El baile de la virgen con el diablo (La boda Martinelli nº 3) Capítulo dos #2
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Capítulo dos #2

—Un minuto —respondió, antes de volver a mirar el montón de cartas esparcidas sobre su cama. Diecisiete. Aproximadamente una por semana desde la fiesta de compromiso de Niccolo y Siena. En unos minutos, Marisa y sus padres partirían hacia las celebraciones previas a la boda.

En unas cinco, quizá seis horas, volvería a ver a Rico. Se alojaría en el mismo hotel que él durante seis días… y seis noches.

Las mariposas en el estómago eran como nada que hubiera sentido antes, peores incluso que durante su último almuerzo juntos. Mucho peores.

Reunió las cartas y las guardó en la caja de zapatos, que escondió detrás de los jerséis en el armario.

Ojalá no sintiera la necesidad de esconderlas.

Tampoco es que pensara que su madre fuera a husmear en su habitación para descubrir la identidad del «amigo por correspondencia» de Marisa, por mucho que se muriera de curiosidad.

Había ciertos límites cuando los hijos adultos vivían en el hogar de su infancia, y los padres de Marisa los respetaban.

Agradecía que su madre no le hubiera preguntado directamente el nombre de su amigo por correspondencia, y que no hubiera mencionado las cartas ni a su padre ni a su hermana.

Luisa le habría sonsacado el nombre de Rico en cuestión de segundos, y entonces se habría armado la de Dios.

Las hermanas habían hablado por teléfono hacía solo dos días, y Luisa había mencionado lo mucho que temía tener que pasar una semana fingiendo disfrutar de la compañía de los horribles Esposito.

Marisa seguía agradecida de que Luisa no se hubiera percatado de que había bailado con el menor de los varones Esposito hacía ya tantos meses.

Se recordó que no necesitaba las cartas, pues había memorizado cada palabra que Rico había escrito, y cerró la puerta del armario.

Marisa nunca había estado en la costa Amalfitana.

En los años en que sus padres habían tenido dinero, pasaban las vacaciones en otros países.

Las únicas veces que se habían quedado en Italia había sido cuando se alojaban con los Martinelli en su chalet de Cortina d'Ampezzo.

Fue durante sus segundas vacaciones de esquí allí cuando se hizo evidente que algo iba muy mal con el padre de Marisa.

Había habido señales antes, pero habían sido graduales y, por tanto, fáciles de ignorar; sin embargo, en aquel viaje de esquí, dos años después del primero, el deterioro de Pietro les golpeó de lleno.

¿Cuándo, se había preguntado Marisa durante aquellas vacaciones, el paso firme de su padre se había convertido en un caminar arrastrado?

Pero fue su dificultad para mantenerse erguido sobre los esquís lo que realmente les alertó de que algo iba muy mal, y cuando atravesaron los impresionantes jardines del Hotel Bianchi y el conductor (no su conductor, sino uno contratado por su cuñado junto con el coche) aparcó frente a la recepción, Marisa y su madre se colocaron a su lado para ayudarlo a salir.

Las piernas de Pietro siempre quedaban un poco más inestables de lo normal después de un viaje en coche, y era propenso a los mareos al ponerse de pie.

Por suerte, Leonardo Bianchi, propietario del hotel y primo de Niccolo y Gennaro Martinelli, había encargado a su personal que estuviera pendiente de su llegada, y tenía una silla de ruedas preparada para ellos.

Marisa sabía que su padre odiaba «que lo empujaran como a un niño», según le gustaba quejarse, pero a veces era necesario.

Mejor tenerla y no necesitarla que necesitarla y no tenerla.

Después de cinco horas y media en un coche con una sola parada de descanso, la necesitaba.

Una vez registrados y acompañados a sus habitaciones contiguas en el edificio principal del hotel, Marisa deshizo el equipaje rápidamente y llamó a la puerta de sus padres.

Su padre estaba echando una siesta; su madre, en el balcón, fumando.

—¿Te parece bien si salgo a explorar? —le preguntó a su madre.

Si Marisa admiraba algo de su madre, era su espíritu infatigable.

Había asumido la enfermedad incurable de su marido con entereza, atesorando los días buenos sin lamentar los malos, una actitud que Marisa se esforzaba por imitar.

Sin embargo, por muy infatigable que fuera Sofia Rossellini, ser cuidadora a tiempo completo de un hombre del doble de su tamaño era un trabajo duro; las ojeras y las profundas arrugas de su rostro daban testimonio del precio que estaba pagando.

Marisa ayudaba todo lo que podía, pero la mayor parte del cuidado recaía sobre los hombros de su madre.

Eran hombros delgados, que se alzaron mientras agitaba las manos en un gesto de despedida.

—Leonardo ha llamado: ha organizado que haya una enfermera de guardia en todo momento mientras estemos aquí, así que ve a disfrutar.

—¿De verdad? —dijo Marisa, sorprendida—. ¿Y eso a qué viene?

Su madre sonrió y levantó un vaso lleno de un líquido transparente que, de pronto, Marisa tuvo la certeza de que era gin-tonic.

—Creo que lo habrá pedido Niccolo. También ha corrido con todos los gastos.

—Qué detalle tan amable y considerado. —Aunque parecía un poco excesivo.

Su padre no estaba completamente indefenso...

bueno, a veces sí, pero con el régimen de medicación actual, esos días eran mucho más raros.

Aun así, era un alivio saber que, si tenía uno de sus días malos mientras estaban allí, habría ayuda disponible.

—Siempre fue un buen chico.

—Uno de ellos tenía que serlo. —No es que Gennaro hubiera sido malo ni horrible, pensó, solo frío. Pobre Luisa. Vivir con ese hombre debía de ser como vivir con un témpano de hielo.

«Rico era malo», un pensamiento que revoloteó como una advertencia mientras intercambiaba una sonrisa irónica y cómplice con su madre antes de que Sofia apagara el cigarrillo y diera unos golpecitos al libro que había traído.

—Venga, disfruta del tiempo que tenemos aquí. Voy a relajarme hasta que vayamos a cenar, y con suerte estaré lo bastante tranquila para no apuñalar a Carmella.