Capítulo cinco
Rico se acercó al exclusivo club nocturno donde sus hermanos se habían atrincherado y pasó junto a la ruidosa multitud de jóvenes ligeras de ropa que hacían cola para entrar.
Eran las bellezas de siempre, las que se pegaban a los Esposito como moscas a la miel.
Apenas reparó en ellas; no les prestó la más mínima atención.
La única mujer que quería pegada a él en ese momento probablemente estaba acurrucada en la cama, profundamente dormida como la buena chica que era.
Le habría encantado traer a Marisa, habría apostado su fortuna a que nunca había pisado un club nocturno.
Había esperado fuera del spa durante una hora, con la esperanza de haber malinterpretado su gesto de negación, pero no había habido ni rastro de ella. Un paseo por los jardines del hotel y todos sus bares tampoco la había localizado.
El portero de la entrada VIP lo reconoció y llevó la mano a la cuerda, listo para levantarla.
Oyó su nombre y miró hacia allí. Las mujeres, entre risitas tontas, lo habían reconocido y competían por su atención. Una se echaba el pelo rubio sobre el hombro; otra se bajaba el microvestido para enseñar más escote.
Igual que habría apostado su fortuna a que Marisa nunca había pisado un club nocturno, habría apostado lo mismo a que ninguna de esas mujeres era de la zona.
Estaban allí un lunes por la noche porque sabían que había muchas probabilidades de que los Esposito y otros famosos alojados en El Bianchi aparecieran por el local.
Todas iban vestidas para el sexo. Todas lo miraban con expectación lasciva, y mientras devolvía la mirada a lo que normalmente habría considerado un festín, Rico no sintió ni siquiera un atisbo de deseo.
No sintió nada, y de repente la idea de malgastar las próximas horas en un sudoroso club nocturno le revolvió el estómago.
Ignorando los gritos de las mujeres, se dio la vuelta y se alejó. Les envió un mensaje rápido a sus hermanos para decirles que al final no iría.
De vuelta en su suite, Rico salió al balcón y estiró el cuello para ver el hotel principal. Se preguntó qué estaría haciendo Marisa. ¿Estaría leyendo? ¿Pensando en él? ¿Soñando con él?
Rico había avanzado más en un día de lo que esperaba, pero, frustrante como era, parecía que no hubiera avanzado nada, y ahora sentía en las venas una inquietud que no sabía cómo aplacar.
Bueno, sí sabía cómo aplacarla, pero ella aún no estaba lista, y se negaba a escuchar la voz burlona en su cabeza que le decía que nunca lo estaría y que perdería la apuesta.
Solo era el primer día. Quedaba mucho tiempo.
Le sonó un mensaje en el teléfono. Un insulto sobre su hombría, de Mattia. Sonó otro con otro insulto a su hombría, de Tommaso.
Entró y se dejó caer de espaldas en la cama.
Con la mirada fija en el techo, se desabrochó los pantalones y se agarró la impugnada —una palabra que había aprendido durante las horas que había pasado escribiéndole a Marisa— hombría.
El miembro, que había pasado la mayor parte del día oscilando entre la media asta y la erección completa, respondió de inmediato, sobre todo cuando cerró los ojos y revivió la sensación de la dulce lengua de Marisa en su boca.
No le costó mucho correrse, pero eso no hizo nada por curar su inquietud.
¿Debería llamarla? Nunca lo había hecho. Nunca habían usado el teléfono para comunicarse.
Después de servirse un whisky generoso, reparó en el libro que había sobre la mesa. Se había olvidado de que lo llevaba en el bolsillo trasero del pantalón corto hasta que hizo un ruido sordo al desnudarse para ducharse.
Lo cogió y leyó la contraportada. Supuso que podría empollar la historia para cuando Marisa inevitablemente le pidiera su opinión.
Los sitios de reseñas le habían valido su peso en oro estos últimos cuatro meses, pero había algo en este libro que le recordaba a los que le habían obligado a leer en el colegio.
Aquellos estaban manoseados de tanto pasar de mano en mano entre estudiantes.
Este estaba manoseado por la cantidad de veces que Marisa lo había leído.
Debía de gustarle muchísimo para haberlo leído tantas veces.
Lo llevó a la cama y se acomodó. Leería unas cuantas páginas... bueno, lo intentaría. Añadiría un toque de autenticidad a la hora de darle su opinión.
Resultaba extrañamente reconfortante sostener algo que sabía que ella adoraba y que había pasado tantas veces por sus manos.
La iglesia de Santa María, en origen una abadía benedictina del siglo X, se alzaba en el punto más alto de Accardiano. Marisa cruzó la pequeña plaza que había delante y agradeció que la puerta estuviera abierta.
Dentro, se tomó un momento para respirar el familiar y reconfortante aroma a cera de abeja añeja y empaparse del elegante interior neoclásico. Luego se deslizó en un banco, se arrodilló y juntó las manos.
Rezó por la salud de su padre, por la fortaleza de su madre y por la felicidad de su hermana, y también rezó por el nombre que había añadido a su lista de oraciones después de su segunda comida juntos.
