El baile de la virgen con el diablo (La boda Martinelli nº 3) Capítulo ocho
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Capítulo ocho

El zumbido del teléfono de Marisa la sacó por fin de un sueño agitado.

Eran las diez de la mañana. Al mirar el móvil, encontró un mensaje de su madre enviado una hora antes diciendo que iban a desayunar a Accardiano, y otro nuevo de Luisa preguntando si quería quedar para el brunch en el Bistro del hotel. Respondió a su hermana:

Dame treinta minutos x

Bostezando, salió de la cama y vio de inmediato el sobre que habían deslizado por debajo de la puerta.

Se abalanzó sobre él con la rapidez de alguien que hubiera dormido ocho horas de un tirón; el corazón acelerado ya le decía quién era el remitente incluso antes de leer su nombre garabateado en aquella letra que se había vuelto tan familiar como la suya propia.

Queridísima Marisa,

Espero que tus sueños hayan sido tan dulces como tus besos.

Con todo mi amor,

Rico x

Con una amplia sonrisa, lo leyó cinco veces antes de besar su nombre y guardarlo en el cajón de la mesita de noche.

Luisa la esperaba en una mesa dentro del Bistro.

—¿Estás bien aquí o prefieres que salgamos? —preguntó tras darle dos besos.

—Vamos fuera —dijo—. Hace un día precioso.

Y así le resultaría más fácil ver a Rico cuando anduviera por ahí.

Aunque racionalmente sabía que era poco probable que estuviera despierto antes del mediodía, no podía evitar que su mirada vagara en busca de él.

Las hermanas pidieron la comida y charlaron de cosas sin importancia, aunque Marisa tuvo que esforzarse para seguir el hilo.

Se sentía a punto de estallar, reviviendo una y otra vez todo lo que había pasado entre ellos.

Reviviendo también sus palabras: Toda chica buena necesita un chico malo que despierte sus deseos reprimidos, y todo chico malo necesita una chica buena que dome sus peores instintos.

Sus deseos no habían estado reprimidos. Hasta Rico, habían sido inexistentes, y recordar lo que había permitido que sucediera en la cama balinesa le hacía arder las mejillas, no solo por lo que habían hecho, sino por la facilidad con que se había dejado llevar.

Cualquiera podría haberlos visto. Recordar lo increíble que se había sentido…

¿qué quería decir con recordar? Todavía podía sentir el calor que él había despertado, vivo en lo más íntimo de su ser.

Fue al terminar de comer, mientras Luisa miraba el móvil con expresión ausente, cuando se dio cuenta de que no era la única Rossellini que estaba allí en cuerpo pero no en espíritu.

—¿Estás bien? Pareces estar en las nubes.

La cara que puso Luisa hizo que Marisa se ruborizara. Era una mirada que expresaba a la perfección que sabía que Marisa también andaba con la cabeza en otra parte. Por suerte, Luisa no indagó y respondió con una risita:

—Gennaro… Ha tardado dos años, pero por fin se ha tomado en serio algo que le dije.

—¿Qué quieres decir?

Luisa negó con la cabeza.

—Nada que pueda contarte. Ya sabes, el maldito contrato que me hizo firmar.

El draconiano contrato matrimonial que prohibía a Luisa hablar jamás de su vida en común.

Por primera vez desde que había despertado, Marisa apartó sus pensamientos de Rico y prestó toda su atención a la hermana que tanto adoraba. Su hermosa hermana no solo estaba nerviosa, se dio cuenta. Estaba al borde del abismo.

—¿Luisa? —dijo en voz baja cuando su hermana volvió a perderse en sus pensamientos.

Luisa parpadeó, volviendo al presente, y le devolvió la mirada a Marisa con una sonrisa que apenas le rozó las mejillas.

—Lo siento. Estaba pensando en algo que no debería.

—¿Gennaro?

Pero supo que tenía razón incluso antes de que Luisa asintiera con gesto desesperanzado. Por supuesto que era Gennaro. No recordaba un momento en que él no hubiera afectado a Luisa, desde que eran niñas y Luisa se escondía detrás de su madre cada vez que él entraba en una habitación…

Se le erizaron los vellos de la nuca y el corazón se le expandió, arrancándola de sus pensamientos un instante antes de que Rico pasara junto a ellas. Iba con el mayor de sus hermanos, Mattia.

Se le abrió la garganta y tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para cerrarla y no gritar su nombre.

Quizá la oyó gritarlo en su cabeza, porque él volvió el rostro y su mirada fue directa hacia ella.

Si Luisa no hubiera vuelto a sumirse en sus propios pensamientos, habría visto la mirada que cruzaron, lo habría sabido, y Marisa no habría podido negarlo.

No quería negarlo. Amaba a Rico y quería que su familia también lo amara, y le dolía el corazón saber que lo máximo que podía esperar era una aceptación resignada.

Él apartó la mirada, le dio un codazo a su hermano y señaló con la cabeza hacia las hermanas.

