El azul de Triana (Casos de Mara Cid 4) Capítulo 25. El cuaderno colectivo
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Capítulo 25. El cuaderno colectivo

Lola llevó el cuaderno desde la taquilla hasta la mesa del despacho, todavía envuelto en el paño. Baeza hizo constar el traslado en el acta. Lola mantuvo una mano encima.

—No es de Rafaela —dijo—. Tampoco es mío.

Las primeras páginas estaban escritas con tinta desvaída. Después cambiaban la letra, los nombres de los materiales y la forma de medirlos. Algunas proporciones aparecían corregidas en los márgenes por mujeres que ya no trabajaban allí.

—Si se lo llevan, quiero un resguardo detallado.

Mara se lo entregó antes de abrir la bolsa de prueba. Lola retiró la mano.

En la fecha de la hornada omitida figuraban una mezcla de azul, doce bases preparadas y las iniciales de Lola. No constaba quién cargó el horno. Dos líneas más abajo, otra letra había escrito: repetir bordes / encargo R.

—Rafaela me pidió las doce —dijo Lola—. Pensé que sustituiríamos piezas rotas de una colección privada.

—¿Preguntó cuál?

—No. Necesitaba seguir trabajando.

No buscó que Mara convirtiera la frase en disculpa. Explicó que empezó a sospechar al ver repetirse grietas y desgastes que imitaban daños concretos. Calló porque el taller pagaba tarde, pero pagaba, y ningún otro lugar le permitía vivir de pintar cerámica.

Antes de cerrar la bolsa, pasó el dedo junto a cuatro nombres casi borrados.

—Las fórmulas tienen más autoras que la marca —dijo—. Si esto entra en el procedimiento, que entren también ellas.

Mara añadió la petición al acta. El cuaderno serviría como prueba y como registro de un trabajo que los informes habían reducido a un solo apellido.