Capítulo Diez #2
—Vas a tener que contárselo en algún momento, a menos que quieras casarte conmigo sin que tu familia esté presente —bromeó.
—Lo sé. Solo es cuestión de elegir el momento adecuado.
Estar aquí los ha puesto a todos bajo mucho estrés, y también hay que tener en cuenta a tu familia.
Esta es la boda de tu hermana, así que es su momento, y no me parece justo restarle protagonismo.
—Y que Rico Esposito, el notorio playboy e hijo del mismísimo Lorenzo Esposito, anunciara su compromiso sin duda causaría revuelo.
—De acuerdo, ese es el argumento para esperar hasta después de la boda para hacerlo público. ¿Cuáles son los argumentos en contra?
—Odio que tengamos que escondernos para estar juntos. Es como si estuviera viviendo una doble vida. No estoy hecha para los secretos y las mentiras.
—Marisa, eres incapaz de mentir.
—Las mentiras por omisión siguen siendo mentiras.
—Alzó la vista para observar un par de vistosos pájaros de colores que pasaban volando sobre ellos, y suspiró—.
Ojalá pudiera garantizar que te aceptarán.
Creo que mis padres al menos fingirán aceptarte por mi bien, pero Luisa...
no tengo ni idea de cómo reaccionará; si intentará matarme primero a mí o matarte a ti.
Él se rio, y sus dientes blancos y rectos relucieron bajo la luz del sol. —Es curioso —dijo—, pero habría pensado que te preocuparía más casarte con mi familia que a mí casarme con la tuya.
Así habría sido ni siquiera una semana atrás. Ahora, con lo que sentía por Rico, él podría ser el hijo del mismísimo Satanás y ella aún querría pasar el resto de su vida con él.
—Me caso contigo, no con tu familia.
—Pero son mi familia, y casarte conmigo los convertirá en tu familia, igual que casarme contigo hará que la tuya sea la mía. Formo parte de ellos, y sabes lo que somos, ángel. Nuestros negocios son legítimos, pero sabes que se construyeron con dinero sucio y de dónde salió ese dinero.
—¿Has estado involucrado en esa parte del negocio?
—No, mi padre ya era prácticamente legítimo cuando llegué a la adolescencia, pero he hecho muchas cosas malas para mantener nuestro pasado oculto y consolidar nuestra legitimidad.
Ella dudó antes de preguntar:
—¿Y las seguirías haciendo ahora?
Él guardó silencio durante un largo rato.
—Si fuera para proteger a mi familia, sí.
De repente, se detuvo y le tomó el rostro entre las manos.
—Aún estás a tiempo de alejarte. Nadie sabe lo nuestro. Puedes irte y nadie tiene por qué enterarse jamás.
El último vestigio de su resplandor de felicidad se desvaneció.
—¿Has cambiado de opinión sobre casarte conmigo?
—En absoluto, pero he estado tan absorto en lo que siento por ti que no he pensado en lo que el matrimonio significará para ti. Tienes el alma más pura, Marisa, y no quiero ser yo quien la dañe.
Al mirar sus ojos preocupados, algo se derritió dentro de ella, y le rodeó el cuello con los brazos.
—Te quiero, y quererte significa aceptarte tal como eres, pero Rico, el hombre que he llegado a conocer y del que me he enamorado no tiene nada que ver con el hombre que la gente dice que eres.
—Eso es solo porque eres tú. Contigo soy diferente. Me haces sentir diferente. Quiero luchar contra dragones por ti, hacerte el amor, protegerte, reír contigo, todo eso. Quiero encogerte hasta que quepas en mi mano para meterte en el bolsillo y llevarte conmigo a todas partes.
El resplandor volvió a burbujear dentro de ella y una sonrisa se le escapó ante la imagen.
—Si hicieras eso, podría ser tu conciencia.
Él le rozó la punta de la nariz con la suya.
—Ya lo eres. Pero tienes que aceptar que si te casas conmigo, mi lealtad a mi familia seguirá intacta, y a eso me refiero cuando digo que aún estás a tiempo de alejarte.
