El baile de la virgen con el diablo (La boda Martinelli nº 3) Capítulo Once #3
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Capítulo Once #3

Rico intentó captar la mirada de su padre para ver si había notado el semblante nada alegre del supuestamente feliz novio, pero su padre tampoco tenía muy buen aspecto.

En lugar de presidir la reunión como siempre, Lorenzo estaba en el sofá de la zona de estar, frotándose el pecho mientras Giuseppe Martinelli le daba la tabarra.

A Rico le hacía gracia ver al hombre que ostentaba uno de los ducados más antiguos de Italia, y que había pasado años mirando a su padre por encima del hombro con desdén aristocrático, sentirse obligado a hacerle la pelota, y también le hacía gracia hasta qué punto Giuseppe había seguido el juego a los planes de su padre, ya que la única razón por la que Lorenzo había orquestado la boda era para romper el techo de cristal que la aristocracia italiana había sellado a cal y canto para mantenerlo fuera.

El plan maquiavélico de su padre había funcionado mejor de lo que ninguno de ellos habría soñado.

Una vez celebrada la boda, los Esposito habrían traspasado la última frontera de la sociedad italiana.

Nada mal para un puñado de gánsteres napolitanos.

Le hacía gracia que el plan definitivo de su padre para entrar en política estuviera avanzando con la ayuda involuntaria de los esnobs imbéciles que lo despreciaban.

También le hacía gracia ver a los hijos de Giuseppe —el títere sin hilos que era Niccolo y el ahora afable Gennaro (bueno, afable era un término discutible, pero comparado con su habitual comportamiento gélido y con un palo metido por el culo, Gennaro estaba ahora tirando a templado)— ignorarlo.

Le hacía gracia que, de todas las personas que odiaban a Giuseppe Martinelli, sus propios hijos encabezaran la lista.

Rico prefería tomárselo con humor, ya que la alternativa sería dejar que la rabia se apoderara de él contra el hombre que había hecho todo lo posible por destruir a la familia de Marisa.

Por mucho que Marisa odiara a Giuseppe, Rico sabía que le angustiaría que él diera rienda suelta a su rabia y, pongamos, le rompiera las piernas al cabrón.

Digan lo que quieran del padre de Rico, pero al menos conocía el significado de la lealtad. Todos los Esposito lo conocían.

Cuando Giuseppe se levantó para charlar con Leonardo, que ese día parecía extrañamente apagado y también tenía un aspecto algo pálido, Rico aprovechó para ocupar su asiento.

—¿Estás bien? —le preguntó a su padre en voz baja.

En lugar de fingir como siempre que era invencible, su padre hizo una mueca. —Indigestión.

—No me sorprende después de aguantar a ese idiota.

—Nuestro idiota útil —le recordó su padre con un dejo de diversión.

Al notar el leve jadeo en la voz de su padre, Rico lo observó con más atención. No sabía si se lo estaba imaginando, pero el intenso bronceado de su padre parecía tener un tinte grisáceo.

—Tienes mala cara.

—El estrés de esta maldita boda —descartó su padre con otra mueca—. Estaré bien en cuanto se casen.

—Estás notando lo mismo que yo, ¿eh?

—Sí. La amante inglesa no se ha puesto en contacto, ¿verdad?

—Nada. No puede hacer una llamada ni enviar un correo o un mensaje sin que nos enteremos.

—Coloca hombres en los tres aeropuertos más cercanos a ella para interceptarla si hace falta.

Está embarazada y su amante está a punto de casarse con otra mujer; cuanto más se acerque la boda, más probable es que actúe.

Y pon hombres en el aeropuerto de Florencia por si su hermana intenta escapar otra vez; faltan solo unas horas para la boda y estará desesperada. Vigila también las estaciones de tren.

Rico no iba a ponerse a discutir si la hermana podía escapar del castillo o no.

La seguridad de Dante era de primera, e incluso si por algún milagro lo conseguía, los hombres de Rico tenían todas las salidas cubiertas.

Su padre no se había convertido en el hombre más poderoso de Italia siendo un necio que no desconfiaba de todos y de todo.

—¿Quieres que vigile al novio?

Su padre negó con la cabeza y le dio una palmadita en la rodilla.

—De eso se encarga Mattia. Tú disfruta de tu unicornio. Es una chica estupenda.

Rico había convencido a Marisa de sentarse con su familia durante el espectáculo de cabaret en el salón de baile la noche anterior.

Como había predicho, su padre quedó encantado.

Incluso su madre había asentido con aprobación, y eso que odiaba a todas las mujeres que Rico le había presentado.

Las amenazas de romperles las rótulas habían conseguido que sus hermanos se comportaran con ella.

Las amenazas de romperles los codos habían conseguido que ni siquiera mencionaran esa maldita apuesta.

Rico había ganado la apuesta, pero el único premio que quería era Marisa, y solo cuando ella llevara su anillo en el dedo le confesaría la verdad, por mucho que las tripas le exigieran hacerlo ya.

Ahora que la tenía, haría cualquier cosa —cualquier cosa— por conservarla, y si eso significaba acallar su conciencia hasta que estuvieran casados, que así fuera.