El azul de Triana (Casos de Mara Cid 4) Capítulo 38. La casa vacía
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Capítulo 38. La casa vacía

Rafaela vivía sobre una mercería cerrada, a diez minutos del taller. Abrió la puerta durante el registro y señaló el teléfono sobre una consola.

—No salió de aquí —dijo—. Pueden preguntarle a cualquiera.

La vecina sabía que Rafaela acostumbraba a subir el volumen para seguir un concurso desde el patio, pero aquella noche no la vio entrar ni salir. El aparato podía permanecer encendido sin que nadie lo mirase y seguía sonando cuando ella regresó.

En el armario del dormitorio había dos prendas de calle con polvo común. Ninguna coincidencia convertía la casa en una escena. Lo relevante era más sencillo: ni el teléfono, ni el recibo ni la televisión acreditaban que su dueña estuviera allí.

Al salir, Mara observó la furgoneta aparcada frente a la mercería. Estaba limpia por fuera. En el paso de rueda quedaban restos pálidos, semejantes al polvo de mortero del depósito.

Pidió que la precintaran. La coartada doméstica ya no tenía una persona dentro.