El baile de la virgen con el diablo (La boda Martinelli nº 3)
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Capítulo uno
Federico Esposito, conocido por todos los que lo amaban y lo odiaban —no siempre de forma excluyente— como Rico, estaba apoyado en la barra de la enorme sala de fiestas con sus hermanos, observando a los invitados moverse en la pista.
Era la fiesta de compromiso de su hermana pequeña, lo que significaba abundancia de mujeres entre las que elegir. Y mejor aún, había caras nuevas.
Una cara nueva en particular había captado la atención de Rico: una belleza de cabello castaño oscuro cuyo cuerpo de infarto iba envuelto en un vestido blanco con cuello halter.
Había algo tímido e inseguro en su forma de bailar, incluso torpe, como si fuera la primera vez que se permitía dejarse llevar por la música.
O quizá eran los zapatos. La había visto antes, cuando cruzó la sala con la falda acampanada del vestido ondeando tras ella.
La rigidez de su andar delataba a una mujer poco acostumbrada a llevar tacones negros de doce centímetros.
Cuando se los quitara, dudaba que le llegara siquiera a la axila.
Rico no era particularmente exigente con las mujeres, pero había algo en las bajitas que le volvía loco.
Señaló en su dirección con la cabeza.
—¿Quién es la del vestido blanco?
Sus dos hermanos siguieron su mirada, y Tommaso, el mediano, sonrió.
—Marisa Rossellini.
—¿La hermana de Luisa?
Luisa Rossellini estaba casada con Gennaro Martinelli, hermano de Niccolo Martinelli, el hombre que se casaría con su hermana en cuatro meses. Ahora que lo pensaba, Rico veía el parecido entre las hermanas.
—Sí. Es una de las invitadas de Niccolo.
—Está buenísima. ¿Cómo es que no la he conocido antes?
Tommaso sonrió con suficiencia.
—Porque vive como una monja.
—Las monjas no llevan vestidos así.
Lo único sagrado del vestido de Marisa Rossellini era el color. Sin espalda, el escote delantero caía en una V hasta el abdomen, con un diseño que dejaba entrever astutamente solo un atisbo de pecho.
—Es una buena chica que nunca ha tenido novio y va a misa todos los domingos. Apostaría a que es virgen, así que si la has elegido como tu próxima conquista, te sugiero que lo olvides: esa no se acuesta con nadie.
La gente pensaba que el dinero movía el mundo, pero estaba equivocada. La información era el rey. La información era poder, un hecho que les habían inculcado a los tres hijos Esposito cuando aprendían a leer.
Niccolo Martinelli, por ejemplo. Niccolo era miembro de una de las familias más antiguas, ricas y aristocráticas de Italia. Eso no era ningún secreto. Sin embargo, fue la información que su padre había recopilado sobre él lo que le permitió atraer a Niccolo a su guarida.
Desde que se acordó el compromiso, Rico había sido el encargado de mantener a Niccolo bajo vigilancia.
Gracias a esa vigilancia, había descubierto que su futuro cuñado había pasado el último fin de semana encerrado en un hotel parisino con una mujer que no era la hermana de Rico.
Nadie, ni siquiera Siena, esperaba que Niccolo fuera fiel.
Lo único que tenía que hacer era no ser estúpido.
Como la información también era moneda de cambio, Rico se había guardado lo que sabía sobre la infidelidad de Niccolo, porque nunca se sabía cuándo habría que cobrarse ese conocimiento.
La sed de información y autopreservación de los Esposito había hecho que cada invitado presente esa noche fuera minuciosamente investigado, una tarea supervisada por Tommaso. Porque, de nuevo, nunca se sabía cuándo la información descubierta podía cobrarse. O convertirse en un arma.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó Rico, cada vez más intrigado.
—Veinticinco.
—¿Una virgen de veinticinco años? —murmuró—. Más rara que un unicornio.
Y además, más hermosa.
—¿Trabaja?
—En contabilidad.
—¿Del tipo creativo?
La contabilidad creativa era la única que valía la pena para Rico, un sentimiento compartido por todos los Esposito.
—Ya te dije que es una buena chica. Trabaja en el departamento de contabilidad de una cadena de moda. Cuando no está trabajando, ayuda a cuidar a su padre. Tiene párkinson. Cuando no está en el trabajo ni cuidándolo, va a misa.
—¿Ningún interés en absoluto?
—Está en un club de lectura.
—¿Un qué?
—Un club de lectura: un grupo de personas elige un libro, lo leen todos y luego se reúnen para comentarlo.
—¿Para comentar libros? ¿Por qué iba a hacer eso la gente?
Tommaso se encogió de hombros con la misma perplejidad que Rico, pero Mattia, el hermano mayor, intervino:
—Quizá si alguna vez hubieras leído un libro, entenderías el atractivo.
