El baile de la virgen con el diablo (La boda Martinelli nº 3) Capítulo nueve #3
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Capítulo nueve #3

Incorporándose, la cubrió con su cuerpo. El deseo de estar dentro de ella y hacerla irremediablemente suya era más intenso de lo que jamás habría imaginado. No solo la deseaba. La necesitaba. La necesitaba en su vida, ahora y para siempre.

Ella abrió los ojos de golpe y clavó la mirada en la suya, y lo único que él pudo hacer fue contemplar aquellos grandes ojos marrones encendidos de pasión por él y susurrar una verdad que ya no podía seguir negándose. —Te amo.

En algún momento de los últimos cuatro meses, Rico se había enamorado de Marisa. Perdida e irrevocablemente enamorado.

Ella le sujetó la nuca con ambas manos. Su sonrisa temblaba. —Y yo te amo.

—Cásate conmigo. —Las palabras brotaron de la nada y, sin embargo, venían de todas partes, de todos los pensamientos y sensaciones que se habían ido acumulando en su interior desde que la vio por primera vez.

Aquellos ojos fascinantes se abrieron como platos. Durante un instante que se le hizo eterno, el miedo a que ella dijera que no le atenazó el corazón, pero entonces su sonrisa se ensanchó y asintió.

Con el corazón a punto de estallar, unió su boca a la de ella en un beso donde sus lenguas y labios danzaron un duelo exquisito que le hizo hervir la sangre en las venas.

Cuando se separaron, ella volvió a sonreír y lo besó con una castidad apenas contenida. —Hazme tuya, Rico —suspiró contra su boca.

No era solo el corazón de Rico el que parecía a punto de estallar, era todo su ser.

Había estado con más mujeres de las que podría contar, pero nunca había sentido nada parecido a lo que sentía ahora, con su excitación convertida en una fiebre que le ardía en las venas.

Nunca antes había temblado así, ni siquiera la primera vez.

Alzándose lo justo para que solo las puntas de los pechos de ella rozaran el suyo, se agarró la erección y la guio hacia su entrada.

—Relájate, mi ángel —susurró al percibir que ella volvía a tensarse—. Iremos despacio y te haré sentir bien, te lo prometo... Levanta los muslos...

Marisa mantuvo la mirada fija en Rico e intentó respirar, pero el terror y la excitación habían chocado en su interior ante la primera presión de su erección entre las piernas, y aun mientras levantaba los muslos, lo único en lo que podía pensar era que aquello era real, que la presión dura y firme entre sus piernas era él.

Sin soltarse aún, introdujo su erección lentamente dentro de ella, atravesó la carne virgen, retrocedió un poco antes de continuar y le dio todo el tiempo que necesitaba para adaptarse a la sensación de sentirlo llenándola poco a poco.

Los párpados se le iban cerrando, los rasgos se le tensaban, la respiración se le hacía más profunda, pero no apartó la mirada de la de ella, ni siquiera cuando se soltó y apoyó la palma en la almohada junto a su cabeza.

—Ábrete para mí —murmuró con voz ronca mientras movía las caderas para hundirse un poco más en ella—.

Estás tan apretada... tan apretada... —Su gemido fue grave, los rasgos ahora tan tensos que el corazón desbocado de Marisa se derritió ante la contención que no solo podía ver sino sentir, y cuando ella levantó los muslos un poco más, el gemido de él pareció brotar de lo más hondo de su pecho—.

Eso es, mi ángel, déjame entrar... —Fue como si los muslos de ella se abrieran solos—.

Dios, sí, eso es... —Se hundió un poco más, un poco más profundo, dándole todo el tiempo que necesitaba, y mientras lo hacía, el miedo comenzó a disiparse, y Marisa sintió que su propia excitación volvía a cobrar vida mientras una sensación inimaginable se desplegaba lentamente en su interior.

—Dios, qué bien se siente —gimió—. Ya casi estamos, mi ángel, solo un poco más... Un poco más... Solo un poco...

Se hundió los últimos centímetros hasta que sus cuerpos quedaron completamente unidos. Su poderoso cuerpo se estremeció, cerró los ojos y exhaló por la boca antes de volver a mirarla con unos ojos casi negros de deseo. —¿Estás bien? —logró articular.

Apenas pudo asentir con la cabeza. Podía sentir cada centímetro de él apretado dentro de ella, llenándola, siendo parte de ella... Era increíble.

La besó con suavidad, luego dejó caer su peso sobre ella y se retiró, no mucho, pero lo suficiente para que cuando volvió a hundirse en ella, una sensación exquisita creciera y se extendiera por todo su cuerpo.

Sus movimientos mientras le hacía el amor fueron pausados pero intensísimos, y a medida que el cuerpo de Marisa se adaptaba a la sensación completamente nueva de su posesión, la llama tenue que ardía en su interior cobró fuerza.

Rico se movía dentro de ella y sobre ella, y era como si hubiera encontrado el cielo.

Embriagada de sensaciones, se aferró a sus hombros y se movió con él mientras la llama crecía hasta convertirse en un incendio.

Los hermosos rasgos de él estaban tensos de concentración...

podía sentirlo conteniéndose, hasta que el fuego en su interior estalló en una oleada de llamas ondulantes y pulsantes que la recorrieron entera, y él se quedó rígido, arqueó el cuello hacia atrás con un largo gemido ronco mientras se dejaba ir y derramaba su semilla en lo más profundo de ella.