Capítulo ocho #3
Si Marisa había pensado que el hombre al que había querido clavarle el tenedor coqueteaba descaradamente con ella, aquello no era nada comparado con cómo Ciara coqueteaba con Rico.
Lo peor era que a él claramente no le importaba.
Es más, parecía disfrutarlo y le devolvía los coqueteos, aunque no la manoseara como ella a él, que le acariciaba la solapa del esmoquin y encima tuvo la desfachatez de pellizcarle la pajarita.
Marisa fingió no darse cuenta y charló con el caballero de su derecha, que por suerte era un hombre felizmente casado que solo practicaba ese coqueteo ligero casi obligatorio en todo italiano.
El coqueteo ligero era normal. Lo que no era normal era dar de comer a tu compañero de mesa una cucharada de postre mientras soltabas risitas coquetas, como hacía Ciara con Rico.
Sirvieron el café, colocaron platos de delicados petit fours, pero Rico y su coqueta solo tenían ojos el uno para el otro.
Marisa se comió tres petit fours de chocolate seguidos, más para evitar tirarles la copa de vino encima que porque le apetecieran.
Toda la emoción y la expectación se habían ahogado bajo un peso creciente de infelicidad y humillación, y le costaba prestar atención a su encantador compañero, que ahora le contaba las hazañas de su último nieto.
Algunos ya se levantaban de sus asientos para buscar a sus amigos. Anhelaba levantarse con ellos. Tenía el estómago revuelto. Evitando con esmero mirar a la pareja que coqueteaba frente a ella, se obligó a esbozar una sonrisa y agradeció que la máscara le ocultara el resto del rostro.
Quería irse. Si no hubiera estado sentada de espaldas a la pared, donde llamaría la atención de todos al salir, habría buscado refugio junto a su hermana, al otro lado de la herradura...
pero su hermana se estaba poniendo de pie, y Gennaro también, y ahora cruzaban la pista de baile hacia la salida con las manos fuertemente entrelazadas.
De pronto lo comprendió todo, y observó a su hermana y a su cuñado salir del salón de baile con un extraño dolor que le latía en el corazón ya herido.
El corazón le dolió aún más cuando la pareja de coquetos también se puso de pie. Seguía sin mirarlos, pero estaban allí, en el rabillo del ojo, y las risitas coquetas de Ciara le resonaban en los oídos como uñas arañando una pizarra.
La desdicha de Marisa fue completa segundos después, cuando desaparecieron de su campo de visión y las risitas coquetas se desvanecieron.
La banda en vivo que había estado preparándose estaba lista. Apagaron las arañas principales y la sala quedó bañada por la luz tenue y romántica de las más pequeñas, que envolvía a todos en sombras y confería al ambiente un aire gótico y seductor.
El maestro de ceremonias subió al escenario, presentó a la banda e invitó a todos a emparejarse y salir a la pista.
—¿Te gustaría bailar? —le preguntó amablemente su compañero de mesa.
Ella negó con la cabeza, apenas capaz de esbozar siquiera una pequeña sonrisa.
—Eres muy amable, pero seguro que tu esposa está deseando bailar contigo.
Él sonrió de oreja a oreja, inclinó la cabeza y también dejó la mesa.
Con todos en la pista de baile o levantándose para ir hacia ella, Marisa aprovechó la oportunidad para escapar. Se deslizaría entre la multitud sin mirar a nadie. Si no miraba, no tendría que ver a Rico abrazando a otra mujer en la pista.
Apuró el vino, echó la silla hacia atrás y fue bordeando la mesa.
Estaba a dos sillas del final de su sección cuando apareció una figura alta y musculosa, enfundada en un esmoquin de corte perfecto y una máscara negra que realzaba el aire depredador de sus penetrantes ojos azules, bloqueándole el paso.
Se detuvo en seco. Todo su interior se contrajo y luego se agitó con violencia. No sabía si dar media vuelta y huir en dirección contraria o apartarlo de un empujón.
Antes de que sus pies paralizados decidieran hacia dónde ir, él hizo una reverencia burlona.
—¿Me concede este baile la hermosa dama?
—No.
Miró por encima del hombro de él porque le dolía demasiado mirarlo a los ojos.
—Por favor, déjame pasar.
El silencio que siguió retumbó tanto como los latidos de su corazón.
—Estás disgustada —dijo él, sin rastro ya de ligereza en la voz.
—En absoluto —replicó ella con rigidez—. Simplemente no quiero bailar.
—¿Conmigo en particular o con nadie?
—Déjame pasar.
Siguió otro silencio.
—De acuerdo —dijo él lentamente—. Te dejaré pasar. Pero antes tienes que bailar conmigo.
—No, gracias.
—Nunca había oído un «vete a la mierda» dicho con tanta educación.
Sus ojos se clavaron en los de él antes de que pudiera evitarlo.
La violencia en su interior creció.
Había una expresión sombría y pensativa en su mirada.
—Concédeme un baile, y si después sigues queriendo irte, no te detendré.
Respiró hondo para contener las lágrimas que le anegaban los ojos, asintió con brusquedad y susurró:
—Un baile.
Sin alterar su expresión, le tendió una mano.
Ella reunió fuerzas y alzó la barbilla.
—Soy perfectamente capaz de llegar a la pista de baile sin tu ayuda.
Él apretó los labios, pero giró el cuerpo y extendió el brazo para dejarla pasar.
Pasó junto a él procurando que sus cuerpos no se rozaran, y se estremeció cuando él le puso una mano posesiva en la parte baja de la espalda y la guio hacia la pista de baile, oscura y abarrotada.
La canción que tocaba la banda terminó cuando quedaron uno frente al otro.
Comenzó una nueva canción.
Rico la atrajo hacia sí.