El baile de la virgen con el diablo (La boda Martinelli nº 3) Capítulo Diez
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Capítulo Diez

Pasó mucho, mucho tiempo antes de que Rico fuera capaz de hablar. Marisa estaba acurrucada contra él, mientras él le acariciaba los largos mechones de su sedoso cabello. Sentía los latidos del corazón de ella contra sus costillas y sabía que ella podía sentir los suyos contra su mejilla.

Tuvo que tragar saliva para murmurar: —¿Estás bien?

Su respuesta fue un somnoliento: —Creo que sí.

—¿Te hice daño?

Ella levantó el rostro para apoyar la barbilla en su pecho y sonrió soñadora. —No. Fue hermoso.

Parte de la tensión que había estado soportando se disipó.

—Gracias —dijo ella con suavidad.

Casi se echó a reír. ¿Ella le estaba dando las gracias a él? Si no pensara que las piernas le fallarían mientras se recuperaba del orgasmo más intenso de su vida, se habría puesto de rodillas para adorarle los pies en agradecimiento por el mayor regalo que jamás le habían hecho.

La miró a los hipnotizantes ojos castaños. —Te quiero.

Su suspiro fue tan soñador como su sonrisa. —Yo también te quiero... —Su sonrisa vaciló un poco—. Te vas a quedar esta noche, ¿verdad?

—No voy a ir a ninguna parte —prometió, y cuando ella volvió a apoyar la mejilla en su pecho y bostezó, la estrechó con más fuerza entre sus brazos, deseando que pudieran quedarse así para siempre. Solo ellos dos.

Tras un largo silencio, ella susurró adormilada: —¿Hablabas en serio? ¿Lo de casarte conmigo?

—Me casaría contigo ahora mismo si pudiera.

Ella le besó el pecho y se acurrucó aún más contra su piel.

Pronto, su respiración se hizo más profunda y se quedó dormida.

Rico también debería tener sueño. Solo había dormido unas pocas horas después de cerrar el casino.

Siempre le resultaba imposible conciliar el sueño justo después de trabajar, y como era demasiado temprano para ver a Marisa, había optado por lo más parecido: seguir leyendo su libro, hasta dejarlo a las siete.

Se había despertado a las once, y en lugar de darse la vuelta y volver a dormirse, se había preguntado qué estaría haciendo Marisa, y en cuanto se lo preguntó, ya no hubo vuelta atrás. Tuvo que levantarse a buscarla.

Tenía la cabeza demasiado saturada para dormirse. ¿Qué hacer con sus hermanos y esa estúpida apuesta que habían hecho? Si Marisa llegaba a enterarse...

Se le revolvían las tripas solo de imaginarlo.

El problema sería Tommaso. De Mattia podía fiarse para que mantuviera la boca cerrada, pero Tommaso era un personaje muy diferente, alguien que solía hablar primero y pensar después.

Si a eso le sumaba la convicción de Tommaso de que todas las mujeres eran brujas puestas en este mundo para torturar a los hombres, Rico tenía todos los ingredientes para un desastre.

¿Debería simplemente confesarlo todo y ponerse a su merced?

¿Ponerse a su merced confesando que le había contado una gran mentira por culpa de su ego, un chalet, un reloj y un coche? Cerró los ojos y apretó los dientes. ¿Cómo iba ella a hacer otra cosa que odiarlo por eso?

Se casaría con ella lo antes posible, decidió.

Tommaso tendría que mantener la bocaza cerrada hasta entonces.

Una vez que Rico le pusiera el anillo en el dedo a Marisa, le confesaría sus pecados, y para entonces sería demasiado tarde para que ella cambiara de opinión, porque Marisa era una buena chica católica que no creía en el divorcio. Tendría que perdonarlo.

Incluso con el camino a seguir por fin claro en su mente, Rico tardó mucho en conciliar un sueño intranquilo.

Un fuerte golpe en la puerta sacó a Marisa del sueño más profundo y plácido que había tenido en su vida. Se incorporó de golpe y miró el reloj. Las nueve de la mañana.

Rico dormía el sueño de los muertos.

Hubo otro golpe, y luego oyó que la llamaban por su nombre.

Se le heló la sangre. Era su madre.

Le sacudió el hombro y siseó presa del pánico: —Rico, despierta. Mi madre está en la puerta.

Él parpadeó, volvió a parpadear y fijó la mirada en ella. —Por favor —le suplicó—. Ve a esconderte en el baño.

Saltó de la cama mientras Rico se incorporaba y gritó: —¡Ya voy!

—Agarró la bata del suelo, metió los brazos en las mangas y luego recogió la ropa tirada de Rico y se la puso en las manos.

Él le plantó un beso intenso en la boca antes de dirigirse al baño con la despreocupación de alguien que nunca había tenido problema alguno con su desnudez.

El corazón le latía con fuerza mientras se anudaba torpemente el cinturón de la bata y abría la puerta.

Su madre le plantó un beso en la mejilla y entró con un café en la mano. —Te traigo un regalo.

—Gracias —tartamudeó—. ¿Me he perdido el desayuno otra vez?

—El restaurante todavía está abierto, pero pensé que te vendría bien un café decente después de acostarte tan tarde. ¿Qué tal fue?

Para horror de Marisa, sus traidoras mejillas se sonrojaron. —Estuvo genial —dijo con un hilo de voz.

Por suerte, su madre estaba demasiado ocupada admirando un cuadro que colgaba encima del tocador de Marisa como para darse cuenta.

