El baile de la virgen con el diablo (La boda Martinelli nº 3) Capítulo uno #2
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Capítulo uno #2

No había querido venir a la fiesta esa noche y tener que soportar ver a Giuseppe y Carmella.

La forma en que habían tratado a sus padres era algo que le pedía a Dios cada día poder perdonar, pero Luisa le había suplicado que viniera.

Luisa se había casado con el hijo mayor de Giuseppe y Carmella, Gennaro, en un acuerdo para evitar que los Rossellini se declararan en bancarrota (Marisa estaba convencida de que los dos hijos Martinelli odiaban a su padre tanto como ella), y era un matrimonio forjado sin duda en el más frío de los odios.

Teniendo en cuenta que su hermana había renunciado a su vida, aunque el matrimonio fuera solo temporal, para salvar a la familia, lo menos que podía hacer Marisa era apoyarla cuando la necesitaba.

Así que Marisa había ido a la fiesta con su hermana y su cuñado, mentalizada para pasar la velada con los Esposito, la familia más poderosa y peligrosa de Italia.

Lo que no había previsto era llamar la atención del hijo menor de los Esposito.

Era guapo. Eso no podía negarlo. Incluso atractivo a rabiar.

Cómo el repugnante de Lorenzo había engendrado cuatro hijos tan guapos era algo que pensaba preguntarle a Dios si llegaba al cielo.

La esposa de Lorenzo era una mujer atractiva, así que probablemente habían heredado el físico de ella, pero aun así.

Había una injusticia flagrante en todo aquello.

Tener cara de ángel cuando se tiene corazón de diablo ponía a los incautos en clara desventaja.

Marisa no era incauta. Ignorar las descaradas miradas de Federico era la mejor forma de manejar una situación así.

Seguir bailando y fingir que no sentía sus ojos clavados en ella.

Seguir bailando y negarse a devolverle las miradas.

Solo que... era difícil no mirar. Se sentía como en el colegio.

Había un chico al que conocía desde hacía años y con quien había compartido muchas clases, pero en quien nunca había reparado hasta que un día, en clase de ciencias, cuando tenía quince años, giró la cabeza y lo pilló mirándola fijamente.

A partir de entonces, había sido una tortura no devolverle la mirada, en parte para comprobar si seguía observándola y en parte porque saber que estaba interesado en ella había despertado su propio interés.

Cuando por fin le pidió una cita, estaba tan prendada de él que aceptó. Fue un desastre absoluto.

Poco después de aquella cita, Marisa pasó dos años convencida de que quería ser monja.

Aunque hacía tiempo que había descartado la idea de meterse a monja, aún no había vuelto a tener una cita.

Se lo habían pedido en alguna ocasión, pero siempre declinaba con elegancia.

O no le hacían sentir nada o eran del tipo de hombres con los que se imaginaba teniendo que usar la rodilla otra vez.

Ninguno de esos hombres había sido ni remotamente tan peligroso como Federico Esposito ni poseía ni una pizca de su atractivo moreno.

De mandíbula cuadrada, tenía la nariz un poco grande y la boca demasiado ancha, pero le quedaban perfectas.

Sin embargo, lo que de verdad mataba eran sus ojos.

Eran profundos y penetrantes, y mientras bailaba, no podía evitar preguntarse de qué color serían.

¿Castaño oscuro como su pelo, que llevaba corto a los lados y largo por arriba? El instinto le decía que no.

El ritmo de la música cambió a uno más lento.

Cruzó la mirada con Luisa e hizo el gesto de beber.

Su hermana miró hacia la mesa donde el champán se estaba quedando caliente y sin burbujas, e hizo una ligera mueca antes de asentir.

Gennaro estaba sentado a esa mesa, enfrascado en una conversación con su hermano y el mejor amigo de Niccolò, el afable playboy Dante Coscarelli.

Apenas había echado a andar cuando se le erizó el vello de la nuca. El corazón ya le latía más deprisa cuando sintió que alguien le tocaba el hombro.

Se volvió y se encontró con la imponente figura de Federico Esposito, alto y corpulento, plantado frente a ella.

Sus ojos... eran azules, de un azul profundo y penetrante... la miraban con un brillo intenso.

—¿Bailas conmigo?

Pillada desprevenida por el descaro de un hombre con el que nunca había hablado, buscó a tientas una respuesta.

—Iba a tomar una copa.

—¿Un baile y luego una copa?

Intentando no dejarse llevar por el pánico, buscó a Luisa con la mirada, pero su hermana había desaparecido de la pista.

Frunciendo el ceño, él le lanzó una mirada suplicante y se llevó una mano al pecho, justo donde latía el corazón.

—¿Por favor? —imploró, casi batiendo sus largas y oscuras pestañas—. ¿Un bailecito?

Planteado así, ¿cómo iba a negarse? Además, solo era un baile. Y él era Federico Esposito, así que aceptar un bailecito probablemente era más seguro que rechazarlo de plano. Un bailecito, y después se pegaría a Luisa como una lapa.

—De acuerdo. Un baile.

Sonrió tan ampliamente que se le marcaron unas finas arrugas junto a los ojos. —Acabas de alegrarme la noche —dijo, acercándose más y posándole las manos en las caderas.

El calor de su contacto resultó aterrador y electrizante, y le entraron ganas de salir corriendo, pero tuvo que reunir todo su valor para apoyar las manos ligeramente sobre los hombros de él.

Marisa no era precisamente la bailarina más segura ni en las mejores circunstancias, y nunca había bailado con un hombre...

Bueno, sí lo había hecho una vez, pero había sido con su padre en una fiesta familiar, así que no contaba.

Que su primer baile de verdad fuera con un hombre que resultaba ser el notorio Federico Esposito hizo que se le agarrotaran las extremidades y se le tensara el torso.

—Relájate. No muerdo —murmuró él antes de acercarle la boca al oído y añadir con seductora complicidad—: A menos que me lo pidan.

Con el calor de su aliento acariciándole la piel sensible, la repulsión y una curiosa emoción le recorrieron la columna.

Asustada por lo fuerte que le latía el corazón, habría escapado de su abrazo si él no hubiera deslizado las manos desde las caderas de ella hasta la piel desnuda de su espalda baja, cerrando el diminuto espacio entre ambos.

Una descarga de sensaciones la atravesó y, de repente, le costaba respirar; cada inhalación entrecortada absorbía una pizca de su aroma.

Olía de maravilla. No llevaba nada de esa colonia abrumadora con la que a tantos de sus compatriotas les gustaba bañarse.

Federico olía limpio y fresco. No sabría decir por qué, pero su aroma le recordaba a naranjas frescas calentándose bajo el sol del verano.

Sin pensar, deslizó las manos hacia arriba para enlazarlas alrededor del cuello de él y apoyó la mejilla contra su pecho.

Él la estrechó con más fuerza.

—Te he estado observando toda la noche —dijo con el aliento cálido sobre su cabeza—. Eclipsas a todas las mujeres de aquí.