El baile de la virgen con el diablo (La boda Martinelli nº 3) Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

Quizás nunca le había costado tanto soltar a Marisa, desenredar sus cuerpos y estirarse para coger el teléfono.

Era uno de los dos únicos números que había configurado para saltarse el modo silencioso, y quien llamaba tenía instrucciones de hacerlo solo cuando hubiera noticias definitivas.

Respondió con un seco: —Te llamo enseguida.

Era una llamada que tenía que atender en privado.

Sus ojos se encontraron con los de Marisa. Ella se había dado la vuelta y abrazaba las rodillas contra el pecho, mirándolo con tantas emociones cruzándole el rostro que se preguntó cómo una persona podía sentir tantas cosas a la vez.

Rico era un hombre que vivía el momento.

Claro, era estratégico y siempre procuraba ir diez pasos por delante de los demás, pero eso era en los negocios.

Fuera de los negocios, la vida era para disfrutar.

Trabajaba demasiado duro para malgastar su tiempo libre en cosas que le aguaran la fiesta.

En cuanto una amante dejaba de ser divertida, lo dejaba y pasaba a la siguiente.

Algún día se casaría, aunque solo fuera para darles nietos a su madre y a sus abuelas, y cuando lo hiciera, sería con una mujer que supiera cómo funcionaban las cosas y no le exigiera tiempo ni hiciera demasiadas preguntas sobre sus negocios; una mujer dispuesta a hacer la vista gorda ante las infidelidades y a no tomárselas como algo personal.

En resumen, una mujer cortada por el mismo patrón que su madre.

En cuanto nació la hermana pequeña de Rico y sus padres tuvieron la niña que tanto deseaban, su madre convirtió dos habitaciones de invitados contiguas en un opulento dormitorio con baño privado para ella sola.

Que él supiera, su padre nunca había sido invitado a pasar la noche allí.

Teniendo en cuenta que su padre siempre tenía al menos dos amantes fijas y Dios sabía cuántas pasajeras, no se imaginaba que aquello le molestara mucho.

Sus padres cenaban juntos casi todas las noches y presentaban un frente unido cuando hacía falta, pero aparte de eso, hacían vidas separadas, un arreglo que les convenía a los dos.

Una mujer como Marisa jamás aceptaría un matrimonio así.

Una mujer como Marisa quería amor y fidelidad para siempre, y era un misterio por qué estaba él pensando en lo que Marisa buscaba en un marido.

Debería estar planeando su próximo movimiento con ella, no imaginándosela avanzando hacia él por el pasillo de una iglesia con un vestido blanco.

—¿Quién era? —preguntó ella con cautela.

—Negocios.

Ella hizo una pequeña mueca.

Por acuerdo tácito, no hablaban de su trabajo.

Marisa era la única mujer que había conocido a la que no se le iluminaban los ojos con signos de dólar en cuanto oía mencionar la cadena de casinos Esposito que él dirigía.

Marisa no pensaba que su vida fuera glamurosa.

Pensaba que era peligrosa e inmoral. Ella tenía principios firmes, pero él también.

Solo que los suyos eran diferentes a los de ella.

Para Rico, las personas tenían autonomía y podían tomar sus propias decisiones en la vida.

Claro, su padre había amasado la fortuna familiar con un próspero negocio de tráfico de drogas y armas, pero esa parte del negocio había quedado eclipsada por el imperio mediático que habían levantado legítimamente...

bueno, tan legítimamente como se podía levantar algo con dinero sucio...

y todos sus demás negocios, en su mayoría legales.

Para Rico, la familia era lo primero. Cuidabas de los tuyos y los protegías, y eso incluía a quienes trabajaban para ti, fuera cual fuera su función.

Ahí estaban sus principios, a diferencia de esos estirados de los Martinelli, que habían echado a la familia de Marisa de su círculo social como si fueran cucarachas y habían prescindido de Pietro como abogado en cuanto el párkinson empezó a incapacitarlo.

Si Pietro Rossellini hubiera sido su abogado, Rico le habría conseguido atención médica de primera y le habría dado una buena suma como muestra de respeto por décadas de servicio leal y amistad, no habría dejado que llegara al borde de la bancarrota.

Marisa no sabía que Rico sabía que el matrimonio de su hermana con Gennaro Martinelli era una farsa; un acuerdo por el que Gennaro saldó las deudas de los Rossellini porque necesitaba una esposa para hacer negocios en un país de Oriente Medio que prohibía comerciar a los extranjeros solteros.

Gennaro Martinelli era multimillonario por méritos propios.

No necesitaba aquel trato, podría haber pagado las deudas de los Rossellini sin despeinarse, pero no: lo había hecho para enriquecerse él.

¿Y toda la alta sociedad italiana pensaba que Rico y su familia eran los malos? Que les dieran a todos. El sábado, las familias Esposito y Martinelli se unirían en matrimonio, y los Martinelli y todos sus amigos estirados no tendrían más remedio que aceptarlos en su mundillo elitista. Ja.

