Capítulo nueve #2
Sabía que era grande solo por el tacto, pero verlo así, en vivo... El mundo de repente giró a su alrededor y, por un momento, pensó que iba a desmayarse del miedo. El tamborileo en los oídos era ensordecedor.
Él la observó durante un largo momento antes de dirigirse al minibar intacto. Seleccionó dos botellitas y se las llevó.
—Bebe esto —dijo, pasándole una botellita de vodka.
—¿Estás intentando emborracharme? —logró bromear con voz temblorosa.
Se sentó en la cama, girándose para mirarla. —Es para ayudarte a relajarte. —Desenroscó la botellita que tenía en la mano y la levantó, esperando pacientemente a que ella hiciera lo mismo.
De alguna manera logró que los dedos le obedecieran y chocó la botella contra la de él.
—Por nosotros —dijo con suavidad, y se echó el contenido de la botella a la boca. La fuerte columna de la garganta se le movió al tragar.
Tras contar hasta tres mentalmente, Marisa se bebió el vodka de un trago. La potencia del licor, que le quemó la garganta y le calentó el pecho, hizo que se le aguaran los ojos y los abriera de par en par. —Vaya, eso es fuerte —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. ¿Puedo tomar otro?
Él sonrió y le quitó la botella vacía de los dedos para dejarla en la mesita de noche junto a la suya. —No, porque entonces sí que estarás borracha.
Acercó su rostro al de ella y le dio un beso prolongado, ligero como una pluma. Con movimientos lentos, llevó las manos al cinturón de su bata y lo desató, deslizando los dedos para abrirla.
Sin dejar de acariciarle la boca con la suya, le deslizó la bata por los hombros y los brazos hasta que quedó arremolinada alrededor de sus caderas y muslos, dejándola tan desnuda como él.
Apenas pudo articular:
—¿Podemos apagar la luz?
Clavando de nuevo los ojos en los de ella, deslizó un dedo por el cisne de su cuello y le rodeó el hombro.
—Sé que te da vergüenza, ángel mío, pero eres preciosa.
Los dedos se deslizaron sobre la redondez de su pecho. Lo acunó en la palma y murmuró:
—Quiero verte —antes de inclinar la cabeza y tomarlo en su boca.
La sensación fue tan intensa que se sobresaltó, y el sobresalto se convirtió en una descarga eléctrica cuando él succionó, una descarga que vibró hasta su entrepierna y reavivó la pequeña llama que el miedo había apagado.
Rico le rodeó la cintura con los brazos y luego fue deslizando la boca hacia su cuello mientras la tumbaba suavemente de espaldas, con la cabeza sobre una almohada.
—Así está mejor —susurró, tendiéndose a su lado con el rostro sobre el de ella.
Le recorrió el cuerpo con la mano desde el hombro hasta la cadera y de vuelta para ahuecársela sobre el pecho, y la besó, abriéndole los labios con la lengua mientras amasaba con dulzura la carne sensible.
Con pereza, le pasó el pulgar por el pezón endurecido, y otra descarga de sensación avivó la llama que ahora parpadeaba en su entrepierna.
Un jadeo se le quedó atrapado en la garganta, ahogado por la creciente exigencia de su boca.
Con el sabor y el aroma de Rico inundándole los sentidos, Marisa se abandonó al beso.
Sus labios se movían contra los de él, su lengua imponía sus propias exigencias, y besaba y era besada con tal intensidad que cuando él interrumpió el beso para deslizar la lengua por su cuello, no recordaba haber hundido los dedos en su pelo.
Le colocó un muslo sobre el de ella para separarle las piernas, se acomodó entre ellas y levantó la cabeza para contemplarle los pechos.
La ansiedad luchó contra las llamas parpadeantes, y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no cubrirse los pechos y hacerse un ovillo.
Marisa nunca se había sentido cómoda vistiéndose o desvistiéndose delante de otros —su hermana era la única excepción—, e incluso entonces siempre se había quedado en ropa interior o le había dado la espalda, así que estar expuesta de aquella manera era más aterrador de lo que había imaginado.
—No tienes nada que temer —le dijo Rico con suavidad, consciente de la tensión que volvía a apoderarse del hermoso cuerpo de Marisa—. Te prometo que te va a gustar.
Inclinó de nuevo la cabeza y volvió a tomar aquel suculento pecho en su boca.
Lenta, sensualmente, lo acarició con trazos lánguidos de su lengua, rodeando el pezón endurecido, del color de las cerezas a punto de madurar, y notando poco a poco cómo la tensión de ella se aliviaba y su respiración se hacía más profunda.
Cuando se metió el pecho entero en la boca y succionó, fue recompensado con un gemido casi imperceptible.