—Bien. Necesitas salir y divertirte más.

Tu padre y yo estamos... —Se interrumpió de golpe cuando bajó la mirada y vio un par de enormes zapatos de hombre, relucientes, junto a sus pies.

Sofia Rossellini era muchas cosas, pero ingenua no era una de ellas. Y aunque lo fuera, una sola mirada al rostro de Marisa, ahora rojo como un tomate, habría sido toda la confirmación que necesitaba de que había un hombre en la habitación.

Lentamente, recorrió con la mirada a su hija, muerta de vergüenza, y luego dejó que sus ojos se posaran en la cama, en la que claramente había dormido más de una persona.

Su mirada volvió a su hija. —Bien por ti —dijo con suavidad, y sonrió—. Tu padre quiere pasar el día en la playa. Avísame si quieres comer o cenar con nosotros.

En cuanto se cerró la puerta, Marisa se desplomó en la cama y se cubrió el rostro ardiente con las manos.

Un cuerpo grande se dejó caer boca arriba a su lado. —Ha sido una forma interesante de empezar la mañana —comentó Rico, agarrándola por la cintura para atraerla hacia él.

Ella se giró hacia él y enterró el rostro en su cuello. —Ha sido mortificante.

Él se rio y la hizo rodar hasta quedar boca arriba. Para alguien que apenas unos minutos antes estaba profundamente dormido, tenía la energía de quien llevaba horas despierto. —Me he sentido como si tuviera diecisiete años otra vez.

—No quiero saber de cuántos padres te has tenido que esconder.

Deslizó una mano por la abertura de la bata para acariciarle un pecho. —Tu madre será la última, así que eso es lo único que importa.

—Perdona por haber perdido los nervios.

Sonrió y le masajeó el pecho lentamente. —Fue divertido verte entrar en pánico; normalmente eres tan serena y dueña de ti misma.

Increíblemente, ya podía sentir el deseo despertándose en lo más profundo de su ser. —Tendrías que haberme visto cuando descubrió tus zapatos.

Él deslizó la mano hacia su pubis. —¿Cómo reaccionó? No pude oír.

—Se alegró por mí... —Sus palabras se desvanecieron cuando él le frotó suavemente el clítoris.

—¿Y a qué crees que se debió?

—Creo que se había resignado a que fuera una virgen vestal el resto de mi vida.

—¿Se alegrará cuando se entere de que el hombre que ha desflorado... —Sin dejar de frotar con el pulgar su clítoris ahora hinchado, deslizó un dedo dentro de ella—... a su virgen vestal es Federico Esposito?

Con las gloriosas sensaciones que él le estaba provocando, le costaba hablar. —Se horrorizará. Toda mi familia se horrorizará.

—¿Porque creen que soy el anticristo?

—Sí. Piensan que toda tu familia lo es.

Sus ojos centellearon. —Tú también creías eso de mí en su día.

—Una parte de mí todavía lo cree. —Pero ya no le asustaba. Hacía mucho tiempo que no.

—Imagina los hijos que tendremos —reflexionó mientras continuaba dándole placer con los dedos—. Mitad ángel, mitad diablo.

—¿Hijos? —la palabra salió a medio camino entre pregunta y jadeo; jadeó porque él había deslizado otro dedo dentro de ella y la penetraba suavemente, y la sensación era sublime.

—Muchos hijos. Todo un equipo de fútbol. —Acercó la boca a su oído y susurró—: Después de anoche, puede que ya haya un bebé formándose dentro de ti. —Le lamió el lóbulo de la oreja, apartó la mano y se colocó entre sus piernas, cubriéndola deliciosamente con su cuerpo.

La anticipación de lo que estaba a punto de suceder le cortó la respiración.

Consciente de que todo esto era todavía muy nuevo para ella, Rico empleó la misma contención que la primera vez, y lentamente fue abriéndose paso en la estrecha y húmeda intimidad de Marisa.

Para cuando la llevó al orgasmo, ella sacudía la cabeza y sus manos le agarraban las nalgas, atrayéndolo tan profundamente dentro de ella que cuando él alcanzó su propio clímax, no supo dónde terminaba él y dónde empezaba ella.

Poco después, cuando Rico sugirió que se ducharan juntos, la timidez innata de Marisa afloró de inmediato.

Él había sonreído con indulgencia, con una mirada que claramente decía: «Has compartido la noche más íntima de tu vida conmigo, ¿y ahora te da miedo desnudarte en una ducha?

», y había desaparecido en el baño. Dejando la puerta abierta.

Fue al oír correr el agua cuando el anhelo de estar allí con él se apoderó de ella, y se apresuró a entrar antes de poder cambiar de opinión.

Ahora, mientras salían de su habitación para dirigirse a la playa, su playa, podía sentir la felicidad como un resplandor que impregnaba cada célula de su cuerpo.

A juzgar por los gritos y carcajadas que flotaban en el aire desde la zona principal de la piscina, la mayoría de los invitados estaban allí, y mientras los escuchaba, la felicidad que la envolvía comenzó a disiparse.

Solo estaban tomando la ruta panorámica hacia el sendero de la playa en lugar de atravesar la zona de la piscina para reducir las posibilidades de que los vieran juntos.

—Te has quedado callada —observó Rico una vez en el sendero.

—Estoy pensando.

—¿En qué?

—En cómo contarle a mi familia lo nuestro.