El baile de la virgen con el diablo (La boda Martinelli nº 3) Capítulo ocho #2
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Capítulo ocho #2

Con música de su adolescencia sonando y una botella de champán abierta, las hermanas charlaron de cosas intrascendentes mientras se maquillaban y se peinaban, y luego se ayudaron mutuamente a ponerse los vestidos.

Era una conversación tan forzada como la que habían mantenido en el Bistro; la fácil camaradería que siempre habían disfrutado estaba tensa, tensa por los secretos que ambas guardaban pero que aún no estaban listas para revelar.

Marisa, que nunca había apostado en su vida, habría apostado su sueldo mensual a que su secreto era el más explosivo.

—Tu vestido es precioso —dijo Luisa con un suspiro cuando Marisa terminó de subirse los tirantes.

—Comparado con el tuyo, es aburrido.

El vestido de Luisa era un modelo extravagante que dejaba ver mucho escote y mucho muslo al caminar.

Junto con la máscara, tenía un auténtico aire veneciano y seductor.

En contraste, el vestido de encaje negro de Marisa era sencillo, sin ningún tipo de abertura en la falda.

Los finos tirantes caían hacia un corpiño que apenas insinuaba el escote, y la falda se ensanchaba y ondeaba ligeramente hasta los tobillos.

El forro ajustado que iba desde el corpiño hasta la rodilla evitaba que el encaje dejara ver más de la cuenta.

Aun así, le sentaba de maravilla: ceñido, pero permitiéndole moverse con total libertad.

Luisa arqueó una ceja.

—¿Aburrido? Ese vestido es sexy… Venga, vamos a abrochártelo. Date la vuelta.

Todo el conjunto se cerraba con un lazado tipo corsé en la espalda, y Marisa obedeció para que su hermana pudiera ajustárselo. Después, ya listas las dos, se colocaron juntas frente al espejo de cuerpo entero.

—¿Qué? —preguntó al ver que su hermana la miraba con los ojos entrecerrados.

—Ese pintalabios no te pega. Necesitas rojo. Espera.

Marisa, que prefería con mucho los colores neutros, nunca se ponía pintalabios rojo, pero en cuanto se lo aplicó, tuvo que reconocer que Luisa tenía razón, y de repente el moño tirante en el que se había recogido todo el pelo al estilo flamenco ya no parecía tan soso y aburrido en comparación con el peinado más elaborado de su hermana.

Pero Luisa siguió escrutándola.

—¿Has traído los pendientes de aro? Los grandes que te regalaron cuando cumpliste veintiuno.

Marisa asintió y se abalanzó sobre el joyero para cambiar los pendientes sencillos por los gruesos y pesados aros de oro.

Entonces Luisa asintió con aprobación, y su rostro se iluminó con lo que debía de ser su primera sonrisa genuina desde que habían llegado a Accardiano.

—Ahora sí estás perfecta.

Llegó la orden de que los hombres, todos ataviados con sus mejores esmóquines, formaran una fila. Entre murmullos joviales, obedecieron.

Las puertas dobles del salón de baile se abrieron. A Rico se le aceleró el pulso.

Las mujeres, que se habían congregado lejos de los hombres, entraron en tropel, y cada una sacó un número de asiento de una chistera.

Todas estaban espectaculares; las máscaras teatrales hacían que muchas resultaran irreconocibles.

Por más que aguzó la vista, no logró distinguir a Marisa entre ellas.

Las mesas se habían dispuesto formando una herradura gigante alrededor de la pista de baile.

Con el número de asiento en la mano, estaba buscando su sitio cuando vio a una mujer menuda y esbelta con un elegante vestido de encaje negro, el cabello castaño oscuro recogido en un moño tirante y una máscara que le cubría gran parte del rostro, sentándose en su lugar.

Había algo en el modo en que se movían sus hombros que le aceleró el corazón y lo obligó a mirar de nuevo.

Como si sintiera su mirada, ella volvió los ojos hacia él.

El corazón le dio un vuelco antes de latir con fuerza.

Unos labios carnosos, rojo sangre, se curvaron tímidamente.

Todos los demás en el inmenso salón de baile desaparecieron.

Marisa intentó comer, pero apenas logró terminar la mitad del primer plato.

La expectación le revolvía tanto el estómago que la comida no encontraba sitio.

La misma expectación que le había impedido admirar la increíble transformación del salón de baile: el casino convertido en un espacio seductor de rojos intensos y luces parpadeantes de arañas y velas.

Era la expectación de volver a ver a Rico.

Estaba tan guapo con su esmoquin negro. Sencillamente espléndido. Quería pellizcar su pajarita negra entre los dedos y quitársela. Para su decepción, lo habían sentado en el lado opuesto de la herradura, de espaldas a ella.

Intentó charlar con los caballeros sentados a cada lado, pero no le salía de dentro. Cuando llegó el momento de que los caballeros cogieran un nuevo número y cambiaran de sitio, supo que ninguno lamentaba dejarla.

Esta vez, a Rico le tocó la misma sección que a ella, pero en el mismo lado de la mesa.

Ni siquiera podía mirarlo sin estirar el cuello para ver más allá de la docena de personas que los separaban a su derecha.

Terminó ese plato y llegó la hora de que los hombres volvieran a moverse.

Esta vez le tocó un primo Martinelli al que conocía desde la infancia y un amigo de los Esposito que coqueteaba tan descaradamente con ella que estuvo tentada de clavarle el tenedor en la mano.

Rico debió de quedarse cerca de donde estaba, porque no lo vio cambiar de sitio.

Su suerte cambió con el postre, cuando a él le tocó sentarse frente a ella.

Ya tenía el pulso acelerado antes de que sus ojos rozaran los de ella mientras acomodaba su corpulenta figura en la silla. Las mariposas del estómago le subieron hasta la garganta, aleteando con tanta violencia que tuvo que dar un buen trago de vino para serenarse.

Su mirada penetrante la rozó una vez más antes de dirigir la atención hacia la hermosa mujer sentada a su izquierda...

y dejarla allí. La mujer, Ciara, la amiga de Siena, había coqueteado durante todos los platos anteriores, y ahora actuaba como si le hubiera tocado la lotería y Rico fuera el premio que pensaba cobrarse.

Bien podría haberse relamido ante él, con lo poco que disimulaba.