Capítulo 32. Cuatro originales
La puerta del depósito se abrió a las ocho y doce de la mañana. Rubén había llegado de Huelva antes del amanecer y entró detrás de la comisión judicial con la lista de códigos en la mano.
La nave olía a cartón húmedo y madera nueva. Había muebles, cajas de restauración y palés cubiertos con plástico negro. Mateo señaló un pasillo sin que nadie se lo pidiera.
—Las de cerámica estaban al fondo.
Encontraron la primera detrás de dos vitrinas desmontadas. La etiqueta visible decía material expositivo , pero debajo permanecía un fragmento del código reconstruido por Rubén. Científica fotografió cada capa antes de abrirla.
El azulejo conservaba mortero antiguo en el reverso y una grieta curvada. La ficha del catálogo de Inés permitió situarlo en Los doce cauces . En otras tres cajas antiguas aparecieron los demás originales, separados por espuma y papel sin identificación pública.
—Cuatro —dijo Baeza.
De las tres piezas vinculadas a ventas, una permanecía intervenida en Huelva y dos habían llegado a colecciones privadas. La octava era aquella de la que procedía el fragmento de Inés.
Las dos cajas entregadas la noche de la muerte estaban en otro palé. Una contenía muestras contemporáneas y cantoneras nuevas. En la segunda, bajo una primera capa de relleno, asomaban una línea azul y el borde de un papel con un número de ficha.
Rubén pidió que se detuviera la apertura. No quería convertir el orden del embalaje en una fotografía tomada demasiado tarde.
—La examinamos por estratos en el laboratorio —dijo.
Científica precintó de nuevo la caja y registró cada cara. Según la hoja de salida encontrada en la oficina, debía abandonar el depósito a las siete de la mañana siguiente al crimen. Si Lola no hubiera encontrado el cuerpo, ya no seguiría allí.
Mara observó los cuatro reversos alineados bajo la luz del depósito. Delante podían pasar por piezas sueltas. Juntos mostraban el mismo mortero arrancado, la misma ruta y el hueco que alguien había cubierto con copias.