El baile de la virgen con el diablo (La boda Martinelli nº 3) Capítulo cuatro #3
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Capítulo cuatro #3

Los hombres de Rico la habían cagado. Al oír que Georgia se iba al trabajo, nadie se había molestado en escuchar los micrófonos en tiempo real, así que nadie supo que había vuelto a casa poco después y había pillado a Callie preparándose para volar a Nápoles con el único propósito de decirle a Niccolo que iba a ser padre.

Y ahí fue donde los hombres de Rico metieron la pata por segunda vez.

Los imbéciles no habían vigilado de forma continua las comunicaciones telefónicas de Georgia y, por tanto, no interceptaron el mensaje de pánico que ella había enviado a Niccolo minutos después de que su gemela saliera de casa rumbo al aeropuerto, con una historia inventada sobre su hermana inestable que iba a destruirlo filtrando fotos íntimas de ambos a la prensa.

Si los espías idiotas de Rico hubieran hecho bien su trabajo y transmitido toda esa información en tiempo real, él se habría asegurado de enviar un comité de bienvenida al aeropuerto para recibirla.

Por suerte para esos idiotas, no había sido necesario.

Niccolo se había tomado al pie de la letra la advertencia de su ex amante de que su hermana era una psicópata y había enviado a su padrino de boda, Dante Coscarelli, a interceptarla.

Dante había salido de Accardiano, interceptado a Callie y la había llevado en avión a su castillo toscano, donde, según fuentes fiables de Rico, pensaba mantenerla encerrada hasta después de la boda.

Desastre potencial evitado, pues. Al menos por ahora.

Niccolo no era estúpido. Sabía que tenía que casarse con Siena o atenerse a las consecuencias. Pero evitar un posible escándalo sexual en vísperas de su boda, como él creía estar haciendo, era una cosa. Enterarse de que había dejado embarazada a otra mujer...

Niccolo era impulsivo y, Rico sospechaba, estaba enamorado de Georgia.

Si se enteraba del bebé, todo se iría al traste: la boda probablemente se cancelaría, lo que supondría una humillación para los Esposito.

Toda Italia estaba como loca con la boda de la hija de Lorenzo Esposito con el hijo de un duque, y el padre de Rico no era hombre que se tomara una humillación a la ligera.

Si Niccolo dejaba plantada a Siena, podría darse por afortunado si no acababa el resto de su vida en una silla de ruedas.

Lorenzo sabía lo del bebé. Sabía que la hermana de Georgia estaba a buen recaudo en el castillo de Dante.

También sabía que Rico había enviado a su equipo, con refuerzos, para vigilar todas las salidas del castillo.

Si Callie Thomas escapaba, los hombres de Rico lo sabrían de inmediato y se tomarían medidas. Lorenzo decidiría cuáles.

Rico esperaba que no llegara a eso.

Tranquilizado con la respuesta de su hijo, Lorenzo recorrió la sala con la mirada.

—Bien. Mantenme al tanto si algo cambia.

Rico asintió, un gesto que su padre no advirtió porque su atención se había desviado hacia un par de amigas de Siena que salían del restaurante.

Eran las mismas con las que había estado coqueteando antes junto a la piscina, y Rico reprimió su desagrado cuando su padre se excusó y las siguió.

Si a su madre no le importaba que a su padre le gustaran las mujeres jóvenes, ¿por qué habría de importarle a él?

No era ilegal —a su padre le gustaban jóvenes, pero mujeres hechas y derechas—, así que ¿por qué habría de revolverle el estómago?

Todo pensamiento sobre su estómago revuelto se esfumó cuando Gennaro y Luisa salieron del restaurante.

Rico había girado su silla, en apariencia para conversar mejor con sus abuelos, pero en realidad para tener mejor vista de la salida, y ahora podía ver a Marisa y a su madre ayudando a Pietro Rossellini a levantarse.

Haciendo girar lentamente lo que quedaba de su licor, Rico respondía con monosílabos al enésimo sermón de su abuela para que sentara la cabeza con una «chica agradable», pero toda su atención estaba puesta en la belleza castaña cuyos besos aún podía saborear en la lengua.

¿Acudiría a su cita junto a la piscina del spa?

Normalmente habría podido adivinarlo con total certeza, pero Marisa no era como las mujeres que solía perseguir.

Cuando había entrado en el restaurante, estaba tan jodidamente sexy que a Rico casi se le paró el corazón al verla.

Ni siquiera pretendía resultar sexy, no con aquel vestido color herrumbre.

Era un sencillo vestido largo de manga larga con botones de arriba abajo que apenas dejaba ver un centímetro de piel, pero el efecto en Rico era el mismo que si hubiera entrado con un corsé y medias.

Se había pasado toda la cena plenamente consciente de que ella estaba comiendo bajo el mismo techo.

Se dirigieron a la salida lentamente, las dos mujeres Rossellini adaptándose al paso arrastrado de Pietro. Rico admiró la dignidad con que Pietro se mantenía erguido, y también cómo las mujeres lo flanqueaban sin tratarlo como a un niño, listas para sujetarlo si tropezaba sin armar ningún revuelo.

Solo cuando estuvieron justo frente a él, Marisa giró la cabeza y le clavó una mirada llena de anhelo. Si hubiera parpadeado, se habría perdido el leve gesto de negación.