—Tengo que volver —le dijo a Marisa con suavidad, sin añadir que era muy posible que la llamada que debía devolver confirmara que la boda corría peligro.

Ya se ocuparía de eso si llegaba el momento.

Ella alzó la barbilla y asintió.

—¿Me acompañas de vuelta?

Sus ojos se nublaron de incertidumbre.

—Solo hasta donde empieza el sendero. Ya viniste conmigo por aquí —le recordó.

Por fin, ella esbozó una pequeña sonrisa. —Vale.

Esperó a que estuvieran en el sendero y lejos de miradas indiscretas para cogerle la mano. Solo hubo un instante de resistencia antes de que ella se relajara y entrelazara los dedos con los suyos.

Rico no era de los que solían ir de la mano con una mujer, pero aquello le gustaba.

No tanto como besarla —aunque «bien» no le hacía la más mínima justicia a lo que tenía que haber sido el beso más intenso y a la vez más dulce de su vida—, pero a su manera, igual de íntimo.

Probablemente porque estaba prohibido. La fruta prohibida siempre sabe mejor, otra cosa que no pensaba mencionar a Marisa.

Seguro que pensaría en Adán y Eva y se recordaría que Rico venía a ser la serpiente de aquella historia.

Daba igual lo que ella pensara de él. Que lo deseara era lo único que importaba. Estaba un paso más cerca del chalé suizo de su hermano y un paso más lejos de tener que renunciar a su posesión más preciada y pasarse el resto de la vida oyendo a sus hermanos imbéciles reírse de su fracaso.

Llegaron al cartel que prohibía el paso a menores de dieciocho años. Él se paró. Ella también, con un suspiro apenas audible.

Se volvió hacia ella, le tomó el rostro entre las manos y se perdió en lo que bien podrían ser los ojos más hermosos del mundo. —¿Puedo verte luego?

—No sé... —Se encogió de hombros con impotencia—. No sé dónde podríamos quedar.

Sabiendo que era mejor no proponer ninguna de sus suites, dijo: —La zona de estar junto al spa. El spa estará cerrado cuando todos hayan terminado de cenar. Si hay alguien allí, será porque tampoco quiere que lo vean.

Ella le aferró la camiseta. —No sé... Lo intentaré.

—Por favor, ven —le acercó el rostro—. No sé cómo voy a soportar pasar horas separado de ti sabiendo que estás aquí, pero demasiado lejos para tocarte.

Y entonces le dio un beso calculado con cinismo, dulce y prolongado, en sus carnosos labios.

La misma mirada vidriosa que había visto en sus ojos cuando la besó en la cama balinesa había vuelto. Le pasó el pulgar por los labios y luego la besó de nuevo.

—Vete tú primero —susurró sobre sus labios—. Te doy un minuto de ventaja y luego salgo yo.

Ella se alejó, y su ojo crítico se complació al ver que las piernas le temblaban visiblemente.

A él también le temblaban un poco las piernas. Extraño.

Con una mueca por el dolor que había vuelto a su entrepierna, sacó el teléfono del bolsillo. Dio unos pasos más para asegurarse de que ella no pudiera oírlo y luego hizo la llamada.

Minutos después, la terminó con una maldición feroz.

Marisa se mantuvo cerca de sus padres mientras entraban en el bullicioso restaurante principal de El Bianchi. Apenas había dado dos pasos cuando vio a Rico. Su corazón, ya oprimido por una anticipación angustiosa, se desbocó.

Alto, moreno y guapísimo, con una camisa negra abierta en el cuello y pantalones de vestir, el cabello oscuro peinado con tupé hacia atrás, estaba hablando con uno de sus hermanos y un grupo de hombres que reconoció de la fiesta de compromiso.

Un latido después de haberlo visto, la mirada de él se clavó en la suya. Apenas pasó otro latido antes de que Marisa apartara la vista, pero ese latido bastó para que intercambiaran el destello de una sonrisa.

Que Dios la ayudara, porque sus sentimientos por él se habían disparado.

Las pocas horas que había pasado separada de él las había vivido en una especie de limbo, con el tiempo que pasaron juntos en la playa repitiéndose una y otra vez en su cabeza.

Especialmente el beso, y tenía que luchar para no pensar en ello ahora, porque cada vez que lo recordaba, una oleada de calor le recorría el cuerpo.

Todavía podía sentir el movimiento de sus labios contra los suyos mientras él le entreabría la boca con dulzura.

Si su primer beso había sido la experiencia más repugnante de su vida, el segundo había sido la más celestial.

No había querido que terminara.

Tan absorta estaba en no mirar hacia atrás, como cada fibra de su ser anhelaba hacer, que no se dio cuenta de que los habían sentado en una mesa con Giuseppe y Carmella Martinelli hasta que oyó la maldición murmurada de su madre.

—Tranquila —susurró Marisa, egoístamente agradecida por la distracción—. Guarda las puñaladas para cuando no haya testigos.

Su madre le apretó la mano.