El baile de la virgen con el diablo (La boda Martinelli nº 3) Capítulo Diez #3
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Capítulo Diez #3

—Tenía más expectativas puestas en ellos.

Yo era el hijo menor, así que me salía con la mía mucho más.

Supongo que ayudó que compartiéramos la pasión por los coches antiguos y que siempre he sabido hacerlo reír.

—Giró la cabeza para mirarla—. Conozco la reputación que tienen mi padre y toda mi familia.

Sé que la gente de las altas esferas nos mira por encima del hombro cuando no estamos delante y nos hace la pelota a la cara.

Somos demasiado poderosos para que nos desairen.

—Demasiado aterradores —aclaró ella.

—Sí. Eso también. Trátanos con honor y respeto, y te lo devolveremos.

Pero si nos faltas al respeto, nos traicionas o intentas estafarnos, prepárate para pagar las consecuencias.

En cuanto formas parte de nuestra familia, te unes a nuestras filas y te conviertes en uno de nosotros.

Cuando Niccolo se case con Siena el sábado, se convertirá en mi hermano y en hijo de mi padre, y estará protegido el resto de su vida.

—¿Protegido de qué?

—De su propia imprudencia. Niccolo es temerario. —Rico sintió un pinchazo inesperado e indeseado en la conciencia al recordar cómo los Esposito se habían aprovechado de esa temeridad para sus propios fines: el matrimonio con Siena.

—¿Qué pasa? —preguntó Marisa.

Acalló su conciencia de inmediato y sonrió. —Nada.

—Se te han nublado los ojos.

Dios, qué observadora era... aunque probablemente ella lo atribuiría a que Dios la había hecho así. —Hay cosas que es mejor que no sepas.

—Entonces sí pasa algo.

—Depende de tu definición de malo, y como la tuya es muy diferente de la mía, créeme cuando te digo que hay cosas que es mejor que no sepas.

—Rico, no puedo casarme sabiendo que mi marido me ocultará cosas. Los dos elegimos todo, y eso significa todo. Sin secretos.

—¿Ni siquiera si es por tu propia protección?

—Especialmente entonces. —Le recorrió la nariz y el pómulo con el dedo—. ¿Cómo puedo protegerte si me ocultas cosas?

Eso lo hizo sonreír. —¿Tú, protegerme a mí? Si eres la mitad de grande que yo.

Ella le dio un golpecito en la punta de la nariz. —Proteger tu alma.

Sonó la campana junto a su cama balinesa.

Rico se desperezó y se bajó de la cama. Recogió las bebidas que les traía el camarero y le dio la suya a Marisa.

Brindaron y bebieron por las pajitas, pero el potente líquido apenas le había tocado la lengua cuando el teléfono le vibró en el bolsillo.

Lo llevaba en el bolsillo trasero del bañador, así que lo sacó; lo habría ignorado si no hubiera aparecido el nombre de su padre en la pantalla.

—Hablando del rey de Roma —dijo con ironía, mostrándole la pantalla a Marisa—. Será mejor que conteste.

Normalmente se habría alejado para hablar en privado, pero después de la conversación que acababan de tener, pensó que era mejor quedarse.

Estaba seguro de que Marisa pronto comprendería por qué era mejor mantener ciertas cosas en secreto, y también que habría situaciones en las que tendría que ocultarle cosas, pero eso quedaba para el futuro.

Esto era el presente, y aunque antes había sentido otro tipo de remordimiento e intentado ofrecerle una salida, aquello había sido un arrebato de locura que no permitiría que se repitiera.

Si Marisa quería ser la guardiana de la conciencia de ambos, por él perfecto: el breve contacto de Rico con la suya lo había llevado a intentar sabotear lo mejor que le había pasado en la vida.

Sin embargo, en cuanto su padre empezó a hablar, se arrepintió de no haberse alejado un momento.

—¿Qué pasa con la inglesa? —quiso saber su padre—. ¿La situación sigue bajo control?

—No pasa nada —respondió con cautela—. Todo está bajo control. No puede irse. —Miró de reojo a Marisa para ver cómo reaccionaba, pero ella había sacado el móvil del bolso de playa y estaba leyendo algo con el ceño fruncido.

—Quiero que aumentes el número de hombres vigilando el Castello.

—¿Sabes algo que yo no sepa?

—No. Solo mi instinto.

Si había algo en lo que Rico confiaba, era en el instinto de su padre.

Tenía una habilidad asombrosa para olfatear problemas cuando nadie más olía nada.

Su instinto para calar a la gente era incomparable.

—Me pongo con ello ahora mismo —prometió, y volvió a mirar a Marisa.

Ella lo observaba con angustia en la mirada.

—Bien. Diles que informen cada hora.

—Claro. ¿Algo más?

—No... Oye, ¿dónde estás? No te vi en el desayuno.

—En la playa.

Su voz adquirió un tono cómplice. —¿Con la chica Rossellini?

Rico se prometió matar a sus hermanos. —Sí.

Su padre soltó una risita y bajó la voz. —Por muy excepcional y hermosa que sea, no olvides tus responsabilidades.

—No lo haré.

Terminó la llamada mientras la aprensión crecía en su interior. No tenía forma de saber cuánto de esa conversación había escuchado Marisa, pero la angustia que emanaba de ella indicaba claramente que había oído y comprendido las dos partes.

Se preparó para lo peor, pero al principio creyó haber oído mal cuando ella dijo: —Mi hermana se ha ido.

Frunció el ceño.

Le tembló la barbilla y le tendió el teléfono. —Luisa se ha ido a casa.