Luisa vio aquello y murmuró algo entre dientes mientras los hermanos Esposito se acercaban a ellas. Marisa no alcanzó a distinguir qué decía, pero el tono era despectivo, y por primera vez en su vida sintió el impulso de pisarle el pie a su hermana.

El pensamiento mezquino y violento se desvaneció cuando Rico se dejó caer con naturalidad en la silla vacía a su derecha, inundándole de inmediato los sentidos con un aroma a naranjas cálidas.

—Buenos días, señoritas —dijo con una amplia sonrisa—. ¿Cómo están en este día tan hermoso?

—Estamos bien, gracias —respondió Marisa con más serenidad de la que su corazón desbocado debería permitirle—, aunque ya no es de mañana.

Él miró su reloj grande.

—Maldita sea. Hasta me he perdido el brunch.

Sus ojos chispeantes volvieron a encontrar los de ella.

—Me muero de hambre.

La llama en su pelvis parpadeó.

De pronto consciente de que se había vuelto hacia él y de que su lenguaje corporal era el de una mujer que se inclinaba hacia él, tuvo que obligarse a volver a la posición en la que estaba antes.

Un par de amigas de Siena se acercaron a la mesa. Apenas habían pedido los cafés cuando llegó más gente, obligándolos a juntar las sillas. Rico fue el primero en hacerlo, arrimando la suya tan cerca de la de Marisa que los reposabrazos quedaron pegados… igual que sus muslos y antebrazos.

Cómo logró sobrevivir los siguientes treinta minutos sin arder de forma espontánea era un misterio que tendría que resolver en otra vida.

Apenas se dio cuenta de cuándo Gennaro y Niccolo se unieron a ellos.

Se sentía en llamas, especialmente cuando Rico puso la mano en su regazo y sus dedos avanzaron sigilosamente hasta rozarle el muslo desnudo.

Una especie de locura se apoderó de ella, y puso las manos en su propio regazo para que sus dedos pudieran tocarse, las yemas presionadas unas contra otras.

Cuando la conversación derivó con entusiasmo hacia el baile de máscaras de esa noche, él le susurró al oído:

—Estoy deseando ver qué llevarás puesto esta noche.

Ella apretó los dedos contra los de él. Él le devolvió la presión.

Los teléfonos del novio y de todos los padrinos presentes vibraron a la vez. La llamada para la prueba de los trajes.

Las yemas de los dedos de Rico atraparon las de ella durante apenas un segundo antes de ponerse de pie. Tras gritar una despedida a todos, echó la silla hacia atrás, y al pasar por detrás de Marisa, sus dedos le rozaron los omóplatos.

Marisa lo vio alejarse y supuso que era una suerte que Luisa estuviera demasiado ocupada mirando cómo Gennaro se marchaba también como para haber notado que su hermana pequeña prácticamente se derretía ante el roce de Rico Esposito.

Las horas que siguieron fueron las más largas de la vida de Marisa.

La inquietud que la había impulsado a buscar a Rico en el casino había regresado, pero no había forma de robarle algo de tiempo.

Solo tenía que esperar. Al menos, eso era lo que le dictaba la razón, pero algo que estaba aprendiendo era que cuando el corazón entraba en juego, la racionalidad podía irse a paseo, así que cuando Luisa dijo que iba a echar un vistazo a la galería de arte del hotel, Marisa declinó acompañarla.

En cuanto su hermana desapareció de su vista, Marisa corrió a su habitación a por la bolsa de playa y después se dirigió a toda prisa hacia la playa.

«Su» cama balinesa estaba libre. Se acomodó en ella y, aunque sabía que las probabilidades de que Rico terminara la prueba del traje con tiempo de sobra para reunirse con ella eran ínfimas —y que las probabilidades de que fuera adivino e intuyera que ella estaría allí esperándolo por si acaso tenía un hueco eran aún menores—, solo estar en el espacio que habían compartido tan íntimamente ayudó a calmar la inquietud.

Eso sí, no impidió que el tiempo pasara con una lentitud exasperante.

Esperó hasta el último momento razonable antes de aceptar que él no iba a aparecer y regresar al hotel.

Era hora de prepararse para el baile de máscaras.

—¿Dónde te metiste antes? —preguntó Luisa poco después de entrar en la habitación de Marisa.

Como la regla principal del baile de esa noche era la estricta separación entre hombres y mujeres hasta que comenzara —los hombres tenían que llegar treinta minutos antes que las damas y se esperaba que todos los invitados permanecieran ocultos del sexo opuesto hasta el momento señalado—, las hermanas se estaban preparando juntas.

Marisa sintió que las mejillas le ardían de nuevo y apartó la cara antes de responder.

—Fui a la playa.

Sintió la mirada de su hermana clavada en ella.

De repente, el impulso de confesar sus secretos fue casi abrumador.

—Voy a darme una ducha rápida. Tú elige la música.

Para cuando terminó de ducharse, la inquietud había vuelto con más fuerza que nunca, acompañada de una enorme dosis de expectación.