—Pero ya tomé mi decisión, ¿recuerdas? Lo elegí todo, y tengo fe en que cuando lo necesites, mi conciencia protegerá a los dos.
—Si tengo alma, es negra.
—Dios nunca te habría puesto en mi camino si eso fuera cierto, así que dejemos esta charla tan morbosa. Este es nuestro momento, así que busquemos una cama y pidamos algo de comer, porque me muero de hambre.
La playa estaba más concurrida que los otros días, y esta vez Marisa agradeció que Rico corriera las cortinas.
Como ninguno de los dos había comido, pidieron al personal del bar que les preparara un brunch, y les sirvieron huevos al horno con espinacas, espárragos y prosciutto sobre pan crujiente tostado, una cesta de bollería y una cafetera de café.
Lo devoraron todo y, como aquello parecían unas vacaciones, cuando llamaron para que recogieran los platos, pidieron un cóctel cada uno.
En lugar de tentarla a hacer el amor, Rico bostezó y se acurrucó contra ella con la cabeza en su regazo.
Ella le pasó los dedos por el pelo.
—¿Estás cansado?
—De repente me siento agotado.
—Pues duérmete.
—No quiero dormir.
—No seas crío. Si estás cansado, duerme.
—Los viejos echan siestas. Hasta mi padre ha empezado a echarlas.
—¿Cuántos años tiene?
—Sesenta y seis.
—Eso no es tan viejo.
—Lo es cuando todavía persigues a mujeres de la edad de tu hija.
Lorenzo era un mujeriego infame, mucho más que sus hijos. De pequeña, Marisa había oído historias susurradas con desaprobación sobre fiestas sexuales con hombres ricos y poderosos y mujeres jóvenes de veintitantos años, organizadas por Lorenzo Esposito, que participaba en ellas con entusiasmo.
—¿Qué clase de padre y esposo es?
—Un esposo terrible pero un gran padre.
—Explícate.
—¿Por qué?
—Porque va a ser mi suegro, así que quiero estar preparada.
—Le vas a encantar.
—¿Cómo lo sabes?
—Simplemente lo sé. Es religioso como tú. Ha pasado dos décadas intentando enterrar su pasado, así que verá tu boda con la familia como una señal de Dios de que ha sido perdonado.
—¿Cómo llegas a esa conclusión?
—Eres como la Virgen: irradias bondad.
Como los dedos de Rico estaban en ese momento deslizándose por la cara interna de su muslo, y Marisa esperaba que el camarero se diera prisa con los cócteles para quedarse a solas de nuevo y que Rico pudiera complacerla, resopló.
—Qué va.
—Oh, te estoy corrompiendo, lo sé —dijo él con pereza, deslizando un dedo bajo la braguita del bikini—. Pero tú me estás domesticando, así que estamos en paz.
Mientras sus células volvían a llenarse con el resplandor de la felicidad, ella suspiró.
—¿Puedo preguntarte...? Cuando dices que persigue a mujeres de la edad de tu hermana, ¿eso significa que las historias sobre él son ciertas?
—Todas las historias sobre él tienen algo de verdad. Las de él y sus mujeres, más que algo.
Se le revolvió el estómago. —¿Por qué tu madre sigue con él?
—Porque no le importa. Mis padres no comparten cama desde que nació Siena. Están juntos desde el colegio, y su matrimonio les funciona. Nunca se separarán.
—A mí me importaría.
—Lo sé, y a mí también. Ahora eres la única mujer para mí, ángel, y yo soy el único hombre para ti.
—Hasta que la muerte nos separe.
Le besó el vientre. —Hasta que la muerte nos separe.
Mientras le masajeaba la cabeza con aire satisfecho, dijo: —Entonces, tu padre... ¿terrible marido pero gran padre?
—Conmigo, genial. Mattia y Tommaso quizá no opinen lo mismo. Siempre ha sido más duro con ellos.
—¿En qué sentido?