El baile de la virgen con el diablo (La boda Martinelli nº 3) Capítulo uno #3
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Capítulo uno #3

Pero ella no podía hablar, no con el pecho apretado contra él.

Sentía el calor de su piel y la fuerza de los latidos de su corazón a través de la seda de la camisa azul claro.

Había algo increíblemente sólido en él, una masculinidad que la hacía sentirse femenina de una manera que nunca antes había experimentado.

La canción que los mecía terminó. Empezó otra.

Se concentró para llenar los pulmones de aire y luego deslizó las manos hasta el pecho de él para apartarlo con suavidad.

Tuvo que reunir todo su valor para sostenerle la mirada. Se aclaró la garganta y dijo:

—Ya hemos bailado nuestro baile.

Las manos de él volvieron a posarse en sus caderas. Había algo lobuno en el brillo hambriento de sus ojos.

—¿Otro?

La tentación de volver a enlazar las manos alrededor de su cuello era casi abrumadora, el brillo de sus ojos casi hipnótico.

Si no hubiera visto a su hermana colgándose el bolso al hombro y a su cuñado levantándose de la mesa para intercambiar un abrazo varonil con Dante, lo más probable es que hubiera aceptado.

Ahora que la escapatoria era real, el alivio la invadió. Sonriendo, negó con la cabeza.

—Gracias, pero parece que nos vamos.

Él frunció el ceño con decepción.

—¿Ya? Es muy temprano.

—No depende de mí. Viajo con mi hermana y mi cuñado.

Sin apartar de ella su mirada hipnótica, le tomó la mano y entrelazó los dedos con los suyos. La mano de él era prácticamente el doble de grande que la de ella.

—Quédate. Yo me aseguraré de que llegues a casa sana y salva.

Aquello no debería ser una propuesta tan tentadora...

—Vivo a dos horas de vuelo.

Él le apretó los dedos.

—Puedo llevarte a casa. No me dejes cuando acabamos de encontrarnos.

Con el cerebro en serio peligro de volverse papilla, Marisa negó con la cabeza para volver a poner los pies en la tierra. Aquel era Federico Esposito, matón, notorio mujeriego y rompecorazones.

Liberó los dedos de los de él.

—No te preocupes, Federico. Aquí hay muchas otras mujeres que puedes encontrar.

—Pero tú eres la única mujer que veo... Y llámame Rico.

—Ve a un oculista, Rico. Eres un poco joven para estar perdiendo la vista.

Él se llevó la mano al corazón.

—Tu belleza me ha cegado.

—Pues invierte en unas gafas de sol nuevas —dijo ella, absurdamente divertida, y lo rodeó con una sonrisa—. Gracias por el baile. Disfruta del resto de la fiesta.

—¿Puedo llamarte? —gritó él mientras ella se alejaba.

Ella miró por encima del hombro y, todavía sonriendo, dijo:

—No. Adiós, Rico.

—Parece que me debes diez mil —dijo Tommaso en cuanto Rico se reunió con sus hermanos en la barra.

Sabía perfectamente que los dos habían observado todo su baile con Marisa y la habían visto alejarse de él sin mirar atrás.

Ella había apurado lo que quedaba de su champán y luego, con su hermana y su cuñado, había abandonado la fiesta. De nuevo, sin volver la vista.

Pero había querido hacerlo. Había salido de la fiesta con la postura de quien finge indiferencia.

—¿Perdiendo facultades, hermanito? —preguntó Mattia arqueando las cejas con ironía.

Rico alzó la barbilla y chasqueó la lengua con desdén.

Como si hubiera perdido facultades. Había sentido el cuerpecito ardiente de Marisa temblar en sus brazos.

Había visto, también, el deseo confuso en la mirada de ella cuando sus ojos se encontraron después del baile.

Su pequeña virgen unicornio se sentía atraída por él.

—Diez mil. Bitcoin me viene bien —dijo Tommaso.

Rico le sostuvo la mirada con aire pensativo y sonrió.

—¿Qué tal si ampliamos la apuesta?

—No. Perdiste. Paga.

Su sonrisa se ensanchó.

—Esta va a llevar tiempo y esfuerzo, así que hagamos que la apuesta lo refleje.

Tommaso se rio.

—Nunca la tendrás. A esa no.

—Te apuesto a que para cuando nuestra hermana se case, la habré tenido. Pon tu precio.

—Si estás tan seguro, yo también quiero entrar —dijo Mattia mientras Tommaso entornaba los ojos con aire pensativo—. Si te acuestas con ella antes de la boda, te daré mi chalet suizo.

A Rico se le iluminaron los ojos de regocijo. —¿Y si fallo? —Cosa que no iba a pasar.

—Tu colección de Dalí.

Rico hizo una mueca. Dalí era el único artista, vivo o muerto, que le interesaba lo más mínimo, y había gastado una pequeña fortuna a lo largo de los años rastreando originales y pagando cantidades obscenas por hacerse con ellos. Aun así, no iba a fallar, así que no corría peligro de perderlos.

Tendió la mano a Mattia. —Trato hecho. Y cuando gane la apuesta, colgaré la colección en mi nuevo chalé suizo.

Se estrecharon la mano, y luego Rico se volvió hacia Tommaso. —¿Y bien?

Los ojos de Tommaso brillaron. —Tu Neiman Marcus a cambio de mi Patek Philippe.

—Vete a la mierda. La Neiman vale mucho más que tu reloj. —La motocicleta de edición limitada de Rico era su mayor tesoro. Le tenía más cariño que a cualquier mujer, incluida su madre—. Añade tu Ferrari y tendremos un trato.

—Trato hecho. Pero quiero pruebas. Sin pruebas, pierdes automáticamente. No habrá prórroga.

Rico puso los ojos en blanco, pero asintió. —Claro. Lo que sea. Tu reloj quedará genial en mi muñeca.

Cerrada la segunda apuesta con un apretón de manos, los tres hermanos chocaron los vasos y se bebieron los chupitos de un trago.