—Por favor, cuida de Rico y protégelo de sí mismo.
—Tras un largo momento de vacilación, llegó al motivo de su visita—.
Por favor, querido padre celestial —susurró—, ayúdame a reconciliar mis sentimientos por él, porque cuando estoy con él todo parece tan correcto...
pero no veo cómo puede estar bien sentir algo tan fuerte por alguien que sé que ha hecho cosas tan malas, alguien con quien estar destrozaría el corazón de mi familia. Por favor, ayúdame. Amén.
Era la misma oración que había rezado antes de dormirse, pero al despertar no había recibido ninguna inspiración divina.
Con suerte, estar allí en la casa de Dios la ayudaría a ver la luz entre la niebla de confusión en que se habían convertido sus pensamientos y emociones, porque simplemente no sabía qué hacer.
Sus sentimientos por Rico ya eran fuertes y confusos, y ahora el beso que habían compartido había despertado algo más en ella, algo que había cobrado vida por primera vez en una pista de baile y que ahora la envolvía con fuerza.
Anhelaba a Rico con el cuerpo y el corazón, pero ¿cómo iba a poder ser?
El tiempo pasó volando mientras suplicaba orientación, una señal, lo que fuera.
Fue vagamente consciente de que otras personas entraban en la iglesia, pero no les prestó atención, ni siquiera cuando percibió movimiento cerca de ella...
no hasta que aspiró el aroma de naranjas frescas madurando al sol de verano.
El corazón le dio un vuelco mientras el resto de su cuerpo se quedaba paralizado por la impresión.
No tenía ni idea de cómo logró recomponerse lo suficiente para incorporarse y sentarse en el banco a su lado. —¿Qué haces aquí? —susurró con voz temblorosa.
Él se acercó más hasta que sus cuerpos quedaron pegados. En voz baja, dijo: —Buscándote.
—Pero ¿cómo sabías que estaba aquí?
Apoyó la cabeza contra la de ella y murmuró: —No lo sabía. Los guardias me dijeron que habías salido del hotel. Imaginé que te encontraría aquí.
Con los ojos cerrados, Marisa entrelazó los dedos con fuerza, apenas capaz de comprender lo que estaba sucediendo.
Había estado rezando por una señal, y Rico había aparecido.
Si le molestaba su silencio, no dio ninguna muestra de ello; parecía satisfecho con quedarse allí sentado, esperando a que ella hablara o hiciera algo.
Más sonidos y voces llenaban la iglesia. Debía de estar a punto de comenzar una misa.
Apenas capaz de respirar, cubrió la mano de Rico y la apretó ligeramente antes de ponerse de pie. Él se levantó también, siguiendo su ejemplo.
Afuera, bajo el sol naciente, él dijo: —Podemos quedarnos a misa, si quieres.
Con el pecho aún demasiado oprimido para hablar, se cruzó de brazos y negó con la cabeza.
Ya había recibido su respuesta.
—¿Un café?
Asintió y dejó que la guiara por una estrecha calle trasera hasta una pequeña cafetería. Solo había un puñado de personas.
Pidieron los cafés y se acomodaron en una mesita del rincón.
—¿Estás bien? —preguntó él en voz baja.
Respiró hondo antes de sostenerle la mirada penetrante y atenta. —No.
—¿Por qué no?
Se encogió de hombros y esbozó una sonrisa irónica. —Fui a la iglesia buscando orientación para poner en orden mis sentimientos hacia ti, y apareciste tú.
Una respuesta mejor de lo que Rico podría haber soñado.
Mientras le acariciaba suavemente los dedos, habría apostado buena parte de su fortuna a que Marisa había dormido tan poco como él.
Su intención de leer rápidamente las primeras páginas del libro no había salido según lo previsto.
Había tenido que releer las primeras páginas un par de veces, pero para cuando llegó a Henry observando a Clare saltar de alegría, algo hizo clic, y cuando volvió a mirar el reloj eran las tres de la madrugada.
Lejos de quedarse dormido, había permanecido despierto otra hora pensando en su próximo plan de ataque con Marisa.
Había abandonado sus planes cuando no logró encontrarla por ninguna parte.
Había visto a sus padres, pero de Marisa ni rastro.
El instinto lo había llevado a salir de los terrenos, hablar con los guardias discretamente armados que protegían a los invitados inmensamente ricos y confirmar que ella se había dirigido sola a Accardiano.
Había sido el instinto el que lo había llevado a la iglesia como primera parada.
Si ella quería interpretar aquello como intervención divina, tanto mejor.
—Lo que sentimos el uno por el otro es natural —murmuró—. Estamos hechos para experimentar el amor y el deseo.
—Lo sé —coincidió ella en un susurro, con los ojos brillantes—. Solo que nunca pensé que los sentiría por alguien como tú.
Se llevó los delicados dedos de ella a los labios y los besó en las puntas, luchando por contener la euforia que lo embargaba ante aquella admisión. Todas esas horas y horas de investigación para sus cartas y horas y horas de almuerzos habían dado sus frutos.