Rico y Tommaso se miraron y estallaron en carcajadas.
Impertérrito, Mattia enarcó una ceja y apuró su bourbon.
—Vosotros dos sois unos filisteos.
—¿Cuál fue el último libro que leíste? —lo desafió Rico. Los delirios de intelectualismo de Mattia nunca dejaban de divertirle.
—Un libro sobre los orígenes de Roma.
Rico y Tommaso intercambiaron otra mirada perpleja.
—¿Crees que a mi unicornio virgen le gustaría?
—Lo disfrutaría más que cualquier cosa que tú puedas ofrecerle, pero ¿por qué no vas y se lo preguntas? —dijo Mattia—. Será divertido verte humillado.
—¿No crees que pueda conquistarla?
En sus treinta y dos años de vida, Rico nunca se había encontrado con una mujer capaz de resistírsele.
Las que se mostraban recelosas cuando se acercaba bajaban la guardia en cuanto les decía su nombre.
Como nunca había sufrido de falsa modestia, Rico sabía que su nombre, su riqueza y su físico eran una combinación letal.
—Esa no —dijo Tommaso—. Esa nunca se acostará con nadie sin un anillo de bodas en el dedo.
—¿Cuánto quieres apostar?
—Diez mil.
—Hecho.
Se estrecharon la mano, y Rico apuró su vodka solo y se frotó las manos.
—Disculpadme, caballeros, pero tengo diez mil euros que ganar.
Marisa Rossellini se esforzaba por no devolverle la mirada a Federico Esposito. Tenía la sensación de que él no había dejado de observarla en toda la noche.
Dudaba que hubiera alguien en Italia que no hubiera oído hablar de los Esposito o que no conociera sus rostros, así que ser objeto de un interés tan descarado por parte de uno de ellos resultaba inquietante.
Liderados por el patriarca Lorenzo, quien en cuatro décadas los había sacado de ser traficantes de poca monta en Nápoles —un hecho convenientemente borrado de la memoria colectiva— para convertirlos en una de las familias más ricas del país, ni el dinero ni los zapatos relucientes podían disimular lo que los Esposito eran en el fondo: matones.
Matones peligrosos. Matones peligrosos y poderosos.
Lorenzo era dueño de una parte considerable de los medios de comunicación, incluidas cadenas de televisión, gran parte de lo que quedaba de la prensa escrita y, más recientemente, plataformas de redes sociales.
La familia también tenía intereses en muchas otras industrias, y solo los más valientes se atrevían a incluir el tráfico de armas en la lista.
Además, poseían algo igual de poderoso en la sociedad italiana: carisma.
Era ese carisma tan particular de Lorenzo lo que hacía a la familia tan peligrosa.
El público italiano adoraba a los Esposito.
Veían en Lorenzo a un héroe campechano de clase trabajadora que había triunfado, un hombre asquerosamente rico que nunca había olvidado lo que era ser pobre (¡como si alguna vez lo hubiera sido de verdad!) y cuyo mayor placer era donar dinero a causas benéficas que le tocaban la fibra.
Lorenzo había abierto numerosas residencias de ancianos por todo el país, únicas por ofrecer atención e instalaciones de primera a precios que hasta los más pobres podían permitirse, e incluso tenía pabellones de oncología y pediatría con su nombre.
Que gran parte de los fondos que financiaban estas buenas obras sirvieran para blanquear dinero sucio ni siquiera era negado con vehemencia por la familia: los pocos periodistas que se atrevían a hacer la pregunta, por muy de soslayo que fuera, eran despachados con desdén, apartados como moscas molestas.
Que los periodistas que se negaban a dejarlo correr y escarbaban bajo el espeso velo de secretismo tuvieran la costumbre de desaparecer...
bueno, eso se borraba de la memoria con la misma eficacia que los orígenes de los Esposito.
Marisa estaba convencida de que, de haber crecido en un hogar corriente, también habría pensado que los Esposito eran poco menos que la segunda venida.
Pero la habían criado un padre abogado cuyo principal cliente era Giuseppe Martinelli, un duque y uno de los hombres más prominentes de la alta sociedad italiana.
Giuseppe y su esposa eran —habían sido— amigos íntimos de la familia Rossellini, y las cenas a menudo transcurrían entre comentarios despectivos sobre los Esposito.
Para los Martinelli y sus amigos de la alta sociedad, los Esposito eran escoria que no merecía un asiento en su mesa.
Como siempre había detestado a Giuseppe, a Marisa le habría encantado verle la cara cuando se enteró de que su hijo menor iba a casarse con la única hija de Lorenzo Esposito.
Sin embargo, dado que Giuseppe había puesto fin a su relación profesional con el padre de Marisa y había retirado a sus padres de su selecta mesa tras el diagnóstico de párkinson de su padre, había tenido que disfrutar del espectáculo desde la distancia.