Capítulo 47. La cooperativa
Cuatro meses después, Lola levantó la persiana a las ocho y tuvo que ayudarla en el último tramo. El rótulo antiguo seguía diciendo Taller Montes; debajo habían colocado una placa pequeña con el nombre de la cooperativa y el de sus siete socios.
No hubo inauguración. Tenían dos encargos, una inspección pendiente y una factura de gas que ninguno sabía todavía cómo repartir sin discutir.
La sociedad propietaria estaba sometida a un procedimiento de insolvencia, y su administración había concedido a la cooperativa un arrendamiento provisional de los hornos y el obrador.
La propiedad y las deudas seguían sin resolverse.
La ayuda pública exigía cuentas abiertas, salarios documentados y una persona externa en el control de patrimonio.
Samuel no formaba parte del grupo. Había recogido sus herramientas después de declarar y no volvió. Dos aprendices decidieron marcharse a otro taller. Lola entendía ambas decisiones, aunque dejaban huecos difíciles de cubrir.
En la mesa central colocó el cuaderno colectivo.
Habían añadido una hoja al principio: cada fórmula pertenecía a quienes la habían desarrollado y cualquier uso comercial debía aprobarse y firmarse.
El azul de Rafaela seguía allí con correcciones de Carmen, pruebas de Inés y anotaciones de trabajadoras cuyos nombres nunca aparecieron en una factura.
Una clienta entró para preguntar por seis azulejos con un número de casa. Quería pagar poco y recogerlos en dos días. Lola calculó materiales, horas y cocción antes de responder.
—En dos días no puedo. Y por ese precio tampoco.
La mujer dijo que preguntaría en otro sitio. Lola la vio salir sin rebajar la cifra.
Después abrió el horno de pruebas. En una esquina había una pieza de azul desigual, con una pequeña burbuja cerca del borde. La firmó por detrás y la envolvió para Mara.
No sabía si el taller sobreviviría al invierno. Aquella mañana, al menos, ninguna pieza saldría sin el nombre de quien la había hecho.