡A cualquiera menos a él!
—¡Pero si ni siquiera lo conoces!
—Es un Esposito. ¿Qué más necesito saber?
—Es lo mejor que me ha pasado en la vida, eso es lo que necesitas saber. No he sido más que una sombra durante años, y Rico ha traído alegría y color a mi vida, y lo amo y él me ama y nos vamos a casar.
Si Marisa no estuviera tan disgustada, le habría hecho gracia ver cómo a su hermana, a sus padres y a Gennaro se les desencajaba la mandíbula a la vez.
—Solo tienes prejuicios —continuó con la voz temblorosa—. Crees que por ser hijo de Lorenzo tiene que ser como él, lo cual te convierte también en una hipócrita, teniendo en cuenta que parece que te has enamorado del hijo del hombre que llevó a nuestra familia al borde de la bancarrota.
—Pero no es solo por ser hijo de su padre —suplicó Luisa. Tenía el rostro tan pálido como el de su madre—. Ha hecho cosas. Cosas terribles.
—Al menos él no utilizó como arma la inminente bancarrota de nuestros padres en su propio beneficio —replicó—.
Ese es el hombre del que tú te has enamorado, un hombre que ha pasado los dos años de vuestro matrimonio tratándote de forma abominable.
Rico no me ha hecho daño a mí ni a ninguno de vosotros, y sin embargo lo señalas con el dedo acusador cuando él es quien pagó para que el equipo médico de papá estuviera de guardia aquí, sin más motivo que querer ayudar.
Así es Rico. No es perfecto, pero es perfecto para mí.
Nadie habló. Pese a lo acalorado del intercambio, ninguna de las hermanas había alzado la voz y, sin embargo, Marisa se sentía tan desdichada y agotada como si se hubieran gritado a la cara, y le partía el corazón ver sus propios sentimientos reflejados en el rostro de su hermana.
Fue su madre quien rompió el silencio. Clavó la mirada aturdida en Rico.
—Eres tú —suspiró—. Eres tú.
Solo Marisa sabía a qué se refería. Las cartas.
—Sí —susurró, buscando a tientas la mano de Rico a su espalda—. Es él.
Rico le apretó los dedos antes de apartarse de su posición protectora para dirigirse directamente a sus padres.
—Sé que no soy el típico contable o médico con el que probablemente esperabais que Marisa sentara la cabeza, pero amo a vuestra hija y os doy mi palabra de que nunca le haré daño ni permitiré que nadie se lo haga. Contará con toda mi protección...
Dirigió la mirada hacia Luisa.
—Todos contaréis con ella.
Si sus padres realmente le creyeron o simplemente querían arreglar las cosas, Marisa no lo sabía, pero su madre, y luego su padre, los abrazaron a ambos; su padre incluso bromeó diciendo que Marisa necesitaba un anillo de compromiso.
Hasta Gennaro estrechó la mano de Rico y besó a Marisa.
Y entonces sus padres parecieron caer en la cuenta de que no solo Marisa se había enamorado, sino que su hija mayor se había enamorado, contra todo pronóstico, de su propio marido, y los besos y abrazos volvieron a empezar.
Solo Luisa permaneció implacable.
Más tarde, después de que los seis compartieran un almuerzo que desbancó a su primera comida en Accardiano como la más incómoda de la historia, Luisa se excusó para ir al servicio. Marisa contó hasta veinte y la siguió.
Esperó a que Luisa saliera del cubículo y se pusiera a lavarse las manos para hablar.
—Me alegro de que Gennaro y tú os hayáis encontrado.
Luisa no respondió, pero clavó en ella una mirada desdichada a través del espejo.
—Quiero que seas feliz —continuó Marisa, decidida a decir lo que tenía que decir sin llorar—, y si él te hace feliz, eso es lo único que importa. Solo te pido que me muestres la misma cortesía y compasión, porque nunca en toda mi vida he sido tan feliz como lo soy con Rico.
Luisa irguió el cuello y, con voz carente de emoción, dijo:
—Ahora eres feliz, pero un hombre como Federico Esposito no se puede domar ni es de fiar. Va a destrozarte.
Luisa se secó las manos en el vestido y salió del baño sin mirar atrás.
A la mañana siguiente, Rico tuvo que dejar a Marisa después del desayuno para la última prueba del traje de boda, lo que le pareció un chiste, ya que les habían dicho que la prueba anterior era la última, pero no: esta prueba era para asegurarse de que los arreglos se habían hecho como era debido.
Sin embargo, una vez en la suite de su padre con el novio y los demás padrinos (salvo el padrino principal, que seguía en su castillo toscano reteniendo como rehén a la problemática inglesa), tras observar a todos los presentes, empezó a sentir un cosquilleo de inquietud en las tripas.
Supuso que era normal que algunos novios estuvieran pálidos la víspera de la boda, teniendo en cuenta el compromiso de por vida que estaban a punto de asumir, pero Niccolo no solo estaba pálido, tenía mal aspecto, como si le hubieran sacado el relleno y cortado los hilos de marioneta que lo sostenían.