Trasladó la boca a su otro pecho mientras su mano recorría el cuerpo de ella en una exploración suave y sin prisa.
Nunca había sentido una piel tan suave, tan perfecta.
Tenía el lunar más diminuto en la parte inferior del pecho izquierdo, y la sangre se le subió a la cabeza al saber que era la primera persona en verlo; y cuando lo besó, volvió a subírsele al saber que era la primera persona cuyos labios lo habían tocado.
El primero y el último.
El primero y último en deslizar la mano sobre su vientre plano y sus caderas de suave curva.
El primero y último en acariciar aquellos muslos dorados, tan suculentos como sus pechos de blancura lechosa.
El primero y último en deslizar una mano bajo su trasero desnudo y apretar aquella carne exquisita.
El primero y último en deslizar una mano entre sus piernas y sentir su calor resbaladizo…
Fue al sentir ese calor resbaladizo y recordar cómo se había contraído alrededor de sus dedos con tanta hermosura durante el clímax cuando tuvo que contenerse, cerrar los ojos un momento y llenar de aire unos pulmones que se le habían cerrado inexorablemente.
Nada de esto era para él. Todo esto era para Marisa.
Apoyó la barbilla en el vientre de ella y le contempló el rostro.
—¿Confías en mí? —susurró.
Ella levantó la cabeza. Con las mejillas encendidas, sostuvo su mirada como si estuviera sondeando las partes más secretas de su mente. Asintió una sola vez.
—Entonces no te avergüences ni tengas miedo: te prometo que lo que voy a hacerte será la mejor sensación del mundo.
Apretó los labios, con la barbilla temblorosa, antes de volver a asentir.
—Cierra los ojos, ángel mío. Cierra los ojos, deja la mente en blanco y confía en mí.
Con la respiración agitada, Marisa volvió a apoyar la cabeza en la almohada y cerró los ojos. Sabía lo que él quería hacer; un acto que siempre la había repelido de solo pensarlo, y aunque intentó dejar la mente en blanco, la mandíbula se le tensó, cerró las manos en puños y se preparó mentalmente.
Con suavidad, él fue besándole el vientre hacia abajo, besó cada centímetro, hundió la lengua en su ombligo y siguió descendiendo.
Las manos que habían continuado sus exploraciones le agarraron la parte posterior de los muslos y se los levantaron, separándoselos un poco más, y ahora ella mantenía la mandíbula apretada a propósito para no gritarle que parara, luchando con todas sus fuerzas contra la mortificación de estar tan completa y absolutamente expuesta.
La mano de él reptó por la cama hasta encontrar la de ella.
Con paciencia infinita, Rico le abrió los dedos cerrados en puño y entrelazó los suyos con ellos, y había algo tan reconfortante en el gesto que cuando sintió el primer roce de su lengua justo en el centro de su ser y casi saltó de la cama por la impresión, los apretó con fuerza para mantenerse anclada.
Por mucho que intentó abstraerse de la exploración que su boca hacía de su carne más secreta y femenina, era imposible. No podía ignorar que su lengua estaba dentro de ella, y sin embargo…
Algo estaba sucediendo. Sentía como si se estuviera llenando desde dentro hacia fuera, con destellos de sensación recorriéndola, y cuando él retiró su lengua exploradora, se había relajado lo suficiente como para pensar que aquello no había estado tan mal, no era la mejor sensación del mundo, pero sí bastante agradable…
Su lengua ascendió bailando hasta aquel pulso entre sus piernas del que apenas había sido consciente hasta que él lo despertó en la playa, y lo lamió.
Abrió los ojos de golpe ante la descarga de placer puro que aquello le provocó.
Volvió a lamerla, pero esta vez mantuvo la lengua allí, y entonces ella dejó de saber qué estaba haciendo con la lengua porque de repente Marisa había caído de cabeza en un mundo de sensaciones y, cielos, el placer. El placer estaba en todas partes.
La presión de su lengua aumentó lentamente, y Marisa fue perdiendo la cabeza poco a poco.
Apenas era consciente de los gemidos que le salían de la garganta, ni de que la espalda y el cuello se le habían arqueado, ni de que se retorcía contra él, cabalgando una ola de placer que subía más y más hasta que alcanzó la cima y la catapultó a una dimensión completamente nueva de éxtasis pulsante.
El corazón de Rico latía tan fuerte que estaba seguro de que Marisa podía sentir sus vibraciones a través del colchón. Dios del cielo…
Nunca habría creído que algo pudiera superar ver y sentir su primer clímax, pero eso…
Nunca había experimentado nada tan hermoso. La mujer tensa y asustada se había derretido, convertida en puro líquido.