El baile de la virgen con el diablo (La boda Martinelli nº 3) Capítulo cuatro #2
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Capítulo cuatro #2

Por suerte, los padres de Carmella ya estaban sentados con ellos, lo que permitió a Pietro y Sofia usarlos de escudo.

Después de ayudar a su padre a sentarse y guardar el bastón plegable, Marisa ocupó el asiento junto a su madre.

Los dos asientos vacíos que la separaban de Carmella eran para Luisa y Gennaro, y rezó una oración rápida y egoísta para que se dieran prisa.

Era como si las dos parejas fueran invisibles la una para la otra.

No hubo contacto visual entre ellas. Cuando Marisa cruzó la mirada con Carmella, sonrió automáticamente, pero luego se sintió tan culpable que apartó la vista de inmediato, mirando por encima del hombro...

y sus ojos se encontraron directamente con los de Rico.

Con el corazón a punto de salírsele del pecho, Marisa se sirvió un vaso de agua. Le temblaba la mano casi tanto como a su padre, y agradeció que un camarero viniera a tomarles nota de las bebidas, y aún más que su hermana y su cuñado aparecieran por fin.

—¿Soy yo o aquí hace un frío que pela? —susurró Luisa mientras se deslizaba en la silla junto a Marisa.

Marisa hizo una mueca en respuesta.

Les sirvieron vino, y después de que ambas hermanas dieran un buen trago, Luisa se volvió hacia ella.

—¿Cómo es que llegasteis tan tarde?

—Salimos tarde —respondió. El corazón le dio un vuelco ante la idea de que su hermana indagara por qué habían salido tarde.

A Marisa le resultaba imposible mentir, pero ¿cómo podía explicar que se había quedado dormida porque había estado despierta hasta altas horas de la madrugada en un estado de nervios y emoción por Rico Esposito? Luisa la mataría. O mataría a Rico.

Luisa entornó los ojos. Claramente había notado algo en su voz o en su actitud.

—¿Le ha pasado algo a papá?

—No —se apresuró a tranquilizarla—. Ha estado bien estos últimos días.

No tenía sentido decirle que el viaje lo había agotado. Era de esperar. Incluso los viajes cortos lo agotaban, pero la larga siesta que se echó al llegar le había sentado de maravilla.

El camarero, que volvió para tomarles nota de la comida, interrumpió cualquier pregunta más de su hermana.

La cena fue la comida más larga que Marisa había soportado en su vida.

Por alguna razón había elegido ñoquis como plato principal, lo que le recordó —como si necesitara que se lo recordaran— su primera comida con Rico, y tuvo que luchar más que nunca para no recorrer el restaurante con la mirada en busca de él.

Los nervios y la indecisión sobre qué hacer después de la cena hicieron que bebiera más vino del habitual. Temiendo estar al borde de la borrachera, bebió medio litro de agua y rechazó el licor después de haberse obligado a tragar hasta la última miga del postre para absorber el alcohol.

Se disculpó para ir al baño y se llevó el bolso.

Se sorprendió al ver el aspecto febril de su rostro en el espejo.

Después de abanicarse con la mano, se aplicó una ligera capa de polvos para atenuar el rubor y se retocó el pintalabios.

Sus esfuerzos fueron en vano: al salir del baño, la primera persona que vio fue Rico.

Estaba sentado en un reservado con su familia, de espaldas a ella, pero ese vistazo bastó para reactivar la fiebre.

Debió de sentir su mirada, porque apenas tres pasos después giró la cabeza y sus ojos fueron directamente a buscarla.

Otro destello de sonrisa pasó entre ellos, una sonrisa que le provocó tal estremecimiento que supo que no podría soportar el resto de la velada sin pasar al menos unos minutos a solas con él.

Tan fuerte era su necesidad de estar con él que el terror ante la intensidad de ese sentimiento se le agarró a la garganta y le cortó la respiración.

Rico apuró su licor sin prisa mientras charlaba con sus padres sobre la noche del casino del día siguiente, asegurándoles que todo estaba bajo control.

Por una sola noche, el salón de baile del Hotel Bianchi se transformaría en un Casino Esposito.

Todos los cientos de invitados que disfrutaban de las celebraciones previas a la boda, incluidos los estirados de los Martinelli y todos sus amigos engreídos, se verían obligados a gastar su dinero engrosando las arcas de los Esposito.

No se le ocurría nada más dulce... excepto, quizás, Marisa.

Sus hermanos se habían ido a Accardiano.

Ambos habían sonreído con complicidad cuando Rico dijo que se reuniría con ellos más tarde, pero detrás de las sonrisas, olió el miedo, un olor que lo hizo sonreír.

Las reglas les prohibían interferir en su conquista de Marisa.

Cuando los hermanos Esposito apostaban entre ellos, siempre se jugaban mucho.

Esta apuesta en particular era la más alta que jamás habían hecho.

Mattia, en particular, estaba muy apegado a su chalet suizo, lo que haría aún más placentero el momento en que le entregara las escrituras y las llaves.

La cara que puso cuando Rico mencionó casualmente que Marisa tenía el sabor más dulce del mundo era digna de haber sido filmada.

Era exactamente la expresión que habría puesto si se hubiera tragado una avispa.

Su madre se excusó, besando a su marido y a su hijo en las mejillas antes de irse a tomar unas copas al bar de cócteles con su hermana. En cuanto se alejó lo suficiente para no oírlos, su padre se inclinó hacia él y, en voz baja para que ninguno de los demás familiares pudiera escuchar, preguntó:

—¿Alguna novedad?

—No. Todo está bajo control.

Y gracias a la fuente más inesperada.

Cuando su espía jefe le informó de que la hermana de Georgia Thomas había cogido un vuelo a Nápoles esa mañana, Rico montó en cólera porque, para cuando le llegó la noticia, ella llevaba en el país el tiempo suficiente como para desaparecer.

Había amenazado con despedir —y algo peor— a todo el equipo si no le entregaban un informe completo sobre su paradero en una hora.

Rico se había enterado del embarazo de Georgia hacía unas semanas.

Sus hombres le habían estado enviando informes diarios sobre sus movimientos desde su último fin de semana con Niccolo en París.

Un par de visitas al hospital con ocho semanas de diferencia habían despertado sospechas, pero ella había desaparecido en el laberinto de pasillos demasiado rápido para que sus hombres pudieran seguirla.

Con profundas sospechas sobre esas visitas y los cambios en su figura, y dado que su teléfono, que ya estaba intervenido, no revelaba nada, había ordenado colocar micrófonos en el piso que compartía con su hermana, Callie.

Pocas horas después de instalarlos, había escuchado una acalorada discusión entre las dos hermanas sobre el embarazo y la negativa de Georgia a contárselo a Niccolo.

Una discusión que se repitió varias veces hasta que las hermanas apenas se hablaban... hasta esa mañana.